










Si hay un caso que ilustra lo que puede ocurrir cuando alguien deja un puesto privilegiado para asumir una misión que probablemente ya estaba perdida antes de empezar, ese es el de Marissa Mayer. Fichó con apenas veintipocos años como empleada número 20 de una empresa californiana recién fundada en Silicon Valley, una compañía que en muy poco tiempo acabaría dominando las búsquedas en internet. Dentro de aquella empresa fue ascendiendo hasta convertirse en una de las directivas más reconocidas de su generación, pero en 2012 tomó la decisión de marcharse para ponerse al frente de otra compañía que acumulaba más de una década de caída libre sin que ninguno de sus predecesores hubiera conseguido revertir la tendencia.
Nacida en 1975 en Wausau, una localidad pequeña de Wisconsin, Mayer destacó desde muy joven por sus calificaciones. Varias universidades de primer nivel le abrieron las puertas y ella se decantó por Stanford, donde comenzó estudiando medicina hasta que se dio cuenta de que lo que realmente le interesaba eran los ordenadores. Se especializó en inteligencia artificial y, al terminar la carrera, catorce empresas le ofrecieron trabajo. Eligió la que menos sentido parecía tener sobre el papel: una startup californiana que llevaba apenas un año funcionando y que por aquel entonces no significaba nada para casi nadie.
Aquella startup resultó ser el embrión de lo que hoy es el mayor buscador de internet. Mayer empezó escribiendo código, pero en poco tiempo pasó a dirigir productos. A ella se atribuye el diseño minimalista de la página de inicio del buscador, una decisión estética que en su momento fue discutida pero que acabó convirtiéndose en seña de identidad de la compañía. En 2005, con apenas seis años en la empresa, ya ocupaba el cargo de vicepresidenta de productos de búsqueda y experiencia de usuario, un puesto desde el que tuvo un papel determinante en el lanzamiento de herramientas como el servicio de mapas, el correo electrónico o el buscador de imágenes.
Para 2012, Mayer era una de las ejecutivas más mediáticas de toda la industria tecnológica. Su empresa de origen la había utilizado como rostro público durante años y su perfil encajaba con una narrativa que en aquel momento tenía mucho tirón: la de la mujer joven y competente abriéndose paso en un sector dominado por hombres. Pero Mayer sabía que su techo estaba cerca, porque los puestos más altos los ocupaban los fundadores. Fue entonces cuando recibió la oferta que cambió su carrera: dirigir como consejera delegada una compañía que a finales de los noventa había sido el centro de internet pero que en 2012 llevaba años perdiendo relevancia y valor en bolsa.
Varios analistas coincidieron después en que aquella era una misión prácticamente imposible. La compañía había pasado por varios consejeros delegados en muy poco tiempo, sus acciones se habían hundido desde los 118 dólares del año 2000 hasta apenas 15 en 2012 y el terreno perdido frente a la competencia resultaba ya muy difícil de recuperar. Mayer apostó fuerte por las adquisiciones: compró 53 empresas invirtiendo un total de 2.300 millones de dólares, de los cuales más de la mitad fueron a parar a la compra de una conocida plataforma de microblogging. Los ingresos siguieron estancados, Mayer tuvo que ejecutar 2.800 despidos y en su último año salieron a la luz filtraciones de datos que afectaron a millones de usuarios.
Lo que sí consiguió fue negociar la venta de la compañía a un gran operador de telecomunicaciones por 4.500 millones de dólares, una cantidad muy inferior al valor que tuvo en su momento pero que al menos evitó un final peor. Los nuevos dueños prescindieron de ella y, a partir de ahí, la ejecutiva que durante años había aparecido en las portadas de las principales revistas de tecnología prácticamente desapareció de la vida pública. En 2018 anunció un nuevo proyecto centrado en inteligencia artificial aplicada a la gestión de contactos, pero hasta la fecha ha tenido una repercusión modesta. El analista Paul Saffo lo resumió con contundencia: su mayor error fue aceptar el trabajo, porque era un encargo que nadie habría podido sacar adelante.
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