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"Tinder y el Satisfyer son el espejismo de una liberación sexual fallida" De Maite a Tes, una historia de discapacidad y sexo: "Me niego a que me roben el deseo por ir en una silla de ruedas" El Mundo Trabajar, estudiar y criar sola a dos hijos: "Es complicado estar sola, pero se puede lograr" El Mundo El Mundo El Mundo El Mundo El alocado concurso para imitar el canto de las gaviotas y derribar prejuicios contra estas aves La extraña muerte de Inmaculada: el caso que precipitó el cierre de las 'cárceles' franquistas para niñas Juan Tovar: "Trump fue muy hábil explotando políticamente el atentado en Pensilvania y éste también va a intentar usarlo en su beneficio" La IA ya está destruyendo empleos... y no son los que esperábamos: "La tecnología es una variable más de nuestra precariedad laboral" El Mundo Los archivos secretos de los esclavos negros que pasaron de la América inglesa a la española Mi primer móvil a los 100 años: "Poder estar conectadas a esta edad es poder vivir mejor" Nosotros, los que tenemos que dar las peores noticias: "Hay familiares que me han llegado a tirar de la bata para que me calle" Amor en la cama, higiene en el baño, soledad en el salón, educación en la alcoba: lo que nuestros hogares cuentan de la historia de la Humanidad El Mundo El éxito de Artemis 2 allana el camino hacia el alunizaje mientras Trump propone recortar el presupuesto de la NASA Hechizados por la Luna: Artemis 2, la misión que no ha dejado indiferente a nadie Orgullo y furor en EEUU por el regreso de los astronautas de Artemis 2: el espacio entusiasma tanto a dem�cratas como a republicanos De Groenlandia a la España vacía: "El Ártico es como llegar a la Luna, pero Argujillo es como volver a un pueblo mágico del siglo XIX" El 'detective' del ADN que cambió la justicia en España: "La cal viva de los GAL no ocultó la infamia; ayudó a preservar los cadáveres de Lasa y Zabala" El oligarca que se enfrentó al Kremlin: "Si Putin hubiera querido matarme, mis probabilidades de supervivencia no superarían el 10%" Iván, toda una vida en paliativos infantiles: "Tras 10 años de quimioterapia, dejamos de perseguir la cura para que pudiera vivir sin dolor" Nuevo rumbo educativo en China: más recreos y menos tareas para paliar las consecuencias de la feroz competitividad en el país 20 años de laSexta, la tele que nació para molestar a todos: "Claro que hay gente de derechas en la cadena" Los astronautas de Artemisa 2 ultiman el salto final hacia la Luna Las tres resurrecciones de David de Miranda: "La dureza del toreo me ha forjado como persona" Macarena, de símbolo religioso a icono pop: "Es una imagen para la cultura de masas" La aventura filosófica del ping-pong: "Es adictivo, hay un consuelo casi meditativo en dar una y otra vez el mismo golpe" La vida después de los abusos sexuales en la Iglesia: "A aquel cura le diría que el daño que me hizo será insoportable hasta el día que me muera" La falacia del progreso: por qué podría ser la peor idea que ha tenido nunca la Humanidad La sospechosa simbiosis entre poder y mafia: cuando los malos fundaron los estados La analista sueca que disecciona las guerras del mundo: "Aún me sorprende cómo algunas acaparan los informativos y otras ni siquiera llegan a los titulares" La adicción de Kaley, la niña que derrotó a Meta y YouTube: ansiedad, depresión y pensamientos suicidas 'Caracafé' y sus 400 niños salvados con el flamenco: "Yo les pregunto: '¿Quieres ser astronauta? 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Me alegra decepcionarte: por qué desilusionar a los demás te hará más feliz
Rebeca Yanke · 2026-03-25 · via Historias

Lo hacemos todos. Decepcionar y sentirse decepcionado por alguien o por algo -una película, un libro, un amor, un político- está tan ligado al ser humano como nuestra capacidad para el deseo. Y a menudo se oculta casi tanto como el propio deseo. Hace menos de una década, Gilles Lipovetsky advertía en la La sociedad de la decepción (Anagrama) que el hedonismo actual, junto a cierto espíritu de la época, mezcla de ansiedad y violencia en las relaciones sociales, había puesto en marcha una auténtica «maquinaria de la decepción»: una estructura en la que «cuanto más aumentan las exigencias de bienestar y una vida mejor, más se ensanchan las arterias de la frustración». Ríos de información, ideales de perfección, autoayuda en vena, ¿le suena? Todo junto hace del individuo alguien más reflexivo, más exigente, pero «también más propenso a sufrir decepciones».

Un nuevo giro lo da ahora el filósofo belga Laurent De Sutter en su ensayo Decepcionar es un placer (Herder). Cómo va a ser agradable decepcionar, se preguntará usted, y es comprensible. Por eso hemos puesto a pensar a filósofos y psicólogos sobre este asunto del que, a pie de calle, nadie tiene ganas de hablar. Es más fácil encontrar a alguien que diga 'estoy decepcionado' --es casi constante- que hallar al valiente que admita alegremente: 'He decepcionado'.

«A los ojos de la mayoría de la gente, decepcionar es la suerte menos deseable, la marca terrible, casi infame, de un fracaso que hasta podría poner en entredicho a la persona como tal», describe De Sutter. Y la psicología nos repite que decepcionarse es, sobre todo, ser víctima de expectativas que sólo existían en nuestra cabeza. La ilusión que sentimos cuando cierta persona nos escribe por Instagram, Tinder o WhatsApp -y que probablemente acabará protagonizando un ghosting, uno más-. Y luego el mundo levantado en armas y la incertidumbre como escenario.

Todo lo anterior es ya crucial pero, para De Sutter, hay algo más. Tal y como nos cuenta por vídeollamada, y no nos decepciona con sus explicaciones, cree que «tras la danza de la esperanza y la decepción, de las expectativas y su frustración, se despliega un verdadero orden del mundo que decide por nosotros lo que podemos y lo que no podemos hacer». Decepcionar, anuncia el filósofo belga, sería la manera de escapar de ello y, por tanto, sería un placer.

A Eduardo Infante, miembro de la última oleada de filósofos españoles -acaba de publicar Salvar a Sócrates (Ariel)- le parece que «la decepción, bien entendida, es un momento de lucidez». Su nuevo ensayo, al cabo, aborda esa misma sensación o sentimiento desde el ángulo político. «Qué hacemos cuando la democracia no cumple nuestras expectativas y, aun así, seguimos empeñados en defenderla. Con el mundo que nos está quedando, necesitamos más que nunca un Sócrates que nos ayude a salvarnos de nosotros mismos», afirma, quizá algo decepcionado, mientras explica durante nuestra entrevista que la propia filosofía «nace de una decepción, del desencanto».

Que el mundo no está a la altura del ideal de justicia está hoy también bastante claro. Qué debemos hacer al respecto está mucho menos claro. Infante sugiere que, «en lugar de rebajar expectativas» podríamos empezar por «distinguir lo que depende de nosotros y lo que no». «Y orientar el deseo hacia lo primero. No menos deseo, sino deseo mejor orientado». Y entender que la democracia, como decía también Lipovetsky, «es un bien de consumo como cualquier otro» y que nuestra «sociedad híper moderna es capaz de combinar el abstencionismo más veleidoso con la indignación más sincera ante la sospecha de que se atacan los principios del derecho y la libertad». Qué le voy a contar que no haya visto ya en la televisión y en las redes sociales, donde impera no sólo la agresión verbal sino también su representación constante. Ampliemos un poco el tiro: qué le voy a decir de cómo le decepcionan los servicios públicos, los productos culturales, las relaciones sentimentales, la existencia misma, la obsolescencia programada, tener que comprar de repente una lavadora, etcétera, etcétera, etcétera...

«En momentos históricos como el actual, con guerras, polarización, crisis climática e incertidumbre económica, la decepción colectiva es enorme porque nuestras expectativas de progreso y estabilidad eran muy altas», contextualiza la psicóloga Elena Dapra, quien confía en el poder edificante de la decepción «porque obliga a revisar creencias sobre control, seguridad y permanencia». «La decepción nos devuelve a la realidad. Aunque duela, es el único lugar desde el que podemos actuar», explica. Va más allá: dice que «la decepción bien digerida no paraliza sino que madura». Respecto a las expectativas, aboga por dejar de considerarlas «garantías».

«Abandonar expectativas rígidas cuesta porque están ligadas al deseo, al apego y a nuestra identidad. Cuando una expectativa se rompe, no solo se rompe un plan: se rompe una narrativa interna sobre quiénes somos y cómo debería ser nuestra vida», explica Dapra. Y lo amplía: «La decepción se vuelve tóxica cuando intentamos controlar lo incontrolable. Y se vuelve transformadora cuando nos obliga a redefinir nuestras prioridades. En consulta veo algo muy claro: muchas personas no están devastadas por la realidad externa, sino por la expectativa interna de que la vida debía ser más justa, más lineal o más previsible. Aceptar que no lo es no es resignación, es realismo psicológico».

La complicación a día de hoy es especialmente gigante dado que mientras el mundo se desmorona, apunta el psicólogo afincado en Marbella Buenaventura del Charco. «Vivimos en una cultura profundamente aspiracional, en la que los referentes se basan en vidas idealizadas de las redes sociales y en una cultura positivista. La idea de que hay una forma correcta de hacer las cosas, que siempre se puede mejorar, que todo tiene solución...», apunta el psicólogo. «Esto hace que nuestra realidad, comparada con este ideal, siempre sea una mierda y eso nos duele».

Nos decepcionamos si una relación no sale bien, si el ascenso no llega o el amigo no responde. Pero la madurez emocional, sentencia Dapra, no consiste en no esperar nada, sino en saber que lo esperado puede no ocurrir y que, aun así, uno puede sostenerse. «Si no esperamos nada, nos desconectamos. Si esperamos demasiado, sufrimos constantemente. El equilibrio está en desear sin exigir, proyectar sin aferrarse. La decepción es muchas veces el indicador de que hemos colocado nuestra estabilidad emocional fuera de nosotros: en otra persona, en una circunstancia o en un resultado. Ajustar expectativas no significa renunciar al deseo, sino dejar de convertirlo en condición para estar bien. Eso requiere entrenamiento psicológico», dice.

'Autómata', de Edward Hopper.

'Autómata', de Edward Hopper.

"Vivimos en una cultura profundamente aspiracional"

Filósofos y psicólogos coinciden en que hay que transformar las expectativas rígidas en esperanzas flexibles, un asunto que se trata mucho en las terapias. «Es un cambio sutil pero radical en la manera de vivir porque sí, la decepción seguirá llegando, como la muerte, como el cambio. La cuestión no es evitarla, sino preguntarnos qué hacemos con ella: si la usamos para amargarnos o para conocernos mejor», sugiere Dapra.

Otro truco de especialista, en este caso Omar Linares, que acaba de publicar La consulta del filósofo (Ed. Temas de Hoy), es ver «la propia insatisfacción como un motor que genera el movimiento necesario para hacer real el cambio anhelado». Para este pensador: «La decepción no debe tomarse como la confirmación del pesimismo, ni mucho menos del catastrofismo. Es cierto que hoy la realidad nos resulta aterradora, pero quizá ese terror provenga de un fallo en nuestra perspectiva. Cuando uno ve un informativo parece estar presenciando el fin de los tiempos. Sin embargo, cabría preguntarse en cuántos momentos de la historia, la humanidad ha creído estar contemplando su final, para después experimentar nuevos periodos de crecimiento. Tenemos que ser capaces de ir más allá de ese realismo depresivo que nos convence de que ser conscientes del presente exige vernos abrumados por él, y que cualquier esperanza es síntoma de ingenuidad o desinformación».

Es como si estuviéramos necesitados de un optimismo lúcido, capaz de reconocer todo lo que no va bien, pero también de vislumbrar nuevos planteamientos para abordarlo, ahonda Linares. ¿Cómo se pasa de la «hostia en la cara»- así llama Del Charco a la decepción- a la mente preclara? Para el psicólogo, habría que evitar torturarse por crearnos expectativas, entender que las hacemos en ciertos temas y no en otros, porque van ligados al tipo de herida que albergamos. «Todo es más flexible cuando podemos curar la herida, asumir la responsabilidad en torno a ella y dejar de reprimir las emociones que provoca», anima.

Porque la Historia ya nos ha demostrado que «no hay decepción capaz de eliminar la identidad proyectiva que nos constituye», idea que trae a colación el filósofo José Carlos Ruiz. «Da igual la envergadura de la decepción sufrida, el ser humano seguirá proyectando un futuro mejor que el presente, excepto los agoreros que seguirán usando el miedo al futuro como mecanismo de control social», argumenta.

Así llegamos a una conclusión optimista, aunque parezca un contrasentido. Es la reflexión de Nerea Blanco, al frente de la plataforma Filosofers: «Aceptar que el mundo es incierto, caótico y a veces decepcionante puede ser, paradójicamente, una forma de fortaleza. Nos obliga a madurar y a desarrollar una cierta capacidad de soportar la incertidumbre. Pero tampoco conviene confundir esta lucidez con resignación. De hecho, hoy ocurre algo curioso: muchas personas no viven tanto en la esperanza ingenua como en una especie de resignación cansada. Nos dicen que seamos resilientes, que nos adaptemos, que aceptemos lo que hay. Pero comprender que el mundo es absurdo no significa rendirse, sino decidir que, precisamente por eso, merece la pena rebelarse. Aceptar que el mundo puede decepcionarnos... y aun así seguir intentando transformarlo. Porque la madurez no consiste en dejar de desear un futuro mejor, sino en desearlo sabiendo que no está garantizado», concluye.