






















Cuando se acerca el final del curso, todos ya estamos agotados. Descubre algunas estrategias para ayudar a tu hijo a mantener la motivación
Publicado por María Machado
Periodista especializada en parenting, infancia y crianza
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Queda poco para que termine el curso, pero para muchos alumnos y familias esta última etapa se hace eterna. El cansancio acumulado, los exámenes finales, las rutinas que empiezan a romperse con la llegada del buen tiempo y la sensación de “ya está todo hecho” hacen que mantener la motivación sea mucho más complicado en mayo y junio.
Y, sin embargo, estas semanas son importantes. No solo porque todavía hay evaluaciones, trabajos y aprendizajes pendientes, sino porque el final de curso también enseña algo fundamental: la capacidad de sostener el esfuerzo incluso cuando las ganas desaparecen.
La buena noticia es que la motivación no depende únicamente de la fuerza de voluntad. Hay pequeñas estrategias que pueden ayudar muchísimo a que niños y adolescentes lleguen al final del curso con más energía, menos frustración y mayor sensación de logro.
Uno de los mayores errores en esta época es repetir constantemente frases como “aguanta un poco más” o “ya queda menos”. Aunque se dicen con buena intención, muchas veces generan el efecto contrario, ya que hacen que el cerebro perciba el esfuerzo como algo interminable. En este contexto, es fácil que la motivación flaquee en ciertos momentos de vulnerabilidad.
Por ello, en la mayoría de los casos, funciona mucho mejor dividir el tiempo en metas pequeñas y cercanas. Por ejemplo:
Por lo general, cuando los objetivos parecen alcanzables, la motivación aumenta de forma natural. Aun así hay que tener en cuenta que cada niño es un mundo, por lo que debes tratar de averiguar qué funciona mejor para tu hijo.

En el final de curso todo suele girar alrededor de las notas, las tareas y los exámenes. Y cuanta más presión sienten los niños, más fácil es que aparezca el bloqueo y la falta de motivación.
Por eso es importante que el día siga teniendo espacios agradables y desconexión real, como salir al parque, jugar con la familia y los amigos, hacer deporte, escuchar música, cocinar juntos, o simplemente aburrirse un rato.
El cerebro necesita descanso emocional para seguir aprendiendo.
Cuando un niño siente que solo importa la nota final, es fácil que pierda las ganas si cree que no llegará al resultado esperado.
Sin embargo, reconocer y validar el esfuerzo que los niños hacen en el colegio cambia completamente la percepción. Para ello, se pueden utilizar frases como:
El esfuerzo sostenido genera sensación de competencia, y esa sensación alimenta la motivación mucho más que cualquier premio externo.

Muchos estudiantes se desconectan al final del curso porque sienten que estudian “porque toca”. Y cuando no hay un sentido claro, la motivación cae en picado.
No hace falta convertir cada tarea en algo épico, pero sí ayudarles a conectar con esas pequeñas metas personales a las que se van enfrentando. Por ejemplo, entender algo que antes parecía difícil, ganar autonomía, sentirse capaces, mejorar respecto a sí mismos, descubrir intereses nuevos...
Aprender tiene mucho más impacto cuando deja de sentirse como una obligación constante y nace de dentro. Para ello, suele ser de gran ayuda conectar, en la medida de lo posible, el currículo escolar con los temas que más interesen a los niños. Por ejemplo, si tu hijo está pasando por una fase en la que le encantan los dinosaurios, ¿por qué no aprovecharlo y enseñarle a sumar con pterodáctilos y tiranosaurios rex?
Durante estas últimas semanas de curso es fácil que las conversaciones familiares giren solo alrededor de deberes, notas y exámenes: “¿Has estudiado?”, “¿Qué te entra?”, “¿Cuánto te queda?”...
El problema es que eso puede aumentar muchísimo la sensación de presión que los niños sienten.
Ellos también necesitan sentir que siguen siendo hijos, no únicamente estudiantes. Hablar de otras cosas, reír juntos o compartir tiempo sin hablar del colegio reduce el estrés y mejora incluso el rendimiento académico.

A veces el agotamiento no aparece porque falte capacidad, sino porque las expectativas son demasiado altas. No todos los alumnos llegan igual al final de curso. Algunos están saturados mentalmente, otros arrastran dificultades emocionales y otros simplemente necesitan descansar.
Exigir perfección en esta etapa, igual que en el resto del curso, suele generar más ansiedad que motivación. En cambio, ajustar objetivos realistas ayuda a que el estudiante recupere sensación de control y confianza.
Los niños observan constantemente cómo los adultos afrontan el cansancio, la frustración y las obligaciones.
Si en casa todo se vive desde la presión, el agobio o el miedo al fracaso, es más difícil que ellos mantengan una actitud positiva hacia el aprendizaje. Por eso, muéstrale que tú también sientes motivación por otros asuntos como tu trabajo o tus hobbies.
No se trata de fingir entusiasmo todo el tiempo, sino de transmitir que esforzarse merece la pena aunque haya días difíciles.

La importancia de la motivación en el aprendizaje ha sido ampliamente estudiada en el ámbito educativo. Un estudio publicado en la revista Sinergias Educativas recuerda que la motivación está directamente relacionada con la disposición del alumno y su interés por aprender.
Según esta investigación, cuanto más motivado está el estudiante, más posibilidades tiene de alcanzar un aprendizaje significativo. Además, los factores motivacionales ayudan a organizar la conducta positiva del alumno, desarrollar sus capacidades y superar limitaciones.
El estudio también subraya una idea especialmente importante para familias y docentes: el objetivo no debería ser que los niños hagan tareas únicamente por una calificación, sino porque encuentran interés, satisfacción o sentido en lo que hacen. Cuando logramos activar la motivación intrínseca, esa que parte del interior de cada uno, el éxito no siempre está asegurado, pero sí aumenta considerablemente la implicación y el aprendizaje.
Y quizá una de las claves del final de curso sea que no hace falta terminar perfecto, ni llegar sin cansancio, sino ayudar a los niños a descubrir que aprender no depende solo de las notas, sino también de cómo se sienten mientras lo hacen.
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