























No hay un animal sobre la faz de la Tierra cuyo cerebro tenga más neuronas que el humano. El órgano más complejo de nuestro cuerpo acumula unos 11.500 millones de células nerviosas, una cifra que explica por qué buena parte de nuestra energía se va en alimentar al cerebro. Si nuestro preciado seso representa aproximadamente el 2% de nuestra masa corporal, lo cierto es que consume el 20% de la energía del cuerpo.
Parece entonces lógico pensar que somos seres inteligentes gracias a nuestro cerebro. El éxito de nuestra especie se esconde en el cráneo. Así que damos por hecho que el tamaño de nuestro cerebro se fue agrandando durante los miles de años de evolución para permitir el desarrollo de nuestra gran arma: el pensamiento abstracto. Gracias a nuestra capacidad de razonar, inventamos la agricultura o las matemáticas, llegamos a la Luna y aspiramos a colonizar Marte. Sin embargo, no hay que descartar que estemos equivocados.
¿Y si la evolución de nuestro cerebro no la explica tanto el raciocinio como nuestra habilidad para salir de copas con amigos? ¿Y si somos seres inteligentes porque supimos agruparnos para vivir en comunidad y forjar alianzas y relaciones sociales? ¿Y si lo que nos distingue como humanos es nuestra destreza para intuir qué piensan y cómo reaccionarán quienes nos rodean? Dicho con otras palabras, resulta que igual llegamos a dominar el mundo porque somos simplemente unos tipos sociables y simpáticos.
Esta es la tesis de Matthew Lieberman (Atlantic City, Estados Unidos, 1970), cuya aclamada obra Social se publica ahora en España (Capitán Swing). «Durante mucho tiempo hemos asumido que nuestros cerebros grandes son consecuencia de nuestra capacidad analítica, pero hay estudios que sugieren que la necesidad de llevarnos bien con los demás no solo impulsó el desarrollo del cerebro, sino que esa parte social podría ser incluso más importante que la analítica para la evolución cerebral», explica el psicólogo en una entrevista por videoconferencia desde su casa en Los Ángeles. «Es algo sorprendente».
El doctor Lieberman, profesor en los departamentos de Psicología, Psiquiatría y Ciencias Bioconductuales de la Universidad de California, se refiere a la hipótesis del cerebro social desarrollada por el antropólogo Robin Dunbar a principios de la década de los años 90. Según esta teoría, el crecimiento del neocórtex en el cerebro de los primates fue lo que impulsó una vida social más compleja, en grupos más grandes y numerosos.
En su libro, Lieberman sostiene que el dominio del Homo Sapiens se sustenta así en su pensamiento social. Queramos o no, estamos programados para ser sociales: «Vivir una vida social es difícil, realmente difícil. Dependemos de las demás personas, las entidades más complejas del universo, para que produzcan nuestros alimentos, paguen nuestro salario y contribuyan a nuestro bienestar general. Este sistema dista mucho de ser perfecto, pero la evolución ha apostado, una y otra vez, por hacernos cada vez más sociales», escribe Lieberman.
Y aquí llega la gran paradoja. Si en teoría estamos programados para ser sociales, ¿por qué somos cada vez más individualistas y asistimos impasibles a la muerte en soledad de muchos mayores? Es más, si nuestro cerebro nos dicta ser empáticos con los demás, ¿por qué se propaga el odio por todo el mundo? Ser sociales mejora nuestras vidas pero, por lo que sea, nos estamos volviendo menos sociales.
Lieberman solo puede asentir: «Escribí el libro hace más de 10 años, para ayudar a la gente a comprender por qué nuestras necesidades sociales son tan importantes para nuestro bienestar, y la situación no ha hecho más que empeorar». Cuando la pandemia nos obligó a aislarnos de manera radical, descubrimos que de la soledad prolongada y de la falta de contacto social no salíamos indemnes. Aun así, seguimos apostándolo todo... al dinero. Y lo que nos dice nuestro cerebro social es que el dinero no da la felicidad.
«Los humanos han estado dispuestos a sacrificar sus conexiones sociales por algo que valoran todavía más: el dinero». El autor estadounidense se pone a sí mismo de ejemplo: vive a 5.600 kilómetros de donde nació porque se mudó a la Costa Oeste de Estados Unidos para hacer carrera, igual que antes cambió de ciudad para estudiar. Se alejó de familiares y dejó a decenas de amigos por el camino. Lo mismo podría decir cualquiera de nosotros.
«Tendemos a pensar que si ganamos dinero, estatus y prestigio, seremos más felices. Sin embargo, cuando esto va en detrimento de nuestra vida social, acabamos siendo más infelices. A medida que nos volvemos una sociedad más individualista, tenemos a más gente acudiendo a terapia por depresión y ansiedad», expone Lieberman. «Tenemos teorías sobre qué nos hará más felices y tomamos decisiones basándonos en ellas. Pero a veces estas teorías son erróneas».

De hecho, en su libro pone Facebook como el ejemplo de lo que un día -lejano, sí- nos hizo felices. En los inicios de internet, los primeros estudios sobre su impacto ya esbozaban que los usuarios que pasaban más horas navegando por la red reducían la comunicación con sus familias. Y a menos vida social, más tristeza. Ahora bien, algo cambió para que, a principios de los 2000, de repente internet se asociara con una mayor conexión social y bienestar. Hoy nos parecerá un mal chiste, pero por aquel entonces Facebook irrumpió en nuestras vidas para sacarnos una sonrisa.
Eran los tiempos en los que la red social de Mark Zuckerberg nos permitió reconectar con antiguos compañeros de clase, con los primos que vivían lejos e incluso con nuestros hermanos que estudiaban fuera. El idilio con Facebook se esfumó desde el mismo momento que abrió las puertas a la polarización. La cosa ya no iba de publicar unas fotos inocentes de las comidas familiares en Navidad.
Así que preguntamos a Lieberman qué ha pasado para que nosotros mismos actuemos en contra de miles de años de evolución cerebral. Qué sentido tiene, en definitiva, haber desarrollado un cerebro social para empatizar con los demás si el odio parece hoy el valor humano que más cotiza y la indiferencia ante el mal ajeno se extiende por doquier.
«Es una de las cosas más impactantes que he visto desde que escribí el libro», confirma Lieberman. «Me quedo atónito cuando veo a personas que se identifican profundamente con el cristianismo pero que, al mismo tiempo, creen que la empatía es una debilidad que nos impulsa a hacer cosas por quienes no se ayudan a sí mismos». E insiste: «El cristianismo se reduce básicamente a ayudar al prójimo y a los más necesitados».
"Los humanos han estado dispuestos a sacrificar sus conexiones sociales por algo que valoran todavía más: el dinero"
Matthew Lieberman, autor de 'Social'
El psicólogo admite que en los últimos años han pasado muchas cosas que podrían explicar la actual polarización social y política. Incluso se atreve a mencionar una tan determinante que «lo cambió todo»: la cadena estadounidense de noticias Fox, alineada hoy con Donald Trump. «Abundan cada vez más las fuentes que son opiniones disfrazadas de hechos, y que se adaptan a nuestra burbuja informativa particular. Esto conduce inevitablemente a una dinámica de nosotros contra ellos y, si bien estamos hechos para la empatía, también lo estamos para sacar nuestro instinto de protección frente al resto», argumenta Lieberman.
Cuando hace 5.000 años vivíamos en pequeñas comunidades aisladas, la aparición de otro grupo nos ponía irremediablemente en alerta. Algo parecido nos sucede hoy con quienes consideramos nuestros enemigos.
Lieberman no cree que estemos boicoteando deliberadamente miles de años de evolución cerebral. Apunta, eso sí, que «las circunstancias del mundo son mucho más complejas que aquellas para las que nuestros cerebros fueron concebidos».
«Nuestros cerebros no se han visto probablemente alterados en los últimos 50.000 años. Por el contrario, han cambiado nuestras capacidades y nuestra tecnología. El cambio climático ha cambiado. Así que el mundo es infinitamente más complicado». Según Lieberman, «el cerebro está diseñado para la caza y la recolección en grupos pequeños, para conocer el 90% de las caras que habrás visto para cuando tengas cinco años». Y «ese no es el mundo en el que vivimos, por lo que nuestro cerebro no está diseñado para un mundo tan complejo».
«No creo que vayamos en contra de nuestra evolución», insiste el autor, «sino que el mundo la ha superado».
Que le pregunten si no a nuestros dirigentes y políticos. A juicio de Lieberman, hay una gran contradicción entre nuestro yo social y el aro por el que pretenden las administraciones que pasemos. Es como si el andamiaje administrativo no estuviese hecho para nosotros. Si nos mueven e impulsan las necesidades sociales, la pregunta sería por qué las instituciones se centran únicamente en el cociente intelectual (el sistema educativo, por ejemplo) y los ingresos económicos (el mundo laboral).
"Hay personas que viven aisladas y sin apenas contacto social. Estar solo no te matará hoy, pero perjudicará tu salud a largo plazo"
Matthew Lieberman, autor de 'Social'
«Los políticos deberían trabajar con psicólogos», opina Lieberman. Igual que los dirigentes se apoyan en comités de expertos y consejos de asesores económicos, ¿por qué no un psicólogo en el Gobierno? «Ayudaría al político a entender cómo la gente reaccionaría a determinadas medidas, o a explicar decisiones difíciles para que la gente se comprometa».
Lieberman propone volver a poner el foco en esa parte social de nuestro yo, porque nos va el futuro en ello. Y la salud: «Hay personas que viven aisladas y sin apenas contacto social. Se puede vivir así, aunque la evidencia sugiere que vivirás menos. Estar solo no te matará hoy, pero perjudicará tu salud a largo plazo».
De nuevo, hay que mirar a nuestros antepasados para entender cómo lo que mantiene nuestro sistema inflamatorio bajo control es justamente el estar conectado con otras personas. Quien tenía que salir solo a cazar debía estar alerta y preparado para cualquier peligro. Siempre era más seguro adentrarse en grupo en la selva. Por eso, «el cuerpo parece saber que, estando solo, debe activar el sistema inflamatorio para protegernos». Y la inflamación, que en un determinado momento puede ser beneficiosa, según Lieberman, «resulta perjudicial cuando se mantiene de forma crónica».
Un último dato para acabar de convencernos de que la conexión social nos ha permitido sobrevivir como especie. ¿Acaso no nos duele cuando los vínculos sociales se rompen? Podemos fracturarnos una pierna y quejarnos amargamente del dolor físico durante días e incluso semanas. Pero la muerte de una madre o de un hijo la sentimos durante años. «El dolor social es real, al igual que el dolor físico», porque ambos procesos mentales «se apoyan en mecanismos neuronales comunes». La cuestión es que ese sufrimiento social es el precio que pagamos por ser humanos.
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