


















¿Hay edades clave para aprender? Descubre cómo funcionan las ventanas de oportunidad del cerebro infantil y qué necesitan realmente los niños para desarrollarse.
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La ciencia tiene la curiosa costumbre de ponerle nombres complicados a fenómenos que muchos padres descubren casi por accidente. Un día tu hijo parece incapaz de pronunciar una palabra correctamente y, pocas semanas después, habla sin parar. Hasta ayer le dabas la comida y luego, casi de repente, quiere hacerlo todo solo. O empieza a correr y saltar con un dominio y equilibrio que parece que llevara años entrenando para los Juegos Olímpicos infantiles.
A veces, el desarrollo infantil avanza en pequeños pasos, como a trompicones, y en otras ocasiones da saltos enormes. Cuando eso ocurre, da la sensación de que en el cerebro se abre una especie de “autopista” de aprendizaje preferencial. Y, de cierta forma, es precisamente eso lo que ocurre.
La psicología del desarrollo y la neurociencia llevan décadas estudiando lo que se conoce como periodos sensibles del desarrollo o ventanas de oportunidad, etapas en las que el cerebro infantil presenta una predisposición especial para adquirir determinadas habilidades con mayor rapidez, facilidad y eficacia.
El interés por los periodos sensibles no es nuevo: llevamos casi un siglo estudiándolo. Las primeras observaciones provienen del embriólogo Charles Stockard, quien notó que algunos defectos congénitos en las crías de animales solo ocurrían cuando las madres se exponían a temperaturas extremas y sustancias químicas tóxicas justo cuando se estaba formando un órgano específico.
Más adelante, el etólogo Konrad Lorenz amplió esta idea al comportamiento animal al observar que ciertas crías, como patos o gansos, necesitaban estímulos muy concretos en momentos muy tempranos para desarrollar conductas normales de su especie, como el reconocimiento de su madre.
Con el tiempo, esta idea se trasladó al desarrollo humano y se comenzó a hablar de “ventanas de oportunidad” en las que la socialización y el aprendizaje cobraban especial relevancia. María Montessori fue de las primeras en aplicarlo a los niños, al observar que atravesaban etapas en las que mostraban una sensibilidad especial para aprender el lenguaje, el orden, el movimiento o la vida social.
Por ende, los periodos sensibles son momentos del desarrollo en los que el cerebro muestra una mayor receptividad para aprender ciertas habilidades. Durante esas etapas, algunas conexiones neuronales se forman más fácilmente gracias a la interacción entre la biología y la experiencia.

Imagina que el cerebro infantil es una ciudad en construcción. Un bebé nace con aproximadamente 100 mil millones de neuronas, pero lo más importante no es el número, sino las conexiones que establecen entre sí.
Durante los primeros años de vida, el cerebro se sumerge en un proceso de construcción masiva creando muchísimas conexiones neuronales, que actúan como autopistas por las que “transita” la información.
En los periodos sensibles, ciertos circuitos están especialmente “abiertos” al aprendizaje. Las conexiones neuronales son más flexibles y se adaptan con facilidad a lo que el niño vive. Cada vez que escucha una palabra, juega, explora, se mueve, recibe afecto o interactúa con otras personas, su cerebro responde fortaleciendo esos circuitos.
Cuando practica mucho una habilidad, esas conexiones se consolidan y el cerebro deja de ser tan sensible para esa función concreta. En cambio, cuando la estimulación es insuficiente, la ventana de oportunidad puede prolongarse un poco más, aunque con el tiempo el cerebro se volverá más estable y ese circuito específico será menos maleable.
Un ejemplo paradigmático es el desarrollo del lenguaje. Los niños pequeños absorben palabras, estructuras gramaticales y sonidos de manera natural. Un niño de tres años incorpora vocabulario nuevo constantemente y sin mucho esfuerzo, pero si queremos aprender un idioma de adultos, es probable que nos cueste mucho más.
Muchos padres se alarman cuando conocen los periodos sensibles preguntándose: “¿Y si no le enseñé inglés antes de los cinco años?” o “¿Y si no hice suficiente estimulación temprana?”.
La buena noticia es que los periodos sensibles facilitan el aprendizaje, pero este no se limita exclusivamente a esas etapas. No significa que fuera de ese periodo sea imposible aprender, sino tan solo que durante esa etapa el aprendizaje se produce de forma más natural, rápida y eficiente.
Fuera de las ventanas de oportunidad seguimos aprendiendo porque el cerebro mantiene su neuroplasticidad y la capacidad de adaptación durante toda la vida, como se puede apreciar en el gráfico que aparece a continuación.

Lo que cambia es el esfuerzo necesario.
Aprender algo fuera de los periodos sensibles suele requerir más práctica, repetición o tiempo. Pero sigue siendo posible. Es un detalle importante porque evita que caigas en una cultura de la crianza basada en la presión constante.
Sin embargo, lo cierto es que tu hijo no necesita actividades extraescolares desde que empieza el colegio años para desarrollar todo su potencial. No tiene que fichar como un ejecutivo de una multinacional para hacer estimulación cognitiva a las 17:30 y psicomotricidad avanzada a las 18:00.
Necesita algo más sencillo y, a la vez, más poderoso:
Cuando un niño juega a construir una torre y la derriba veinte veces, no solo se está divirtiendo, está desarrollando la coordinación, la tolerancia a la frustración, la atención y la resolución de problemas. Asimismo, cuando pregunta “¿por qué?” mil veces, su cerebro está construyendo conocimiento. Y todo eso ocurre de manera natural, sin obsesionarnos por estimularlo a cada paso.
Conocer la existencia de los periodos sensibles nos ayuda a acompañar mejor el desarrollo de nuestros hijos porque entendemos que hay momentos en los que determinadas experiencias son particularmente enriquecedoras. También nos recuerda que el cerebro infantil necesita interacción, movimiento, juego y conexión emocional.
Sin embargo, la infancia no es una cuenta atrás llena de oportunidades que desaparecen para siempre. El desarrollo humano es mucho más flexible y dinámico. Las ventanas existen, pero el aprendizaje no se apaga cuando una ventana se cierra, el cerebro sigue encontrando caminos. A fin de cuentas, el desarrollo infantil no es una carrera contrarreloj, sino más bien un viaje para disfrutar.
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