


























Algunos consejos prácticos para saber qué hacer si tu hijo te dice que no le ocurre nada, pero tú notas claramente que algo le preocupa
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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“¿Qué te pasa?” “Nada”. La conversación con tu hijo termina ahí... pero tú sabes perfectamente que sí pasa algo. Porque le notas raro, más callado, con la mirada más perdida o quizá más irritable. Y ahí empieza el dilema: ¿le insistes hasta convertirlo en un interrogatorio o haces como que no ocurre nada mientras tu cabeza imagina veinte escenarios distintos?
La realidad es que muchos niños no saben explicar lo que sienten. Y otros sí lo saben... pero no quieren hablar en ese momento. No porque no confíen en ti, sino porque gestionar emociones puede ser abrumador ¡incluso a los adultos nos pasa! ¿Quién no ha contestado alguna vez “estoy bien” mientras por dentro estaba tratando de recomponerse?
Si tu hijo dice “no pasa nada” pero tú notas que algo sí ocurre, estos consejos pueden ayudarte mucho más que repetir “venga, cuéntamelo” diecisiete veces seguidas.

Es muy fácil caer en el error de convertirnos en policías y hacer de la charla un interrogatorio. Sobre todo cuando notas que algo no va bien y, por más que lo intentas de diferentes formas, tu hijo no quiere contarte qué le preocupa.
Entonces empiezan las preguntas: “¿Ha pasado algo en el cole?”, “¿Te ha dicho algo alguien?”, “¿Te has peleado?”, “¿Estás triste?”, “¿Seguro?”, “¿SEGURO?”
Cuando un niño se bloquea emocionalmente, presionarle suele producir el efecto contrario: se cierra más. A veces necesitan tiempo para ordenar lo que sienten antes de ponerlo en palabras. Eso no significa ignorar el tema, sino mostrar apoyo.
Frases como “Vale, no hace falta que me lo cuentes ahora. Pero estoy aquí si lo necesitas” suelen funcionar mucho mejor que insistir hasta el agotamiento.
Los niños muchas veces hablan con su comportamiento antes que con las palabras. Puede que digan “no pasa nada”, pero luego se enfadan por cosas pequeñas, están más sensibles, duermen peor, comen diferente, buscan más contacto o parecen más distraídos.
Y ojo: esto no significa que haya un problema enorme detrás. A veces simplemente están cansados, saturados o gestionando emociones pequeñas que para ellos se sienten gigantes. Muchas veces lo que necesitan no es una conversación profunda, sino sentirse acompañados y seguros.
Hay niños que no hablan cara a cara… pero te cuentan media vida mientras montáis LEGO, hacéis un dibujo o dais un paseo.
Y es que la conversación directa puede resultar demasiado intensa. En cambio, cuando están haciendo otra cosa, se relajan y las palabras salen solas. De hecho, muchos padres descubren secretos importantísimos en situaciones completamente absurdas, como el momento en el que el niño hace caca.
La clave es entender que no todos los niños expresan lo que sienten de la misma manera ni en el mismo momento. A veces hablan justo cuando dejas de perseguir la conversación.

Esto cuesta muchísimo porque desde la mirada adulta podemos pensar que eso que les ocurre es una tontería.
Que un amigo no se siente a su lado en clase, perder un dibujo, que alguien se ría de sus zapatillas, no entender un ejercicio, sentirse desplazados un día en el recreo... Son cosas pequeñas para nosotros, pero enormes para un niño que todavía está aprendiendo a entender el mundo.
Cuando minimizamos (“eso es una tontería”, “no llores por eso”), el mensaje que reciben es que sus emociones molestan o no son importantes.
Y entonces dejan de compartirlas. A veces basta con algo tan sencillo como decir: “Entiendo que eso te haya dolido”.
Este quizá es el consejo más difícil de todos, porque cuando vemos mal a nuestros hijos queremos arreglarlo YA. Quitarles la tristeza, el enfado, la frustración, el miedo o cualquier otra emoción desagradable que puedan estar sintiendo.
Pero muchas veces no necesitan una solución instantánea, sino sentir que no están solos mientras atraviesan eso. Y sí, es incómodo, sobre todo porque nadie nos prepara para tolerar el malestar de nuestros hijos sin entrar automáticamente en “modo solucionador profesional”.
A veces acompañar consiste simplemente en estar cerca, disponibles para hablar y escuchar sin juzgar. Aunque respondan “no pasa nada” con cara de sí ocurre algo.
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