

















La construcción de un portaaviones francés ha destapado un secreto romano de más de dos mil años en la base naval de Tolón: un puerto comercial desconocido, activo desde el siglo II a. C., y anterior a la fundación de la ciudad romana de Telo Martius.
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Bajo las aguas y los sedimentos de la base naval más importante de Francia dormía un secreto de más de dos mil años. Desde septiembre de 2025, un equipo del Institut national de recherches archéologiques préventives (Inrap) excava un vasto sector de la base naval de Tolón con motivo de las obras de acondicionamiento para el futuro portaaviones de nueva generación (PA-NG). Nadie esperaba protagonizar un hallazgo de tal magnitud: un establecimiento comercial romano, desconocido hasta ahora, que estuvo activo entre los siglos II y III a. C.
El yacimiento se asienta sobre la antigua isla de Milhaud, una franja rocosa de escasa altura apenas separada de la costa, cuya posición privilegiada en la ensenada de Tolón la convirtió en un nodo estratégico del comercio marítimo mediterráneo. El hallazgo, que se hizo público en mayo de 2026, revela que el enclave precedió incluso a la fundación de la ciudad portuaria romana de Telo Martius (el Tolón antiguo, fundado hacia mediados del siglo I d. C.). Su actividad, además, se mantuvo sin interrupción durante cuatro siglos. El hallazgo, sin equivalente conocido hasta hoy en el litoral de la Provenza, obliga a replantear el papel de esta zona en la historia del Mediterráneo occidental.
Una intervención en la base naval francesa de Tolón ha sacado a la luz un establecimiento comercial romano de gran relevancia.

La morfología y la posición de la isla de Milhaud en la rada de Tolón la convirtieron en un lugar ideal para fondear, cargar y descargar mercancías. Las construcciones identificadas por los arqueólogos siguen una organización muy regular, adaptada a la forma de la isla, con una playa de arena abierta al sureste y una poderosa mampostería defensiva al noroeste.
La cronología del yacimiento, establecida gracias al análisis del abundante registro material, abarca desde el siglo II a. C. hasta el inicio del siglo III d. C. La cerámica, las ánforas y otros materiales, procedentes en su mayoría del sur de la península itálica, delatan la huella inequívoca de Roma sobre el enclave, en un momento en que se supone que la costa provenzal estaba bajo el dominio de la Marsella griega. El establecimiento funcionaba, en la práctica, como una cuña comercial romana en un territorio formalmente helénico.
Los investigadores del Inrap relacionan el yacimiento con las disputas galas por el control del litoral, así como con la presión que Roma ejercía sobre el comercio marítimo dominado por los griegos de Marsella. La isla de Milhaud, por tanto, habría actuado como un avanzado polo comercial romano antes incluso de la fundación de la ciudad romana de Telo Martius.
El yacimiento, ocupado desde el siglo II a. C. hasta el inicio del siglo III d. C., muestra la huella inequívoca de Roma sobre el enclave a través de la presencia de cerámica, ánforas y otros materiales itálicos.

Los arqueólogos han identificado un conjunto de edificaciones de traza regular, abiertas al mar por el sureste y protegidas por una poderosa muralla al noroeste. La variedad de los restos (vajilla, ánforas, pesas de telar, hogares y hornos) apunta a una comunidad de comerciantes, artesanos y pescadores que participaban activamente en los intercambios entre el mundo itálico y la costa provenzal.
El interior de las viviendas revela una actividad exonómica cotidiana intensa y diversificada. Los hogares y los hornos presentes en las construcciones apuntan a la presencia de al menos dos pequeñas unidades de producción: una de harina y otra de vino o aceite, bienes de primera necesidad en cualquier economía antigua. Las pesas de telar halladas en varios recintos confirman la práctica de la manufactura textil, mientras que los plomos para redes de pesca atestiguan que el mar proporcionaba una parte esencial del sustento de la comunidad.
El interior de las viviendas revela una actividad económica cotidiana intensa y diversificada: el enclave se dedicaba a la pesca, la manufactura textil y la producción de harina, vino y aceite.

Tras un largo período secular en el que la erosión borró casi por completo los rastros de ocupación entre el siglo III d. C. y el final de la Edad Media, la isla de Milhaud recuperó protagonismo en el siglo XVII. La construcción de un polvorín en el extremo noreste de la isla se integró en el gran arsenal que Luis XIV quiso instalar en Tolón, convertida entonces en la principal base naval del Mediterráneo francés. El edificio, notable por su sofisticación técnica y su capacidad de almacenamiento, es uno de los últimos ejemplares de este tipo de edificaciones del siglo XVII que se conservan en Europa.
Convertido, pues, en polvorín, el puerto de Milhaud se sometió a continuas reformas y ampliaciones durante los siglos siguientes. Las múltiples reparaciones observadas en los muelles atestiguan la intensidad de las operaciones de carga y descarga entre finales del siglo XVII y el siglo XX. Durante la segunda mitad del siglo XIX, la isla alcanzó su apogeo militar gracias a una red ferroviaria interna que conectaba los muelles con los almacenes, que se multiplicaron para acoger la diversificación del armamento de la flota francesa.
A lo largo del siglo XX, el recinto fue perdiendo su función hasta que, hacia 1935, una ampliación de la base naval condujo al relleno del puerto de Milhaud para ganar terreno al mar. Fue precisamente el vaciado de ese relleno contemporáneo lo que permitió a los arqueólogos-buceadores del Inrap examinar el fondo del antiguo puerto y documentar los muelles, que habían destruido, en parte, el yacimiento romano subyacente.
En el siglo XVII, Luis XIV ordenó construir un polvorín en el extremo noreste de la isla, convertida en la principal base naval del Mediterráneo francés.

El carácter excepcional de esta campaña arqueológica radica no solo en estos hallazgos, sino también en las condiciones extremas en las que se ha desarrollado. Excavar dentro de una base naval activa, de forma simultánea en tierra y bajo el agua, exige una logística de precisión milimétrica. Tras la excavación subacuática, que concluyó en diciembre de 2025, se rellenó el fondo de nuevo para permitir la excavación del trasdós del muelle.
Las obras de la nueva infraestructura portuaria, previstas para 2027, deben preparar Tolón para recibir al futuro portaaviones a partir de 2035. La ciudad que aspira a consolidarse como el primer puerto militar de Europa debe, así, su descubrimiento arqueológico más importante de los últimos años a la ambición de su propio futuro naval.
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