





















El 30 de noviembre de 2016, la Unesco declaró las Fallas de Valencia Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, momento culmen de una fiesta de la que hay constancia documental desde el siglo XVIII pero que se enfrenta ahora a un reto que marcará su futuro: cómo evitar acabar engullida por un impulso turístico que lleva aparejada una masificación creciente y, quizá, insostenible. El debate, este 2026, ya es asumido por el propio colectivo fallero, consciente de que es posible que haya llegado la hora de poner límites a una fiesta que no deja de crecer en los casales, que no puede abandonar la calle, pero que no puede convertir Valencia durante tres semanas en una ciudad hostil para sus propios ciudadanos.
La esencia de las Fallas sigue siendo los 768 monumentos que se plantan en las calles y plazas del 14 al 19 de marzo, cuando arden bajo el fuego purificador que simboliza la llegada de la primavera, la pólvora, con mascletàs y castillos, la indumentaria, la música y la hermandad en la calle. Pero a esta expresión cultural de un pueblo se han sumado elementos que, por su excesivo crecimiento en los últimos años, han agrietado la convivencia con la fiesta de parte de la ciudad, y ahora incluso su área metropolitana.
El censo fallero ha crecido en más de 8.000 personas en solo un año. Son 128.000 los inscritos en alguna de las 384 comisiones que hay repartidas por las calles de los barrios de Valencia. En algunos casos, hay hasta cinco comisiones en la misma calle. La actividad que se les permite está regulada en el llamado Bando Fallero, publicado cada año por la Junta Central Fallera, el organismo municipal que regula la fiesta. Ahí queda recogido lo que se puede o no hacer en la semana de Fallas, desde qué calles se pueden cortar, a qué hora se pueden tirar petardos y desde qué día o cómo se pueden financiar las comisiones para costear sus monumentos, en parte subvencionados. El problema es que no siempre se cumple o, como lo ven algunos colectivos, no se hacen cumplir. Aunque, incluso cuando se cumple, genera conflicto.
Las Fallas arrancan, oficialmente, con la plantà de los monumentos infantiles la noche del 14 de marzo pero, en realidad, se extienden muchos días antes. Va camino de las tres semanas. La convocatoria a la fiesta, la crida, siempre es el último domingo de febrero y la mascletà diaria, en la Plaza del Ayuntamiento, arranca el 1 de marzo. Eso significa, cada año más, que los falleros empiezan a tomar la ciudad semanas antes de la fiesta. Es decir, a cortar entre 300 y 400 calles para extender sus casales en carpas, hacer paellas o establecer, como deben, una zona de fuegos donde tirar petardos. Este 2026, esos cortes arrancaron el 6 de marzo, bien para instalar la iluminación en las calles (también hay concurso de luces) o los veladores.
Desde ese día, la movilidad en Valencia empieza a ser caótica, con cortes de tráfico y desvíos del transporte público una semana antes del inicio, oficial, de las Fallas. «La ciudad tiene un problema muy grande por la congestión de tráfico y las carpas están instaladas y, en muchos casos, vacías. No tiene lógica», se lamenta María José Broseta, la presidenta de la Federación de Asociaciones de Vecinos. A eso se suma que, cuando tienen actividad, puede ser molesta. «No puedes dormir porque tiene debajo de casa una verbena. Antes era apenas una semana, ahora son como mínimo dos», añade. La definición que hizo el cantante británico Morrissey hace unos días es compartida por muchos vecinos: «un infierno indescriptible» que le dejó «catatónico» y le llevó a suspender su concierto el pasado viernes en el Palau de Les Arts Reina Sofía. «Me va a llevar un año recuperarme, y me estoy quedando corto», se quejó.

Cientos de personas fotografían una falla en el centro de Valencia.DAVID GONZÁLEZARABA PRESS
El compromiso del Ayuntamiento, como regulador de la fiesta, es ajustar el calendario lo más posible, palabra que siempre da en marzo. «Las carpas se instalarán bastante más tarde el año que viene porque el calendario es diferente», anticipaba la alcaldesa, María José Catalá, hace unos días. Hace un año, el compromiso fue permitirlas a partir del día 10, pero han salido a la calle cuatro días antes. Y es que la fiesta quiere explotar su componente turístico y de motor económico más allá de los sectores tradicionales que la alimentan. «Las comisiones tienen que disponer de días previos a los días grandes para recaudar», justifica el concejal de Fallas, Santiago Ballester. Cenas de falleros de honor (que pagan por serlo) o verbenas son las principales actividades.
Ante esta situación, el éxodo de vecinos ha ido en aumento, aunque han sido sustituidos por visitantes. Así lo recogen, por ejemplo, los datos del consumo de agua que hizo público el consistorio hace unos días: se incrementa un 5% a pesar de la salida de población habitual.
Las Fallas no son solo un reclamo nacional, sino que la fiesta ha expandido sus fronteras. El interés generado a nivel internacional ha crecido un 26% en el último año y por ellas se interesan, además de los visitantes nacionales, los italianos, alemanes y franceses. Eso se ha reflejado en una ocupación del 100% de los apartamentos turísticos el pasado fin de semana, que cayó hasta el 70% desde este lunes, según los datos de Aptur CV. Los hoteles han tenido unos datos algo peores, aunque por encima de lo que se anticipaba hace una semana, cuando las previsiones climatológicas anunciaban un mal tiempo que no se ha dado. Ha lucido el sol y ha hecho tiempo de Fallas. Según Hosbec, la patronal hotelera, la ocupación ha tenido un «crecimiento moderado», pero lejos del lleno técnico. El fin de semana fue del 83% y hasta hoy se prevé del 70%, datos que mejoran las Fallas lluviosas de 2025.
Para la hostelería, el comercio y el transporte las fiestas siempre han sido un locomotora, aunque la situación empieza a variar. La Federación del Taxi ha hecho una huelga a la japonesa y lleva sufriendo los problemas de movilidad demasiado tiempo. La hostelería, pese a que es imposible encontrar una mesa en restaurantes en el centro de la ciudad y cerca de las fallas de Especial, compite con una ciudad llena de puestos ambulantes con comidas del mundo, churrerías y venta de mojitos que se han sobredimensionado en los últimos años. Son una fuente de ingresos para las comisiones falleras, que tienen permiso para cobrar un canon libre por la ocupación de la vía pública de sus demarcaciones. Las asociaciones de comerciantes, como la de Comercio Valencia Centro, están empezando a denunciar la falta de control municipal. «Antes había quien no hacía caja cuatro días, ahora son dos semanas», se lamentan.
Hay quienes ven en este camino iniciado de explotar la mercantilización de la fiesta una pérdida de identidad tradicional para dar paso a que el atractivo de venir a Valencia sea participar en un «macrobotellón» en la calle, con música y petardos. Hasta la pólvora ha atraído al llamado turismo pirotécnico, que viaja para librar batallas con artefactos cercanos a la bomba casera. En 2025, fueron detenidos 12 hombres con más de 2,5 kilos de material pirotécnico de alta peligrosidad y detectaron por canales digitales cómo grupos organizados de alemanes y holandeses planeaban viajar a Valencia con petardos manipulados e ilegales. Este año la vigilancia policial se ha incrementado, pero en algunas zonas, como el barrio de Ruzafa, la situación se ha descontrolado más de una noche.
Otro elemento diferenciador de cualquier otra fiesta es la mascletà que se dispara cada día y que ha generado una crisis entre Gobierno y Ayuntamiento por cómo contener a las masas que cada día se acercan hasta la Plaza del Ayuntamiento a las 14 horas para ver el disparo de 200 kilos de pólvora. El perímetro de seguridad ha ido en aumento en las últimas dos décadas, pero también la cantidad de público. Sin aforo limitado, no cabe un alfiler en pleno centro de Valencia, donde confluye con el latido habitual de la capital y la cercanía de la Estación del Norte, la principal conexión con el área metropolitana.
Una avalancha con más de 100 atendidos el pasado año, llevó al Ayuntamiento a solicitar que no llegaran trenes entre las 13 y las 15 horas desde el 13 al 19 de marzo, de manera que no se juntaran los espectadores de la mascletà con los viajeros. La medida, anunciada el día 10, ha sido muy polémica, con cruce de duras acusaciones entre la alcaldesa Catalá y el ministro de Transportes, Óscar Puente, pero no se ha alterado porque el dispositivo de seguridad no permitía hacer modificaciones. Quienes se acercaran a Valencia en tren desde Gandía o Xàtiva, a la fiesta o a cualquier gestión, tendrán que viajar antes de las 13 horas o su última parada sería Albal, a 10 kilómetros de la capital, donde, eso sí, le esperan autobuses lanzadera de la Generalitat para acercarlos a la estación de MetroValencia en Torrent o a la pedanía de La Torre, donde llega el autobús urbano.

El debate que ha dejado esta decisión sobre la movilidad ferroviaria es si hay que limitar el aforo en la mascletà, una decisión controvertida que deberá abordarse para las próximas Fallas y que llegará a pocos meses de las elecciones municipales. Compromís lo ha propuesto este año para que los trenes no se suprimieran; la delegada del Gobierno, Pilar Bernabé, que será la candidata socialista a la Alcaldía, lo puso encima de la mesa como deberes pendientes para el próximo ejercicio fallero, pero Catalá, que aspira a la reelección, esquiva el debate porque sabe la bolsa de voto fallero que hay en juego -y de la que tanto provecho sacó Rita Barberá-.
El colapso, además, no se ha dado solo en los espectáculos pirotécnicos, abiertos a toda la población, también en algunos actos reservados solo para los falleros, como la recogida del ninot que cada comisión aporta a la exposición y que se reúnen en la Ciudad de las Artes para que el público vote cuál será el indultat que se salva de la quema esta noche. El pasado sábado hubo una aglomeración por la cantidad que falleros infantiles que acudieron, por lo que para el domingo, la Junta Central Fallera fijó un máximo de 10 personas por comisión.
Una manera de aliviar esa sobrecarga a la ciudad es, para Compromís y PSOE, la implantación de una tasa turística, al menos la semanas de Fallas. Catalá se niega y se ampara en que no tiene, por el momento, respaldo legal porque la normativa que la sustentaba, aprobada de manera tardía por el Botànic, no se pudo aplicar. Con la llegada al Gobierno de Carlos Mazón, fue derogada de inmediato. Hasta Juan Roig, presidente de Mercadona, reclamó «monetizar más las Fallas». «Hay que cobrar más a los turistas», dijo sin puntualizar si para servicios públicos o para la propia fiesta.
Esta reflexión política, y polémica, sobre hacia dónde debe ir la fiesta y las limitaciones que necesita para no morir engullida por un crecimiento desmesurado se alza cada año como un monumento fallero, y se queda en cenizas en cuanto todo arde. El fuego la devora como a las fallas.
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。