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Cultura // elmundo

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Jose María RoblesTexto MadridNacho Vela (Araba Press)Fotografías · 2026-07-31 · via Cultura // elmundo

A mediados de los años 90, tras caerse desde varios metros de altura mientras hacía trabajos de poda, Carlos González Ximénez se fastidió seriamente un tobillo. El accidente le obligó a permanecer en cama dos meses. Inmovilizado y sin otra cosa mejor que hacer durante la convalecencia, aprovechó para ordenar la información que había comenzado a reunir para un futuro proyecto fotográfico. El mismo al que le ha dedicado las últimas tres décadas.

«Hice un mapa y me dije que, en cuanto me recuperase, iría a esos lugares para conocer sus mascaradas. Los primeros a los que retraté fueron Los Carochos de Riofrío de Aliste (Zamora). Coincidí allí con un francés que no sé ni cómo se enteró de que se celebraba aquella fiesta», comenta González Ximénez (Madrid, 65 años) desde su casa en la Sierra de Guadarrama. «A mí no me atraían los carnavales ni los espectáculos; buscaba los ritos que hablan del tiempo, de la tierra y de quienes los habitan».

Coincidiendo con el solsticio de verano, acaba de cerrar con éxito una campaña de micromecenazgo para publicar en una cuidada edición 150 imágenes de quienes protagonizan los rituales de invierno del noroeste de la Península Ibérica. El libro, concebido al mismo tiempo como documento visual, archivo artístico y exploración etnográfica, invita a adentrarse en un universo que remite a los cambios de estación y las fases de las cosechas. Un imaginario tan mágico como desconocido para varias generaciones de urbanitas.

«Mientras nuestras ciudades pierden los ciclos naturales y la luz se diluye entre edificios, en muchas aldeas los ritmos siguen marcados por la tierra y el cielo. Las mascaradas forman parte de un calendario profundo que recuerda que el tiempo es cíclico y que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos», expone en la web de Máscara ibérica, su antología. «Abandonemos por un momento las obligaciones de la sociedad contemporánea y naveguemos por el mundo de las máscaras, los ciclos, los astros y el tiempo», anima con el mismo argumentario del director de un retiro detox, pero con la sabiduría que confiere la observación in situ de algo único.

El interés de González Ximénez por estas manifestaciones de identidad, memoria y territorialidad es cada vez más compartido en un país que por fin está dejando de mirar a la ruralidad con vergüenza y desprecio. O que ha entendido lo que, parafraseando a Oscar Wilde, explicó un Bob Dylan con la cara blanca de mimo durante la gira Rolling Thunder Revue (1975-76): «Cuando alguien lleva una máscara, te dice la verdad. Cuando no la lleva, es poco probable que la diga».

Oviedo fue hace unas semanas sede del Festival Internacional de la Máscara Ibérica (FIMI), un foro que en casi dos décadas –no se celebró dos años por el Covid– nunca había salido de Portugal. Durante una semana ha convertido la capital del Principado en un muestrario ambulante de los mil personajes del Entrudo/Entroido/Antroxu, el Carnaval de nuestros tatarabuelos. Coloquios y mesas redondas dieron paso en la última jornada a un espectacular pasacalles en el que pudieron verse máscaras, con sus correspondientes trajes, de diferente inspiración. Una hecha en un tronco hueco y cierto aire de película de Tim Burton o de cómic de Luke Pearson. Otra elaborada con granos de maíz y cuernos de mazorca. Otra más con un velo negro rematada con la cabeza de un jabalí... Todas ellas acompañadas de pieles, accesorios de ganchillo, esparto o paja, cachiporras, herraduras, conchas, plumas, huesos y cencerros.

Helder Ferreira ejerce como coordinador del FIMI desde su creación «casi por casualidad» en 2006. «Jamás imaginamos que aquel desfile inicial se transformaría en un festival de esta envergadura», admite este sociólogo metido a investigador y dinamizador. «Si bien en los primeros años nos centramos en dar visibilidad y credibilidad científica a estos rituales, hoy nuestra misión ha trascendido. Ahora está enfocada en el desarrollo territorial mediante puentes culturales. Queremos llevar las tradiciones a las escuelas, reforzar el sentido de pertenencia e identidad de las comunidades y promover una fusión contemporánea de las máscaras con las artes visuales, la música y la artesanía», cuenta a propósito de una iniciativa que de momento ha propiciado más de 50 exposiciones dentro y fuera de Europa y una quincena de libros, contando el que se publicará a finales de 2026 con las ponencias de Oviedo y alrededores.

La celebración del FIMI en Asturias, además, quiere servir para darle un empujón a la declaración de les mazcaraes d’iviernu como Bien de Interés Cultural (BIC) de carácter inmaterial. Una catalogación que ya disfrutan el Cucurrumacho de Navalosa (Ávila) y el Zangarrón de Sanzoles (Zamora). Igual que los Vixigueiros de Samede (A Coruña) y el Jarramplas de Piornal (Cáceres). O los Pauliteiros de Miranda do Douro (Portugal).

Yolanda Cerra Bada es doctora en Antropología Social y Cultural y la investigadora que está estudiando las mascaradas como expresión del folclore asturiano para el expediente BIC. «He descubierto una enorme y sorprendente variedad. Hay una casuística interesante tanto de festividades como de actores», subraya quien ha percibido de forma clara «una corriente de aprecio y valoración».

«La tradición de las máscaras en España es inmensa y vibrante. Estos rituales tienen una enorme vitalidad en regiones como Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco, Navarra, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura e incluso las islas Canarias», contextualiza Ferreira. «El gran bastión ibérico se encuentra en el norte. En Portugal, la región de Trás-os-Montes ocupa un lugar central; en España, Galicia destaca como la comunidad con el mayor número de tradiciones activas y auténticamente vividas por la población. Ha sido fascinante presenciar cómo en los últimos 10 años se han recuperado antiguas fiestas en ambos países. En Asturias, por ejemplo, en 2008, sólo se habían inventariado siete fiestas; hoy hay más de 17».

¿Por qué en la Península Ibérica hemos usado máscaras durante siglos para festejar los ritos de paso? «Yo no diría durante siglos, sino desde siempre», especifica Ferreira. «En una de las conferencias de la edición asturiana del FIMI, el arqueólogo lisboeta Luís Raposo exhibió imágenes del hechicero de las cuevas de Trois Frères, del chamán de Lascaux, de las representaciones de Altamira y de máscaras de piedra de más de 9.000 años de antigüedad. Los seres humanos siempre han tenido la necesidad vital de comunicarse con los dioses y los espíritus de la naturaleza. La Vijanera de Silió (Cantabria) es un ejemplo perfecto de ello. Con la aparición de religiones estructuradas como el cristianismo, estos rituales paganos se adaptaron a los nuevos dogmas. El solsticio de invierno, que marca la muerte del año viejo y el nacimiento del nuevo, siempre ha sido el momento propicio para pedir protección para la salud, la fertilidad, la caza y las futuras cosechas. Estas plegarias precristianas llegan hasta nuestros días».

Cerra Bada considera que en el renovado interés popular por las mascaradas también influye, y mucho, el espíritu de nuestra era. La máscara se interpreta ya no tanto como una ventana al misterio de lo atávico, que también, sino como una reacción a un tiempo de permanente enfrentamiento, ultratecnológico e hiperindividualista.

«Tiene que ver con lo que se ha denominado El reencantamiento del mundo», señala la investigadora a propósito de una actitud ética, estética y ecologista al alza. «Algunos autores sostenían que con la industrialización y la secularización se perderían estos rituales y su magia. Que el mundo estaría determinado por la racionalidad. Esos augurios no se han cumplido. El reflujo de la globalización, que trajo la uniformización económica y cultural, es precisamente esta búsqueda. Estamos buscando mecanismos para reconectar con el territorio y con la comunidad. De ahí la reivindicación de las lenguas propias y el regreso de las tradiciones allí donde se habían perdido. A partir de 1950, con el éxodo del campo a las ciudades, las fiestas populares decaen en toda Europa. Lo rural entonces dejó de molar».

En España hubo que esperar hasta finales de los años 70, con el regreso de la democracia, la firma de la Constitución y la configuración del Estado de las autonomías, para sacar pecho por lo autóctono sin sufrir una penalización. En Asturias, en concreto, la recuperación de los Sidros y les Comedies de Valdesoto (2004) puede verse como un primer precedente.

Pero el big bang se había producido mucho antes. El auténtico estallido lo propició una muestra de Cristina García Rodero en el antiguo Museo Español de Arte Contemporáneo (MEAC) de Madrid. Hablamos, por supuesto, de la exposición de su proyecto España oculta, inaugurada en mayo de 1989 y que puso al alcance una lectura inédita de los ritos, fiestas y tradiciones del país. García Rodero invirtió 15 años en documentarse y materializar la serie, que entre cofrades, ancianas enlutadas y muchedumbres en la era reservaba un hueco para El Zangarrón, El Jarramplas o El Peliqueiro de Laza (Orense).

«Me dejó con la boca abierta. Yo había empezado a trabajar en torno a la religiosidad popular en esa época y España oculta coincidió más o menos con otra muestra de Publio López Mondéjar a la que yo aporté ocho fotos», recuerda Carlos González Ximénez. Quien, además, comenta que entonces uno de sus hermanos iba con frecuencia a África y se financiaba los viajes vendiendo algunas máscaras que traía. Así que se convirtió sin pretenderlo en un pequeño coleccionista.

«Al ver algunas de las mascaradas en las que había estado Cristina, pensé: ‘Joder, si aquí tenemos nuestra propia cultura indígena...’. Me puse a investigar en plan antropólogo aficionado, porque había muy pocos datos», admite. Acabó estudiando a fondo cultos agroganaderos como las dionisias de la antigua Tracia y las lupercales de Roma... y yendo a la esquina atlántica de la Península en coche todos los fines de semana entre diciembre y marzo. La propia García Rodero se sumó durante dos años a sus expediciones.

Hoy son colegas como Rober de la Torre (Vigo, 47 años) y Ainhoa Tejerina (Pamplona, 51) quienes están acercando al público masivo unas figuras patrimoniales de primer orden que, como otros elementos típicamente festivos, sirven de aglutinante social e icono diferenciador frente a las localidades vecinas. El espacio expositivo de ambos no es la planta baja de un museo, sino el muro infinito de Instagram.

De la Torre estudió Antropología e Historia de las religiones. Conoce las tripas del Carnaval rural mejor que un arúspice. Lleva 20 años escudriñándolo por pura vocación, porque el trabajo con el que paga las facturas es el de mecánico. Su coche, precisamente, tiene una década y 300.000 kilómetros. Ha estado con su cámara enfrente de 200 enmascarados, muchos de los cuales lucen con sus vistosos atuendos y sus rostros convenientemente cubiertos en la serie Microcosmos.

«Empecé en Laza y me fascinó cómo lo viven», confiesa. «Para ellos es un honor vestir el traje tradicional, que no consideran un disfraz. Esa ilusión me hizo querer indagar más a fondo. Y también la obsesión del ser humano por comunicarse con lo sagrado desde tiempos primitivos. Los enmascarados no dejan de ser personas que se transforman en un periodo y en un espacio determinados para comunicarse con lo sagrado para obtener alguna respuesta sobre lo que nos trasciende. Como hace un chamán... o un cura. Cuando oficia una misa, éste no lo hace con vaqueros y sudadera, sino que se pone una estola y una casulla. Los enmascarados se convierten en una criatura que no es ni macho ni hembra, que tiene atributos de poder y camina de forma extraña», analiza.

Tejerina es profesora de Primaria en Olite (Navarra). Cuando no da clases, está haciendo clic a la España sin tiempo de los nazarenos y las romeras. También al mundo misterioso de los Dimonis (Mallorca) y los Tapats (Ibi, Alicante). Lleva cerca de una década siguiéndoles la pista. Y tiene una prueba irrefutable de que el interés está calando: su absorción por la cultura popular.

«Se ve en la música que fusiona sonidos tradicionales y contemporáneos. Los gallegos Baiuca acompañan siempre sus actuaciones con mascaradas o guiños al Carnaval. Los navarros Zetak hacen algo parecido y no sé si el asturiano Rodrigo Cuevas también...», apunta la fotógrafa. «Me llama la atención que gente que hace música folk use mi trabajo como inspiración», añade González Ximénez. «Varios ilustradores europeos y mexicanos me han pedido alguna imagen. Y en el confinamiento me contactó Alejandro Guillán [el músico detrás de Baiuca] para que, por favor, le dejara utilizar una imagen para ponerla de fondo en su tema Solstício en YouTube».

Lo paradójico es que, después de soportar durante décadas una pesada lona de indiferencia, este magma de tradiciones podría morir de éxito. El interés turístico y la comercialización de la experiencia viajera como mero suvenir amenazan con convertir algunos desfiles en photocalls descontextualizados. «¿Qué pinta un Jarramplas paseando por Oviedo? Nada. Fuera del entorno y del momento en el que aparece, se convierte en un Mickey Mouse o un pato Donald disfrazado. Pierde la esencia del ritual», denuncia De la Torre la marcha a pie que puso fin al FIMI.

«Cuanto más famosas se vuelven unas fiestas y más gente acude a verlas, más se espectacularizan», lamenta a su vez Tejerina. Que no rehúye la autocrítica: «A algunas fiestas antes íbamos cuatro fotógrafos y ahora somos tantos que tienen que poner unas vallas para que no cortemos ni interfiramos en el pasacalles. Eso hace que se transformen en otra cosa».

Quizá por eso Carlos González Ximénez, desde hace un tiempo, retrata a los enmascarados de México y Bulgaria.