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El Mundo
Ang�lica Reinosa · 2026-05-11 · via Portada

Las puertas automáticas abren y cierran con segundos de diferencia. Todos miran al frente y estiran el cuello para avistar mejor a quienes se acercan. Quizás esta vez salga la madre de Paola, que verá a su hija embarazada por primera vez. O tal vez sean la madre, la hermana y la madrina de Luis, que las espera con un ramo de flores para cada una. O puede que por fin aparezcan los padres de María, que serán recibidos con un cartel que pone «Bienvenidos a España». También puede ser el mejor amigo de Ulises, la hermana de Elizabeth o la novia de Diego.

Como ellos, miles de personas atraviesan cada día la sala 10 de la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, uno de los principales puntos de entrada al país. Muchos de ellos ya nunca emprenderán el camino contrario. Barajas es hoy una versión española de la isla de Ellis, el hogar de la Estatua de la Libertad que, frente a Nueva York, fue la puerta de entrada de unos 12 millones de inmigrantes entre finales del siglo XIX y mediados del XX. En la T4 no hay ningún monumento que dé la bienvenida, pero las cifras superan a las de entonces: España recibe más de un millón de residentes nacidos en el extranjero cada año. Y muchos entran por esta sala 10.

Crónica acampa en este escenario durante una semana y el desfile es frenético. Infinidad de abrazos aplazados durante años, saltos y sonrisas de reencuentro, lágrimas de ilusión y miradas que delatan miedo. De un lado a otro, maletas que contienen desde souvenirs hasta vidas enteras. Entre los viajeros, de todas las clases sociales, turistas que llegan de vacaciones, residentes —nacidos o no en España— que regresan a casa e inmigrantes que empezarán de nuevo tras dejar sus países de origen.

De izquierda a derecha: Daniuska, su madre (de visita), su hermana Madeleine y su novio Carlos. Daniuska lleva 3 años en España y su pareja, 10. Ambos solicitaron asilo político a su llegada. Madeleine llegó hace siete meses y está tramitando su visa de nómada digital.

De izquierda a derecha: Daniuska, su madre (de visita), su hermana Madeleine y su novio Carlos. Daniuska lleva 3 años en España y su pareja, 10. Ambos solicitaron asilo político a su llegada. Madeleine llegó hace siete meses y está tramitando su visa de nómada digital.

Arianna Ramos (26 años) llega de Perú con una estancia por estudios para cursar un Máster de Administración de Empresas. Su madre la acompaña, pero regresará tras ayudarla a instalarse. Arianna reconoce que tiene la intención de quedarse. Estudiar es casi una excusa. Su motivación principal tiene nombre: Diego Gotera, venezolano de 29 años. La pareja tiene tres años de relación.

Se conocieron en la tierra de ella, cuando el joven emigró por primera vez. Pero él abandonó Perú hace un año para recomenzar aquí. «Vine porque tenía más oportunidades para salir adelante, también por la inseguridad, que afecta a muchos de nuestros países», explica el joven. En Valencia no le va mal: está tramitando su documentación, ha trabajado en hostelería y en un supermercado. No tiene familia en este lado del Atlántico, pero está «muy contento» por estar de nuevo con su novia.

Más de un millón de inmigrantes al año

Diego es una de las 1.211.418 personas residentes en España y nacidas en el extranjero que llegaron a nuestro país en 2025. La cifra viene del Censo Anual de Población publicado recientemente por el Instituto Nacional de Estadística (INE). El estudio arroja, a su vez, que el 24,4% de los 9.464.210 residentes nacidos en el extranjero llegó entre 2023 y 2024. Es decir, 2.309.267 personas en dos años. Por tanto, en los últimos tres años, ha llegado una media de 1.173.561 personas por año. Esto se traduce en que casi uno de cada cuatro inmigrantes en España es recién llegado.

La tendencia no parece que vaya a frenar este año. Lo confirma Paola, una venezolana de 23 años que mira expectante hacia las puertas de la sala 10. Con una mano sujeta globos de corazones y con la otra acaricia la barriga que esconde a su primer hijo. Espera a su madre, la nueva abuela. «No la veo desde que me vine, hace un año y cinco meses. Ahora viene ella para quedarse», cuenta sin apartar la mirada de las puertas ni un segundo. Le preguntamos a qué se dedica. «Soy lashista», dice, y aclara, por si las dudas: «Hago pestañas».

Somos de El Salvador. Tenemos 11 y 20 años aquí. Faltaba ella: mi abuela Vilma, que viene a quedarse. Tiene ya la residencia

Catia, salvadoreña en España.

Diana, de 32 años, también viene para quedarse. Voló desde Lima con su hijo pequeño, tres maletas y dos mochilas. Se unirá a su esposo Winder, de 42 años, que se adelantó e inició el proceso migratorio hace dos años y medio. «Primero tenía que estabilizarse él, ahora vamos a ver cómo nos organizamos», indica. De Perú también son Augusto, su mujer Juana y sus hijos Natalia y Roben. «Es nuestra primera vez en España y vamos a evaluar la posibilidad de quedarnos, ya nos hemos informado de cuáles serían los trámites para tener los papeles», desarrolla el padre, ingeniero eléctrico.

Esta nueva ola migratoria tiene a los latinoamericanos como protagonistas, aunque también destacan los marroquíes. Además de las dificultades económicas y sociales y de sus países de origen, el flujo se ha acelerado porque ya hay comunidades consolidadas en este territorio. Las otras razones ya son de sobra conocidas: mismo idioma, cultura cercana, relativa facilidad de regularización y políticas más abiertas que otros países europeos.

Vilma (en silla de ruedas) se une a su nieta Catia (con la camiseta blanca) y su hija Evelyn, que llevan años residiendo en España.

Vilma (en silla de ruedas) se une a su nieta Catia (con la camiseta blanca) y su hija Evelyn, que llevan años residiendo en España.

Muchos incluso vienen porque ya tienen familia o amigos en el país. Es el caso de Vilma Alvarado, que se mueve en silla de ruedas por el aeropuerto. Se encuentra con Evelyn Rodríguez, su hija, que tiene 20 años residiendo en España, y con su nieta Catia Rodríguez, que vive en Madrid desde hace 11 años. «Cada dos años solemos viajar a El Salvador», cuentan. «Pero faltaba ella: mi abuela, que viene a quedarse». Ahora tienen una razón de menos para visitar su tierra.

Entre los expresivos reencuentros de la T4 casi podría pasar desapercibido otro perfil de viajero. El de aquellos que se mueven dudando, que evalúan su entorno con ojos asustadizos y evitan el contacto visual. Con un carrito repleto de maletas, insisten en que vienen de vacaciones por 15 días. Al preguntarles si contemplan la opción de quedarse, miran con suspicacia a la reportera y al fotógrafo, y siguen de largo sin responder.

Tengo a toda mi familia aquí, hasta a mis abuelos, tíos y primos. Somos 50 y pico... Antes alquilábamos locales para reunirnos

Carlos, venezolano que lleva 10 años en España.

Libertad, oportunidades y mejor calidad de vida es lo que movió a Carlos (29 años) para huir de Trujillo (Venezuela) hace 10 años. Por entonces estudiaba Derecho. «Estaba reacio a venirme, quería graduarme, pero empezó la represión, tuve una mala experiencia con los colectivos [civiles armados por el chavismo] y dije: "qué va, no vale la pena, la vida es lo que tiene más valor"». Le siguió los pasos a su madre y a su hermana, que acababan de migrar a España.

«Cuando vine pedí asilo político, estuve un año sin papeles, pero fui resolviendo», rememora. Ahora Carlos trabaja como coordinador de un almacén. Celebra que ha podido traerse a sus seres queridos. «Tengo a toda mi familia aquí, hasta a mis abuelos, tíos, primos. Somos 50 y pico... Antes alquilábamos locales para reunirnos, pero nos hemos dispersado en varias provincias».

Carlos conoció aquí a la caraqueña Daniuska (32 años), su pareja. Ella lleva tres años fuera de Venezuela. También solicitó asilo político. «A los seis meses ya tenía permiso de trabajo por razones humanitarias», comenta. Trabaja como teleoperadora. ¿Regresarían a su país? «Esa es una pregunta que nos hacemos cada cierto tiempo», responde ambiguamente y pasa a hacer un repaso por la «pésima» situación económica del país petrolero. Su madre vino a visitarla, pero volverá porque «tiene su vida y su pareja allá». La hermana de Daniuska, Madeleine (24 años), sí decidió quedarse hace siete meses. «Estoy en el proceso de la visa de nómada digital», relata. «Soy asistente virtual y trabajo como coordinadora de logística, a distancia con una empresa que está en Estados Unidos», detalla.

Marisol (con camiseta negra) y Miguel (de granate) visitan a sus hijas María (de azul) y Mayra, así como a Jefferson (novio de María), y al pequeño hijo de ambos. Aunque los más jóvenes ya han comenzado una vida en España, Marisol y Miguel no contemplan emigrar.

Marisol (con camiseta negra) y Miguel (de granate) visitan a sus hijas María (de azul) y Mayra, así como a Jefferson (novio de María), y al pequeño hijo de ambos. Aunque los más jóvenes ya han comenzado una vida en España, Marisol y Miguel no contemplan emigrar.

Minutos más tarde, las hermanas María y Mayra, también venezolanas, se turnan para sostener la pancarta que pone «Bienvenidos a España», decorada con las manos del hijo de María, para que sea lo primero que vean sus padres Marisol y Miguel cuando crucen las puertas. María y Jefferson, su pareja, tienen un año y medio en el país. Mayra llegó hace apenas 5 meses. María lleva año y medio añorando estar con sus padres. «Por fin los veo. Soy muy feliz, aunque volverán a Venezuela», dice ella todavía con las lágrimas trazando un camino por sus mejillas. «Tenemos todo allá, de momento no nos venimos», justifican los padres.

Del mismo vuelo proveniente de Caracas llegaron Natali Peña (58 años) y Gabriella Mercanti (28), madre y hermana de Pedro Blasco (39), que lleva nueve años fuera de su país, del que salió con 400 dólares en el bolsillo. Nueve años llevaba sin abrazar a su familia. «Estoy como en shock, no puedo creer que por fin estemos juntos», expresa. «Vivo en Zaragoza desde que llegué y el cambio fue del cielo a la tierra. Quiero que ellas lo conozcan para que se vengan», reconoce él. «En Venezuela estamos cinco horas diarias sin luz», menciona Gabriella entre las razones para descartar un retorno a Venezuela y para justificar por qué le gustaría mudarse con su hermano, siempre y cuando pueda traerse a sus padres. «Nunca he venido a España, ahora voy a tantear, y dependiendo de cómo vea la cosa, podría animarme a venir».

Llevamos año y medio aquí; año y medio sin abrazar a mis padres. Por fin los veo. Soy muy feliz, aunque volverán a Venezuela

María, venezolana.

Venezuela es uno de los países con más llegadas recientes, según el censo del INE. Un 31,3% de los venezolanos que han venido a residir a España lo hizo en 2023 y 2024, ocupando así el tercer lugar. El primero es para Colombia, con 34,7% de los residentes nacidos en el extranjero, y, en el segundo lugar, está Perú, con un 32,4%. Suele tratarse de una migración joven y, en muchos casos, cualificada, pero con dificultades para la homologación de titulaciones y para conseguir empleos acordes a su formación.

Los datos del INE muestran una migración educativa polarizada. El estudio señala que el 28% de los nacidos en el extranjero tiene un nivel educativo alto, pero también refleja que hay un 22,3% que tiene solo la primaria o estudios inferiores. El informe destaca que «los nacidos en Venezuela (47,4%) y Argentina (44,3%) presentaron los mayores porcentajes de población con estudios superiores». Y que, por el contrario, «los nacidos en Marruecos (9,3%), Rumanía (14,5%) y República Dominicana (17,8%) registraron los menores porcentajes de titulados superiores».

Luis Jiménez, colombiano de 30 años, espera a su madre, su hermana y su madrina con un ramo de flores para cada una.

Luis Jiménez, colombiano de 30 años, espera a su madre, su hermana y su madrina con un ramo de flores para cada una.

Esa diversidad se refleja en el propio aeropuerto. Hay quienes tienen la suerte de emigrar con facilidades de trabajo gracias a su formación. Fue el caso de Daniel Quispe, peruano de 37 años que pudo continuar su carrera de Audiovisuales a través de la empresa Mediapro a su llegada (hace dos años), aunque ahora trabaja en el área de Marketing de un bufete de abogados en Barcelona. «Es difícil encontrar algo de lo tuyo. A mis cuatro hermanas, por ejemplo, les costó», subraya.

Giselle es otra de las afortunadas. Ella es una argentina que lleva dos años en España y que acude al aeropuerto para recibir a una amiga, que a su vez viene a visitar a su novio que está trabajando aquí «momentáneamente, por una rotación». «Vine con contrato y ha sido hermosa la experiencia. Vivo acá en Madrid y me tratan muy bien. Lo que más me gusta es la paz y la seguridad con la que se vive», expresa Giselle.

Eso sí lo tengo claro: no regreso. En Argentina no hay calidad de vida... Quiero convencer a mi mejor amigo para que se quede

Ulises, argentino, llegó a Madrid en noviembre de 2025.

De Argentina también tenemos a Ulises Torres, de 24 años. Llegó en noviembre y ya tiene una certeza sobre su futuro: «Eso sí lo tengo claro: no me regreso». Aquí se dedica a la hostelería. «Me vine por la inseguridad de mi país y me encanta España por la calidad de su gente, por todos los planes que puedes hacer», describe sonriente. «Quiero ver si lo convenzo para que se quede», dice mientras abraza a Maxi, su mejor amigo, que lo visita.

A su vez, están los que trabajan en algo que no les apasiona. Elizabeth (48 años), profesora universitaria en Colombia, no ha podido convalidar su título y trabaja como secretaria en Madrid. «Tengo tres años acá, sin poder volver a mi país», lamenta. Ese es el tiempo que llevaba sin ver a su hermana Ángela, que la visita por cuatro días. No paran de abrazarse y llorar. «Es que hace tres años murió en Medellín nuestro hermano menor y no nos habíamos podido ver», cuenta Ángela.

«Me vine con el proyecto de montar una empresa con mi hermano, pero el covid se lo llevó», ahonda Elizabeth. Echa de menos su tierra, pese a que «los españoles son muy buenos». Aunque quisiera volver, ha decidido seguir un tiempo en Europa. «Estoy aquí por los papeles, por abrir una puerta más a mi familia, a mis sobrinos, a mi hijo de 30 años».

Ulises, a la izquierda, llegó en noviembre a Madrid. Recibe a su mejor amigo, Maxi, que viene de visita. Ambos son de Córdoba (Argentina).

Ulises, a la izquierda, llegó en noviembre a Madrid. Recibe a su mejor amigo, Maxi, que viene de visita. Ambos son de Córdoba (Argentina).

Por su familia también se sacrifica otra colombiana: Paola García, de 48 años. Tras cuatro años sin ver a su madre, su hija, sus dos nietos, su tía y su sobrino, no se decide en quién abrazar primero en el reencuentro en Barajas. Atiende a este suplemento mientras sigue repartiendo besos y estrechando las mejillas de sus nietos. «Quisiera que estuviéramos todos juntos, claro, pero toca esperar. Las cosas del migrante no son fáciles y uno no quiere eso para la familia», comparte. Trabaja como cuidadora de una señora mayor mientras intenta allanarle el camino a los más jóvenes de su familia.

Otra de las razones para migrar a España es el amor. Isaí, de 24 años, conoció a una española que trabajaba en la embajada en Colombia. «Nos conocimos allá. A mí no me interesaba España, pero ella me dijo que me viniera con ella y lo hice. Me vine con los papeles resueltos por ella: hicimos pareja de hecho», cuenta el joven, que recibe la visita de Carmen, su hermana de 38 años. «Lo de él es, literal, amor puro», corrobora ella. Bibian Ruiz, de Cali, también se enamoró de un español. Ambos tienen ya un bebé y residen en Cuenca.

Tengo dos años y medio sin ver a mi madre, mi hermana y mi madrina, el tiempo que llevo aquí. Ahora me visitan y estoy muy contento

Luis, colombiano residente en España.

Pero no todos quedan prendados de amor por España. Hay quienes vienen a estudiar, a trabajar o simplemente a probar la vida aquí, pero finalmente deciden volver a sus países. Ejemplo de ello es Francisco, mexicano de 31 años, vino hace un año para hacer un Máster en Derecho Penal y se regresará al estado de Chihuahua de vuelta con Karina, su novia de 35 años, que vino por tres meses para disfrutar de unas vacaciones.

Mientras unos vuelven, otros se quedan con la intención de mejorar sus vidas. «Estoy muy contento aquí», afirma Luis Jiménez, de 30 años. Lleva desde que se fue, dos años y medio, sin ver a su familia. Carga con tres ramos de flores. La escena es tan inusual que una desconocida se acerca a preguntarle si los vende. «No, no, qué va», aclara entre risas. «He estado en hostelería, construcción, jardinería... ¡Lo que me salga! No tengo reparos, lo importante es trabajar y ya». Seguro que la madre, la hermana y la madrina de Luis son conscientes del esfuerzo que le costó al joven comprar esas flores para ellas.