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De los dinosaurios a Marte: proteínas halladas en fósiles...
César Noragu · 2026-05-18 · via Muy Interesante

Publicado por César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.

Creado: Actualizado:

La paleontología lleva años atrapada en una discusión bastante incómoda. Cada vez que aparecen biomoléculas antiguas dentro de fósiles extremadamente remotos, una parte de la comunidad científica reacciona con fascinación; otra, con un escepticismo casi automático. No es extraño. Durante buena parte del último siglo, la química parecía relativamente clara respecto a este asunto: proteínas, lípidos y otros compuestos orgánicos complejos debían degradarse muchísimo antes de alcanzar escalas temporales de decenas de millones de años.

Ahora, un nuevo análisis detecta proteínas dentro de un fósil de dinosaurio de 66 millones de años y vuelve a abrir una controversia que la paleontología molecular jamás ha conseguido cerrar por completo. Lo verdaderamente perturbador no consiste únicamente en el hallazgo. La cuestión decisiva afecta a algo más profundo: quizá comprendíamos peor de lo que creíamos la manera en que la materia orgánica desaparece con el paso del tiempo geológico.

El espécimen estudiado tampoco era precisamente pequeño. Los investigadores analizaron un sacro fosilizado de Edmontosaurus de unos 22 kilogramos recuperado en la formación Hell Creek, el célebre ecosistema norteamericano del Cretácico tardío en lo que hoy es Dakota del Sur donde también vivieron criaturas como Tyrannosaurus rex poco antes de la extinción masiva.

Y ahí empieza realmente lo interesante. Porque el problema ya no es encontrar huesos de dinosaurio. Eso lleva ocurriendo siglos. Lo desconcertante es localizar rastros químicos capaces de conservar información biológica procedente de organismos extinguidos cuando los mamíferos todavía eran poco más que pequeñas sombras marginales bajo el dominio de los grandes reptiles.

Ese matiz empieza a resultar especialmente importante también para la astrobiología. Porque la búsqueda de vida antigua fuera de la Tierra depende, en gran medida, de una pregunta muy parecida: cuánto tiempo pueden resistir las huellas químicas de organismos desaparecidos dentro de rocas sometidas a condiciones extremas. Si determinadas biomoléculas consiguen sobrevivir en fósiles terrestres durante decenas de millones de años, algunos investigadores creen que ciertos biomarcadores podrían permanecer igualmente preservados en antiguos sedimentos marcianos o en otros entornos planetarios aparentemente estériles desde hace muchísimo tiempo.

El verdadero misterio no son los dinosaurios, sino el tiempo

La imagen clásica de un fósil suele inducir una idea bastante equivocada. Mucha gente imagina restos “congelados” dentro de la roca, como si el organismo hubiera quedado suspendido en una especie de pausa mineral. La realidad acostumbra a ser bastante más agresiva. Tras la muerte, bacterias, agua, oxígeno, radiación y alteraciones químicas comienzan una demolición molecular lenta, persistente y prácticamente inevitable.

Recreación artística del fósil de un Edmontosaurus en Hell Creek, Dakota del Sur. ChatGPT, César Noragueda.

En teoría, las proteínas deberían degradarse completamente tras millones de años de transformación geoquímica. La hidrólisis rompe enlaces. La oxidación destruye estructuras complejas. Los microorganismos consumen residuos biológicos. A ello se añaden presión sedimentaria, fluctuaciones térmicas y procesos geológicos capaces de convertir tejidos orgánicos en simples huellas mineralizadas.

Debido a ello, numerosos modelos químicos consideraban extraordinariamente improbable que moléculas de esa relativa complejidad resistiesen durante decenas de millones de años sin quedar irreconocibles. Y, aun así, continúan apareciendo indicios incómodos.

No se trata solo de este trabajo reciente. Desde hace años, distintos laboratorios han documentado estructuras compatibles con vasos sanguíneos fosilizados, restos de colágeno antiguo y otros biomarcadores dentro de materiales prehistóricos extremadamente remotos. Cada uno de esos descubrimientos ha desencadenado prácticamente el mismo debate: ¿son realmente residuos originales o simples contaminaciones modernas?

La gran pregunta ya no es solo si existieron dinosaurios con plumas o metabolismo complejo, sino cuánto de su biología sigue atrapado todavía dentro de sus fósiles.

La controversia importa porque afecta a algo más trascendente que un dinosaurio concreto. Si determinadas biomoléculas consiguen resistir muchísimo más tiempo del esperado, la paleontología podría estar rodeada de información biológica invisible que hasta ahora ni siquiera sabía interpretar correctamente. Conque la gran pregunta ya no es solo si existieron dinosaurios con plumas o metabolismo complejo, sino cuánto de su biología sigue atrapado todavía dentro de sus fósiles.

Lo que encontraron dentro del hueso cambia el tono del debate... en la Tierra y más allá

El estudio utilizó herramientas de paleoproteómica y espectrometría de masas para analizar residuos moleculares preservados dentro del fósil. Ahí apareció uno de los detalles más relevantes del trabajo. Los investigadores han identificado hidroxiprolina asociada al colágeno fósil en unas muestras cuya antigüedad desafía buena parte de las estimaciones tradicionales sobre persistencia molecular.

La hidroxiprolina no es un aminoácido cualquiera. Se encuentra estrechamente vinculada al colágeno, como decimos, que es la principal proteína estructural de huesos y tejidos conectivos. Precisamente por eso resulta tan significativa. Explicar su presencia como simple contaminación moderna resulta bastante más complicado que en otros casos ambiguos.

La paleoproteómica se ha convertido durante la última década en uno de los territorios más sofisticados —y también más polémicos— de la investigación paleontológica. A diferencia del ADN antiguo, extremadamente frágil y difícil de conservar durante tiempos geológicos profundos, algunas proteínas presentan una estabilidad relativamente mayor. Eso las transforma en candidatas mucho más prometedoras para reconstruir información biológica remota. Aquí y, tal vez, en Marte y en otros mundos.

Sin embargo, “más estable” no significa inmortal. Ahí reside precisamente el núcleo del conflicto. Incluso aceptando que ciertas proteínas resistan mejor la degradación, la mayoría de modelos seguían considerando improbable encontrarlas tras intervalos temporales tan extremos. El nuevo trabajo no destruye automáticamente esas teorías, aunque sí introduce una grieta considerable en una idea que parecía bastante sólida.

Los autores tampoco proponen un escenario fantasioso. No hablan de ADN funcional, células vivas ni “resurrecciones” jurásicas. El artículo permanece muy lejos del imaginario popularizado por Jurassic Park. Lo que describen es bastante más interesante desde el punto de vista científico: fragmentos biomoleculares preservados dentro de estructuras fosilizadas que quizá funcionaron como microentornos químicos sensacionalmente eficaces.

Hueso de la cadera de un Edmontosaurus. Universidad de Liverpool.

Cuatro técnicas distintas intentaron responder a la misma pregunta

Una de las razones por las que el estudio resulta especialmente relevante tiene que ver con su estrategia experimental. Los investigadores sabían perfectamente cuál sería la primera objeción: contaminación.

Por eso, el equipo combina cuatro métodos analíticos independientes para verificar las señales moleculares presentes en el fósil. El trabajo utilizó espectroscopía infrarroja ATR-FTIR, microscopía con luz polarizada y dos variantes distintas de espectrometría de masas: LC-MS y LC-MS/MS. Esta convergencia entre procedimientos distintos resulta importante porque reduce la posibilidad de que todo dependa de una única anomalía instrumental. En investigaciones tan controvertidas, ese detalle cambia bastante el peso del argumento.

La discusión ya no gira únicamente alrededor de si existen moléculas orgánicas dentro de ciertos fósiles. El verdadero problema consiste en determinar si esas biomoléculas son endógenas, es decir, originales del organismo fosilizado, o si proceden de infiltraciones posteriores. Y ahí aparece una palabra clave del paper: endogeneidad.

El verdadero problema consiste en determinar si esas biomoléculas son endógenas, es decir, originales del organismo fosilizado, o si proceden de infiltraciones posteriores.

Los autores sostienen que las señales detectadas pertenecen realmente al dinosaurio original. No a bacterias recientes. Tampoco a contaminación moderna introducida durante excavación, manipulación o almacenamiento. Esa afirmación, naturalmente, seguirá siendo objeto de debate dentro de la comunidad científica. Pero el estudio intenta blindarse precisamente frente a esa crítica.

La roca quizá protegía más de lo que imaginábamos

A veces, los fósiles parecen menos tumbas minerales que cápsulas químicas en extremo complejas. Los investigadores sospechan que determinados procesos de fosilización podrían ralentizar muchísimo la degradación molecular. Minerales ricos en hierro, ambientes pobres en oxígeno, encapsulamiento microscópico o ciertas interacciones geoquímicas podrían actuar como sistemas naturales de estabilización.

En otras palabras, algunos fósiles podrían preservar proteínas gracias a mecanismos químicos todavía mal comprendidos. Y esa posibilidad resulta bastante más trascendente de lo que parece.

Durante décadas, la paleontología trabajó esencialmente con anatomía mineralizada. Huesos, dientes, impresiones y huellas. El organismo original parecía haberse desvanecido casi por completo, dejando únicamente estructuras endurecidas por procesos sedimentarios. La irrupción de la paleoproteómica empieza a modificar lentamente esa percepción.


Ahora emerge otra posibilidad mucho más sugerente: quizá ciertos fósiles todavía contienen fragmentos químicos del organismo desaparecido. No hablamos solo de forma, sino de biología. Y de astrobiología en concreto por añadidura, pues estos procesos naturales de preservación extrema funcionan además como modelos terrestres de lo que podría ocurrir en antiguos sedimentos marcianos.

El matiz general cambia considerablemente las cosas. Porque una proteína no constituye simplemente un residuo orgánico cualquiera. Conserva información funcional relacionada con tejidos, metabolismo y fisiología. Incluso pequeñas secuencias pueden ayudar a reconstruir parentescos evolutivos, características biológicas y dinámicas adaptativas de especies extinguidas hace decenas de millones de años.

Algunas secuencias peptídicas identificadas en este trabajo, además, mostraban similitudes con fragmentos de colágeno documentados anteriormente en otros hadrosaurios e incluso en muestras atribuidas a Tyrannosaurus rex. Ese detalle resulta especialmente interesante porque sugiere continuidad entre distintos hallazgos paleoproteómicos y reduce la sensación de caso aislado.

Algunas secuencias peptídicas identificadas muestran similitudes con fragmentos de colágeno documentados en otros hadrosaurios y en Tyrannosaurus rex, lo que sugiere continuidad entre distintos hallazgos paleoproteómicos y reduce la sensación de caso aislado.

La paleontología empieza a releer su propio pasado

Durante generaciones, el trabajo paleontológico estuvo asociado a pinceles, martillos y esqueletos gigantescos emergiendo lentamente desde la roca. Esa imagen todavía conserva parte de verdad, aunque el campo atraviesa una transformación silenciosa bastante profunda. Mientras que, hoy, la paleontología molecular reconstruye organismos extinguidos mediante residuos químicos microscópicos capaces de aportar información imposible de obtener únicamente observando huesos mineralizados.

La transición resulta fascinante porque desplaza la disciplina hacia un territorio híbrido entre geología, bioquímica y biología evolutiva. Ya no basta con describir estructuras anatómicas. Los laboratorios empiezan a rastrear proteínas, lípidos, pigmentos y otros restos biomoleculares ocultos dentro de materiales fósiles. Eso modifica incluso la relación cultural con los dinosaurios: durante mucho tiempo, parecían criaturas convertidas en piedra, y ahora empiezan a percibirse como organismos que quizá todavía conservan trazas químicas de su existencia original.

El propio estudio plantea una posibilidad particularmente intrigante. Quizá los archivos paleontológicos acumulados durante más de un siglo contienen señales moleculares que nadie supo interpretar correctamente cuando fueron observadas por primera vez. La idea posee algo casi irónico. Tal vez algunos indicios llevaban décadas delante de nosotros.

Recreación artística de estructuras fibrosas fosilizadas incrustadas dentro de una matriz rocosa porosa y mineralizada. ChatGPT, César Noragueda.

El verdadero problema quizá era comprender mal cómo muere la materia orgánica

La ciencia suele avanzar corrigiendo excesos de confianza. Y la química de la degradación molecular podría encontrarse precisamente en uno de esos momentos incómodos donde las certezas empiezan a mostrar grietas. Por ejemplo, la de los modelos clásicos que asumían que las biomoléculas complejas desaparecían completamente tras ciertos intervalos geológicos. Porque, nos guste o no, la naturaleza acostumbra a ser menos ordenada que nuestros esquemas teóricos.

Y así aparece una cuestión particularmente interesante. La degradación biológica nunca ha sido un simple reloj uniforme. Depende de temperatura, humedad, composición química, actividad bacteriana y multitud de variables ambientales. Resulta posible que ciertos fósiles representen auténticas anomalías geoquímicas capaces de preservar información molecular durante escalas temporales consideradas improbables.

Anomalías como los mencionados microambientes anóxicos, la mineralización rápida, las interacciones metálicas, el encapsulamiento cristalino y otros procesos específicos que podrían generar escenarios excepcionales donde, insistimos, algunas proteínas sobrevivan muchísimo más tiempo del previsto. El problema, de nuevo, es que todavía comprendemos mal esos mecanismos.

La búsqueda de biomoléculas antiguas ya apunta mucho más lejos que los dinosaurios

El interés de estos estudios trasciende claramente la paleontología de dinosaurios. Si determinadas biomoléculas consiguen resistir condiciones extremas durante millones de años, las implicaciones alcanzan territorios bastante más amplios. A saber, la conservación molecular extrema podría transformar incluso la búsqueda de vida antigua fuera de la Tierra.

La astrobiología lleva años intentando comprender qué tipos de biomarcadores podrían persistir en ambientes hostiles como Marte. Ahí los fósiles terrestres funcionan como laboratorios naturales excepcionales. Si ciertas proteínas sobreviven dentro de rocas durante intervalos geológicos profundos, quizá algunos rastros bioquímicos extraterrestres también podrían resistir muchísimo más tiempo del esperado.

La idea resulta fascinante porque conecta dinosaurios, geoquímica y exploración planetaria dentro de la misma pregunta de fondo: cuánto tiempo permanece visible la huella de la vida después de desaparecer.

Comprender cómo ciertos fósiles terrestres consiguen proteger proteínas frente a degradación, radiación y oxidación extrema podría ayudar a identificar qué regiones extraterrestres conservan mayores probabilidades de retener rastros químicos de vida desaparecida.

No obstante, incluso aquí conviene mantener cierta cautela. El estudio no demuestra que cualquier biomolécula pueda resistir indefinidamente ni convierte los fósiles en archivos biológicos intactos. La degradación sigue siendo brutal. La destrucción molecular continúa dominando la mayor parte del proceso fosilizador. Pero lo interesante es otra cosa: la frontera temporal quizá no era tan rígida como parecía, y eso obliga a reconsiderar bastantes supuestos.

Si los fósiles nos parecieron durante siglos simples sombras minerales de organismos extinguidos, ahora comienza a emerger una posibilidad mucho más extraña: algunos quizá todavía conservan fragmentos químicos del mundo perdido al que pertenecieron. La cuestión, entonces, ya no consiste únicamente en cuánto sabemos sobre los dinosaurios, sino en cuánta información biológica sigue atrapada dentro de materiales que creíamos completamente silenciosos.

Ese escenario empieza a influir incluso en la manera en que las agencias espaciales diseñan futuras misiones de exploración planetaria. Algunos programas centrados en Marte y otros cuerpos del sistema solar ya priorizan la búsqueda de sedimentos capaces de actuar como microentornos de preservación química, especialmente minerales arcillosos y antiguos depósitos acuáticos donde las biomoléculas podrían haber quedado parcialmente encapsuladas durante miles de millones de años.

Recreación artística de una excavación arqueológica en Marte. ChatGPT, César Noragueda.

Comprender cómo ciertos fósiles terrestres consiguen proteger proteínas frente a degradación, radiación y oxidación extrema podría ayudar a identificar qué regiones extraterrestres conservan mayores probabilidades de retener rastros químicos de vida desaparecida.

La propia definición de “biosignatura” empieza además a volverse más compleja. Durante bastante tiempo, muchos modelos astrobiológicos se concentraron sobre todo en moléculas relativamente simples o en posibles señales atmosféricas. Sin embargo, hallazgos como este obligan a contemplar la posibilidad de que fragmentos biomoleculares mucho más sofisticados puedan sobrevivir atrapados dentro de matrices minerales durante intervalos temporales muchísimo mayores de lo previsto.

En otras palabras, algunos mundos aparentemente muertos podrían seguir conservando archivos químicos microscópicos de antiguos ecosistemas extinguidos hace eras inimaginables.

Referencias