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Cartas lacrimosas
José María Ruiz Soroa · 2026-04-16 · via Portada

Actualizado

«Nunca dijimos que la violencia de ETA estuviera bien», se excusaba Arnaldo Otegi hace ya diez años, intentando blanquear su memoria y, de paso, la de sus adeptos y colaboradores en lo referente al terrorismo. Y era cierto, aunque irrelevante: porque de lo que se trataba y se trata es de que nunca dijeron que «estaba mal». Y ése, el juicio moral categórico que supone definir una acción como mala, mala en sí misma, mala por tratar a las personas como medios, ése es el que Otegi se ha resistido siempre a formular.

Viene a cuento este recuerdo al leer las cartas de los presos de ETA que ahora se publican en la prensa y que han servido como prueba de su arrepentimiento para ir obteniendo beneficios penitenciarios diversos. Unas cartas no muy complejas en las que se detecta con facilidad un patrón (¿estratégico?) repetido: el de hablar ampliamente del daño causado y de las víctimas que lo han sufrido, hablar de él en términos acusadamente emocionales y psicológicos, mostrar cercanía y empatía con ese sufrimiento, lamentarlo, desear que no hubiera existido, desear un mundo en el que no se produzca, pedir perdón a los sufrientes, etc. Y al mismo tiempo, el patrón es bifronte: no hablar del acto que provocó ese daño, no emitir ningún juicio moral razonado o razonable (ni siquiera intentarlo) sobre los actos terroristas que causaron el daño, ni tampoco sobre el terrorismo en sí mismo. No decir, ni por asomo, algo tan sencillo como «aquello estuvo mal», «aquello fue injusto».

No solamente no se contiene en esas cartas ningún juicio o condena moral sobre los actos realizados por el agente-redactor-firmante, sino que ni siquiera nos informan del contexto social y personal en que los realizó (terrorismo nacionalista, fines objetivos y subjetivos perseguidos, razones personales de la adhesión, visión del mundo implicada, valoración de la violencia, situación de opresión...). De esta forma, no podemos valorar el juicio que en su momento hizo el terrorista para explicarse en conciencia el acto (que lo tuvo que hacer, no se engañen) y el que hace ahora años después, para ver en qué han cambiado esos juicios, si es que han cambiado. Porque puede que hayan cambiado en ciertos aspectos (ahora veo sufrimiento humano personal, ahora soy consciente de que ya no es útil, ahora hay otros caminos, ahora tengo al alcance la libertad) y no en otros: en aquel contexto era necesario, aquello sirvió, no fue algo malo en sí mismo.

Claro que la «privatización» del daño terrorista, reduciéndolo a una relación personal entre sujetos victimarios y victimados y poco más, es consustancial al tipo de justicia restaurativa con el que se abordan hoy los casos pendientes y su tratamiento. Hablar de «malo» o «bueno» en este contexto no tiene demasiado sentido; en este ámbito suenan como conceptos formales, palabras sin referente o significante humano. Lo que cuenta son las emociones, no el juicio, y si las emociones pergeñadas en las cartas son verdaderas o verosímiles, adelante. Resultado a la vista: sí, hay o puede haber en ellas arrepentimiento afectivo auténtico por el daño causado; pero no, no hay juicio moral negativo explícito o implícito sobre el acto que lo causó. Si en una realidad alternativa fuera posible el acto sin el daño, ¿evitaría el escribiente el acto o lo realizaría?

En definitiva, siguiendo a Bernard Williams sobre el arrepentimiento, las cartas de los reclusos se las arreglan bastante bien para cumplir con el nivel de agent-regret (lo lamento de verdad y profundamente), pero sin revisar el otro nivel, el de justificación del acto y revisión de la propia narrativa vital.

Lo cual, dicho sea de paso, concuerda bastante bien no sólo con una interpretación lingüística laxa de los requisitos legales para obtener los beneficios penitenciarios, sino también con la comprensión social más difundida y hegemónica en el País Vasco, que prefiere no entrar en juicios de valor sobre el inmediato pasado, siempre conflictivos, y en cambio prefiere reencontrarse todos en el océano comunal de las emociones compartidas sobre el sufrimiento, el dolor y la violencia.

Al final, nos topamos en el caso del terrorismo vasco con una extraña forma de aplicar la mirada ética, consistente en centrar el foco en las consecuencias o daños (las víctimas) para poder así sacar del análisis las conductas o actos que los causaron (los fines con faz humana que mataron). Podríamos denominarla «ética de las cartas de arrepentimiento» y patentarla, si no fuera un tanto pedante. O demasiado cínico.

* José María Ruiz Soroa es abogado y autor de Elogio del liberalismo (Catarata, 2018).