























'Diary of a CEO' es el canal de Youtube que dirige el británico Steven Bartlett, capaz no sólo de sacar a bolsa su primera empresa con 27 años (Social Chain), sino de convertir su plataforma digital en una máquina que ingresa 20 millones de dólares anuales. Por el plató donde lanza sus cuestiones con una mezcla de candidez y curiosidad pasan figuras de todo tipo, pero Bartlett presta especial atención a aquellas con profundos conocimientos sobre inteligencia artificial, la fuerza casi divina que moldea este siglo.
Las conversaciones mantenidas con Tristan Harris, ex trabajador de Google, experto en ética del algoritmo (es el fundador del Center of Human Technology) y martillo pilón de Silicon Valley, y Scott Galloway, emprendedor, experto en marketing y profesor en la NYU Stern School of Business, suman casi cuatro horas y media de reflexiones muy complementarias sobre el futuro que aguarda a la humanidad mientras la revolución computacional se despliega.
Sin duda, Harris es más apocalíptico. Su visión se alinea con las advertencias más duras lanzadas hasta la fecha por economistas, sociólogos, psicólogos y algunos de los mandamases de las big tech metidos en el ajo de la IA. Alerta de que la automatización avanzará a la velocidad de la luz este año y en 2027 y se comerá no sólo empleos de bajo valor añadido, sino otros que ya aparecen a veces en la picota mediática. El programador, intocable hasta hace poco, se convierte así en víctima de su propia creación.
Pero el flanco más débil en opinión de Harris es el relevo generacional. Es un fenómeno que ya se observa en las grandes consultoras, entregadas al agente autónomo donde antes fichaban a juniors recién salidos de Harvard o Stanford, cuyos MBA carecen precisamente por ese fenómeno de la empleabilidad de antaño. Si la savia llamada a renovar la base del árbol deja de fluir y en la copa sólo queda un senior que supervisa el proceso, se propicia una brecha laboral, pero también una brutal pérdida de conocimiento.
Otra sombra apuntada por el ex de Google es el reparto de la riqueza, con concentraciones obvias de los medios de producción en las big tech estadounidenses y chinas, una clase media en retroceso y la necesidad de plantear el debate de la renta básica universal, que Harris no ve clara, pues a su juicio los multimillonarios tendrían suficiente poder tecno-político como para negarse a sufragarla.
En última instancia, el entrevistado se pregunta por la faceta más filosófica del desafío. ¿Qué será del ser humano -plantea- cuando la mayoría del trabajo operativo e intelectual recaiga en las máquinas? ¿Sabrá encontrar el sentido a la vida en un tablero donde apenas se le necesita?
La aproximación de Galloway es diferente. Desmitifica, en primer lugar, la narrativa del miedo cuando asegura que es una táctica de los CEOs de la IA para atraer inversiones, pues hacen ver que sus herramientas serán poco menos que infalibles y omniscientes. En realidad, añade, no es que el trabajo peligre, es que tendrá trabajo quien haga de esas nuevas capas inteligentes su segunda piel.
Donde ambos coinciden es en la necesidad de fijar unos guardarraíles regulatorios. Si Harris aborda la cuestión desde el mandato ético, Galloway se muestra más pragmático: igual que ocurrió con la industria del tabaco o el automóvil, hay que trazar líneas rojas para que la tecnología no cause daños irreparables a la sociedad. El mismo debate sobrevuela a propósito de las redes sociales, sobre todo en Europa.
Tampoco convencen a Galloway las chisporroteantes valoraciones de compañías como Anthropic y OpenAI. Vaticina aquí una corrección de los mercados similar a la de las puntocom y subraya el rol que China podría jugar en ese pinchazo con sus LLM, capaces de ofrecer modelos abiertos y baratos frente a las suscripciones imperantes hoy desde la orilla anglosajona.
Si Harris deja en el aire la utilidad del ser humano en un escenario plagado de incógnitas, Galloway recuerda que la clave de la vida es dejar de ver cada interacción como una transacción económica. La paternidad, dice, es infinitamente más gratificante que un sueldazo. Quizás por ello recomienda a esos jóvenes titubeantes que aprendan a ahorrar, diversifiquen habilidades y desarrollen su esfera personal sin olvidar que cada individuo nace, crece, de vez en cuando se reproduce y, por supuesto, muere.
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