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¡Menuda nochecita se ha vivido en Viena! La final de la 70ª edición de Eurovisión en el Wiener Stadthalle no ha dejado a nadie indiferente. Entre una atmósfera de tensión política sin precedentes y la habitual dosis de locura musical, el festival ha regalado momentos que van directos a la historia (para bien y para mal) del certamen.
El elefante en la habitación se hizo notar. La participación de Israel, representado por Noam Bettan y su tema Michelle, marcó el ritmo extra musical del festival desde meses antes, provocando el histórico boicot y la ausencia de cinco países clave (España, Países Bajos, Irlanda, Eslovenia e Islandia).
A pesar de los esfuerzos de la televisión anfitriona, la televisión austríaca, (ORF) por utilizar filtros de sonido ambiente para mitigar las protestas, los abucheos, silbidos y cánticos de "Free Palestine" se colaron de forma inconfundible a través de los micrófonos de la retransmisión, al menos en YouTube, que es donde nos tocó verla a los españoles, pues España no participa ni tampoco retransmite. Eso sí hubo venganza, de las que duelen, con un mensaje en TVE a las nueve punto, justo cuando arrancaba la final de Eurovisión 2026: "El festival de Eurovisión es un concurso, pero los derechos humanos no lo son. No hay espacio para la indiferencia. Paz y Justicia para Palestina".
Si hubiera que elegir un momento, desde luego ha sido el final de las actuaciones que han recordado a los grandes ganadores de la historia de Eurovisión. La última canción en sonar era Nel blu, dipinto di blu, una de las canciones más famosas de Eurovisión del cantautor italiano Domenico Modugno y compuesta junto a Franco Migliacci y que representó a Italia en 1958. En ese momento las miles de personas en el Wiener Stadthalle han comenzado a cantar el estribillo incluso cuando ya no sonaba la melodía. Un momento en el que la piel se le ha puesto a muchos de gallina.
Si algo ha quedado claro este año es que Europa tenía ganas de fiesta dura. La tendencia de meter bases electrónicas machaconas, luces estroboscópicas y ritmos puramente fiesteros ha alcanzado su pico histórico.
Como históricas han sido las reacciones del representante de Dinamarca cada vez que un país le daba los 12 puntos. Primero, quitándose las gafas y poniendo poses de Anna Winthour en El diablo viste de Prada; y después, cuando se los ha dado Noruega, pasando del llanto, los besos a la pose erótico festiva que animaba las siempre lentas votaciones del jurado.
De las 25 canciones que saltaron al escenario de la final de Eurovisión 2026, una cantidad ingente de propuestas apostaron por convertir Viena en una discoteca a las tres de la mañana. Desde el subidón industrial del británico Look Mum No Computer (Sam Battle) con su arsenal de sintetizadores caseros, hasta las propuestas de los países del este, la final ha sido un desfile de drops electrónicos, saltos en el escenario y coreografías pensadas para quemar la pista. ¡El festival de la canción ha sido, más que nunca, el festival del techno-pop! ¿Podríamos decir que Sirat, la película española nominada a los Oscar, ha sido el espíritu de Eurovisión 2026? Podríamos.
Italia siempre es sinónimo de elegancia, directo impecable y candidata al micrófono de cristal. Sin embargo, las noches en directo las carga el diablo.
Durante el clímax de la actuación italiana, en esa nota final donde el artista debía lucirse y emocionar a los jurados internacionales, la voz se rompió por completo dejando escapar un sonoro "gallo". Las redes sociales, por supuesto, no tardaron ni dos segundos en recogerlo. Un pequeño patinazo de afinación que rompió la atmósfera mística de la delegación de la RAI y que probablemente les ha costado un buen puñado de puntos en el desglose final. El directo es así de cruel.
Se hizo rarísimo ver las votaciones y la final sin España en el clásico grupo de los intocables debido al boicot. El Big Five se ha quedado cojo temporalmente como el Big Four, cambiando las dinámicas habituales de los gráficos de votación.
El representante de Reino Unido no solo cantó, sino que subió al escenario parte de sus famosas y extrañas creaciones tecnológicas musicales. Una de las puestas en escena más originales, ruidosas y "frikis" (en el mejor de los sentidos) que se recuerdan en la delegación británica.
Y qué decir de los presentadores de Eurovisión 2026. Victoria Swarovski y Michael Ostrowski tuvieron la difícil tarea de pilotar una de las galas más tensas de la década. El humor austriaco, a veces un poco seco, sirvió de escudo para capear los momentos en los que el público del Wiener Stadthalle se ponía más ruidoso de la cuenta.
Si alguien buscaba sutileza, Finlandia no estaba en el edificio. Su actuación fue descrita por muchos comentaristas como "un concierto dentro de una tormenta controlada". Violines, fuego y dramatismo a niveles industriales hicieron que el estadio pasara de espectador a superviviente emocional en menos de tres minutos.
Varias propuestas balcánicas y del este del continente llevaron el concepto de "exceso creativo" a nuevas alturas. Entre rituales escénicos, cambios de idioma inesperados y coreografías que parecían invocar fuerzas antiguas del televoto, el público alternaba entre la fascinación y la risa nerviosa.
Además del famoso "momento mopa", se registraron pequeñas incidencias de realización: planos que llegaban tarde, cámaras que seguían al artista equivocado durante unos segundos y transiciones que parecían improvisadas... lo suficiente para alimentar teorías conspirativas durante semanas. Porque cómo gusta una conspiración en Eurovisión.
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