











Todos queremos sentir mariposas en el estómago (por muy inquietante que sea la imagen) cuando recibimos un whatsapp de nuestra pareja, pero muchas veces no hay rastro alguno de aleteo. Si la relación comenzó antes de que existiese esta app de mensajería o (órdago a grandes) cuando ni siquiera había teléfonos móviles, es probable que con esa notificación nuestro partenaire nos recuerde que tenemos que llevar el abrigo al tinte o que hay que tender una lavadora. Vaya por Dios.
La rutina es una apisonadora para la pasión y hace fosfatina muchas de esas mariposas. La edad, el hábito, la compra, el trabajo, los hijos y todo el cuadro costumbrista en el que usted está pensando pueden anestesiar la emoción y el deseo hasta el punto de detonar una relación. Hace unas semanas se estrenó en Prime Video A Beautiful Obsession(Una hermosa obsesión), un documental sobre Pep Guardiola que muestra sus últimos años como entrenador del Manchester City desde una perspectiva deportiva, claro, pero también muy personal. Una de las frases que ha trascendido forma parte de una charla pospartido con sus jugadores y ahí, precisamente, queremos llegar.
Dice el catalán: "Me voy a divorciar de la mujer más bella de este planeta. De mi mujer, de mi exmujer. ¿La amo? Por supuesto. ¿Me ama? Sí, pero hemos perdido la pasión. Por muchas razones". Guardiola (55 años) y su ex, Cristina Serra (53), comenzaron su relación en 1994 cuando ambos eran unos veinteañeros, tienen tres hijos y 30 años después, a finales de 2024, se separaron.
Hoy nos preguntamos, tirando de este hilo, qué pasión queda cuando una pareja es tan longeva y, sobre todo, si su carencia es una bomba de racimo tan potente como para provocar una ruptura.
Para enderezar este asunto, cuando la pereza, la desgana y falta de libido enfrían nuestra alcoba, hay sexólogas que recomiendan sacar el Excel y agendar el sexo. Tal cual. Sostienen que si uno no saca un ratito a propósito para darse un revolcón con su pareja, ese tiempo (y ese polvo) se perderá en otros menesteres. Dicen también que el deseo no requiere forzarse, claro, pero tampoco debemos esperar a que surja por generación espontánea, como sucedía (si es el caso) con 20 años menos, cuando quizá no había hijos, ni lumbalgias, ni tantas responsabilidades y convivencia acumuladas en pareja.
Otras preguntas que sobrevuelan aquí es cuánto sexo es lo normal y cuánto es lo mínimo, si es que eso existe: ¿uno a la semana, a la quincena, al mes? Las sexólogas que hemos consultado no adelantan una cifra, por aquello de primar la satisfacción sobre la cantidad. Ellas se adhieren a la Sociedad Internacional de Medicina Sexual (ISSM, por sus siglas en inglés), que defiende: "La frecuencia normal es la que los dos miembros de la pareja acuerdan que es la mejor para ellos. Para algunos, esto puede significar mantener relaciones sexuales varias veces al día, a la semana, al mes o al año. Mientras ambos miembros de la pareja estén satisfechos, no hay una respuesta correcta o incorrecta".
Y otra cuestión: ¿seguro que no tenemos sexo o creemos que no porque no hay coito entre medias? Si no interviene esta práctica, ¿cuenta o no cuenta?
Hemos recurrido a Elisabeth Neumann, sexóloga y experta en parejas de la firma de bienestar sexual We-Vibe, y a Anna Sánchez, también sexóloga en Platanomelón, para responder estas dudas y también otras, como si es posible seguir felizmente en pareja sin pasión, a diferencia de Pep Guardiola y su mujer.

AJUBEL
Las expertas coinciden en un sí rotundo. Amplía Anna Sánchez: "Una pareja no deja de ser pareja porque no tenga sexo. Reducir el vínculo a la actividad sexual es una visión bastante limitada de lo que significa construir una relación. Hay parejas que tienen poco o ningún sexo durante etapas de su vida y siguen teniendo un vínculo amoroso, íntimo y profundamente satisfactorio. Lo importante no es tanto si hay sexo como si hay un acuerdo y un bienestar compartido alrededor de esa ausencia. El problema aparece cuando uno de los dos sufre, cuando hay distancia emocional, resentimiento o una necesidad que no está pudiendo expresarse. Hay que dejar de pensar que si una pareja no tiene sexo automáticamente se han convertido en compañeros de piso. Hay muchas formas de intimidad, deseo, complicidad y conexión que no pasan necesariamente por el sexo genital.
Elisabeth Neumann es rotunda: "No existe un número universal. este es uno de los mitos más comunes en terapia sexual. 'Poco' se define por la distancia entre lo que cada persona desea y lo que realmente ocurre, no por ninguna frecuencia fija. Una pareja que tiene sexo dos veces al año puede estar perfectamente satisfecha si eso encaja con las expectativas de ambos; una pareja que lo tiene dos veces por semana puede estar en crisis si uno de los dos quería más".
Sánchez introduce aquí una cuestión clave: "Sería mucho más interesante preguntarnos: '¿Estamos satisfechos con nuestra intimidad?, ¿podemos hablar de ello?, ¿nos sentimos deseados, conectados y libres dentro de la relación?'. El número puede ser un dato, pero rara vez explica por sí solo lo que está pasando".
"Casi todo lo que solemos dejar fuera: la masturbación mutua, el sexo oral, el masaje sensual, los preliminares prolongados sin penetración, incluso los momentos compartidos de intimidad y contacto intenso. Centrar la definición del sexo en la penetración es en sí mismo parte del problema: hace que las parejas midan su intimidad con la vara equivocada", dice la sexóloga de We-Vibe. E introduce el factor de la longevidad: "Los estudios sobre relaciones de larga duración muestran que la intimidad tiende a transformarse con el tiempo, y que la penetración en concreto puede perder importancia relativa a medida que otras formas de contacto y conexión pasan a ocupar un lugar más central. Esto es simplemente una descripción de cómo evoluciona el repertorio sexual de una pareja; no dice nada por sí solo sobre si la satisfacción sexual de esa pareja es mayor o menor. Una relación en la que la penetración importa menos que antes no es necesariamente una relación en crisis; puede ser simplemente una en la que la intimidad se ha redistribuido hacia otro lugar".
Sobre las experiencias sexuales que dejamos fuera si solo pensamos en el coito, Anna Sánchez añade "el sexo sin orgasmo o simplemente momentos de intimidad erótica que no tienen como objetivo llegar a ninguna parte".
Claro que lo hay. Elisabeth Neumann propone: "La novedad no tiene por qué venir de nuevas parejas, puede venir de nuevas experiencias dentro de la propia relación: nuevas posturas, nuevos entornos, nuevos productos, nuevas conversaciones sobre fantasías que ninguno de los dos ha verbalizado todavía. La curiosidad es una habilidad que se puede reconstruir, incluso después de décadas juntos. Pequeños actos deliberados de exploración —probar un juguete nuevo juntos, programar momentos de intimidad en vez de esperar a que surjan espontáneamente, hablar abiertamente de lo que cada uno nunca se ha atrevido a pedir— suelen tener más impacto del que la gente espera".
Para Sánchez, la sexóloga de Platanomelón, "una persona no es un territorio que se conquista y se termina" y, aunque conozcamos al otro desde hace muchos años, "eso no significa que tengamos que dejar de descubrirlo". "A veces confundimos novedad con deseo. Para revitalizar la sexualidad necesitamos recuperar la curiosidad", concluye.
Anna Sánchez confirma: "El deseo espontáneo —ese "me apetece y entonces busco sexo"— no es la única forma de deseo, ni siquiera necesariamente la más habitual en relaciones largas. Existe también un deseo que aparece a partir de la conexión, la estimulación, el contexto o el encuentro".
"La idea de que los hombres tienen un deseo constante y automático mientras que las mujeres necesitan entrar en calor está desactualizada y no se sostiene en lo que vemos en la práctica. El deseo reactivo (el que aparece después de que empieza la excitación, en lugar de antes) también existe en los hombres. El estrés, la rutina y la distancia emocional afectan al deseo masculino igual de intensamente, aunque se hable menos de ello", apostilla Neumann.

ULISES CULEBRO
La experta de Platanomelón niega la mayor: "Yo incluso cuestionaría el concepto de 'deseo asimétrico', porque parte de la idea de que existe un deseo simétrico. Y eso tampoco existe". Y Neumann propone soluciones: "El objetivo no es forzar a ambos a la desear la misma frecuencia, sino encontrar un sistema compartido que les funcione a los dos. Eso puede significar que la persona con más deseo incorpore el autoplacer para aliviar la presión sobre su pareja, programar momentos de intimidad para que el deseo no quede al azar, o simplemente acordar qué formas de intimidad son suficientes para cada uno. Hablar abiertamente sobre esa asimetría, sin vergüenza por ninguna de las dos partes, suele ser el verdadero punto de inflexión, más que cualquier técnica concreta".
Explica Neumann que abrir una relación puede funcionar, pero solo cuando parte de un lugar de fortaleza, no de crisis: "Si se usa como plan de rescate para problemas que en realidad nunca tuvieron que ver con la monogamia —mala comunicación, resentimiento, deseo desajustado—, normalmente solo añade una capa más de complejidad sobre el problema original en lugar de resolverlo. Funciona mejor cuando ambas personas ya se sienten seguras y lo eligen por curiosidad, no por desesperación".
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