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Todos los caminos llevan a Pekín: cómo China se ha conver...
Alexander Kazakov · 2026-05-21 · via Portada

Hay un momento durante la visita de Donald Trump a Pekín que ayuda a explicar mejor que cualquier comunicado el lugar que China quiere ocupar en el mundo. El presidente estadounidense camina junto a Xi Jinping por los jardines de Zhongnanhai, el complejo amurallado donde respira el poder chino, cuando pregunta si aquel paseo forma parte habitualmente del protocolo con líderes extranjeros. Xi, según la escena reconstruida por The Economist, responde que no, que aquello ocurre "muy rara vez". Luego añade, con una sonrisa medida, que Putin es de los pocos que también ha estado allí. La frase, más que una respuesta de cortesía, se trataba de una declaración de jerarquía.

Apenas cuatro días después de la salida de Trump de Pekín, Vladimir Putin aterrizaba en la misma ciudad para una visita que ha reforzado una asociación política, militar y energética entre una China cada día más influyente y una Rusia cada vez más dependiente de su poderoso vecino.

Antes que Trump y Putin, por la capital china había pasado el ministro de Exteriores iraní buscando respaldo en pleno conflicto en Oriente Próximo; mientras tanto, los líderes europeos aparecen periódicamente por el gigante asiático con el propósito de proteger sus intereses comerciales.

"Nosotros recibimos a todos. Hablamos con todos. Y no exigimos alineamiento ideológico a nadie", comenta un veterano diplomático chino. A su juicio, su país ha entendido antes que otras potencias que la influencia global ya no depende únicamente de imponer condiciones o construir bloques, sino de convertirse en el lugar donde terminan sentándose incluso los actores enfrentados.

El recibimiento a Putin en Pekín el miércoles reprodujo casi al detalle la liturgia reservada días antes a Trump: alfombra roja, honores militares y una escenografía diseñada para proyectar centralidad diplomática. Pero Xi introdujo un matiz significativo al dirigirse al presidente ruso como "querido amigo", una fórmula que buscaba subrayar una relación cultivada durante años y más de 40 reuniones cara a cara.

Ambos líderes aprovecharon la cita para enviar mensajes tanto al exterior como a sus propias audiencias internas. Xi defendió la necesidad de estrechar aún más la coordinación con Moscú frente a un mundo que, según dijo, amenaza con regresar a la "ley de la selva". Putin respondió presentándose como proveedor energético fiable y socio estratégico. Juntos acordaron intensificar la cooperación militar mediante nuevos ejercicios conjuntos, reafirmando una alianza que ha ganado peso desde la invasión rusa de Ucrania y que hoy resulta mucho más necesaria para Moscú que para Pekín.

Si la visita del presidente de Estados Unidos se centraba en estabilizar la relación más importante y peligrosa del planeta, la de Putin era un recordatorio de que Rusia no está sola, que las sanciones occidentales no la han aislado y que el eje con China sigue siendo una pieza central de su supervivencia estratégica. La guerra en Ucrania ha convertido a Rusia en una potencia más dependiente de China de lo que el Kremlin quisiera admitir.

Desde 2022, el gigante asiático es el gran pulmón comercial de Moscú. Compra petróleo, gas y carbón; vende maquinaria, vehículos, electrónica, componentes industriales y, según denuncian desde Washington, bienes de doble uso que alimentan la maquinaria de guerra de Putin. Pero el líder chino también saca beneficio de la estrecha relación: cuenta con un socio útil y leal para erosionar la supremacía estadounidense, coordinar votos y vetos en Naciones Unidas, reforzar el grupo de economías emergentes de los BRICS y alimentar una narrativa de un Sur Global cansado de las reglas escritas por Occidente.

Donald Trump durante su encuentro con Xi Jinping la semana pasada.

Donald Trump durante su encuentro con Xi Jinping la semana pasada.ANDREW CABALLERO-REYNOLDSAFP

Pekín se ha convertido este año además en una estación obligada de la diplomacia mundial. Por sus salones han desfilado líderes de países tradicionalmente alineados con Washington: el alemán Friedrich Merz, el británico Keir Starmer, el irlandés Micheál Martin, el canadiense Mark Carney, el surcoreano Lee Jae-myung o el español Pedro Sánchez. Este domingo será el turno del presidente serbio, Aleksandar Vucic, uno de los socios europeos más cercanos a China.

La sucesión de visitas alimenta en la narrativa oficial china una idea cada vez más repetida: en un contexto internacional marcado por guerras, incertidumbre y dudas sobre el liderazgo estadounidense, Pekín emerge como un interlocutor cada vez más difícil de ignorar. "Cuanto menos fiable se vuelva Estados Unidos, mayor será el poder de atracción de China", resumía recientemente un editorial del Diario del Pueblo, órgano oficial del Partido Comunista.

El tabloide chino Global Times escribió esta semana que Pekín emerge como foco de la diplomacia global tras encadenar las visitas de Trump y Putin, algo excepcional en la política internacional posterior a la Guerra Fría. El mensaje interno apunta a que, mientras Occidente acentúa su división, China presume de estabilidad e influencia; mientras otros improvisan, China planifica; mientras Washington amenaza, Pekín dialoga.

"Xi Jinping siempre sale bastante reforzado", opina Scott Kennedy, uno de los principales analistas del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). "El encuentro con Trump dejó un gran acuerdo bajo condiciones chinas, una estabilización favorable a Pekín porque China habría logrado rebajar tensiones sin modificar posiciones esenciales sobre Taiwan, tecnología o modelo económico".

Hasta hace no mucho tiempo, China observaba el mundo desde la periferia del liderazgo internacional. Los líderes chinos evitaban asumir protagonismo en el tablero global, priorizando el control del poder interno del Partido Comunista. Pero esa posición empezó a cambiar lentamente con el ascenso de Xi en 2012, pero sobre todo después de la crisis financiera global, cuando muchos dirigentes del gigante asiático interpretaron que Occidente comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento.

Entonces, Xi comenzó a hablar abiertamente del "rejuvenecimiento nacional", una expresión que apuntaba a que China debía recuperar el lugar central que había ocupado en otros periodos de la historia. Llegó la nueva Ruta de la Seda, la expansión diplomática hacia África, Oriente Próximo y América Latina, el fortalecimiento militar, una mayor presencia en organismos internacionales, el dominio de las cadenas de suministro y la revolución tecnológica. Ahora, los líderes mundiales ya no sólo viajan a Pekín buscando inversiones. El régimen de Xi empieza a desempeñar una función que durante décadas monopolizó EEUU: convertirse en interlocutor imprescindible.