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El descenso a los infiernos de Verónica Forqué, contado p...
2026-05-01 · via RSS de noticias de portada

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Virginia Drake y Ana Tagarro

MI MADRE SE SUICIDÓ CON UN PAÑUELO.

Era un pañuelo de seda, gris azulado con flores azules y granates, que se llevaron los forenses como un elemento de prueba, o por lo que fuera, y nunca me lo devolvieron. Se hizo un nudo en la garganta, ató el extremo del pañuelo en el radiador que había encima del váter y se dejó caer. Enfrente de ella había un espejo, y seguramente se miró en él, y respiró profundamente, como para coger fuerzas, antes de dejarse caer para ahorcarse».

Así describe María Iborra la muerte de su madre, Verónica Forqué, el 13 de diciembre de 2021. Unos días antes había cumplido 66 años. La biografía que María ha escrito con el dramaturgo Antonio Álamo es de una honestidad devastadora. Un relato en el que se entrelazan el cariño, la ira, el dolor, la culpa... y que cualquiera que haya convivido con la enfermedad mental identificará como propio y que cualquiera que haya disfrutado con Verónica Forqué no podrá leer sin emocionarse.

Bloque 1 - Izquierda

Bloque 1 - Derecha

Padres 'complejos'Verónica con su padre, el director José María Forqué, que nunca quiso que fuese actriz: «No, no, que va... Verónica lo haría muy mal», decía. Y con su madre, Teté, apodo de Carmen Vázquez- Vigo, actriz y escritora. La relación con ella nunca fue fácil. «Mi madre casi nunca, se enfadaba, excepto con Teté. La sacaba de sus casillas».

María, performer, DJ y bailarina, ha escrito el libro como homenaje a su madre, recorriendo su vida a través de los propios diarios de la actriz. Y lo escribe, de alguna forma, como terapia para sí misma, porque la tragedia de su muerte la hundió también a ella en un pozo oscuro.

Aquel día del suicidio de Verónica Forqué, María se había despedido de su madre unas horas antes para hacer algunas tareas personales. Se había trasladado a vivir con ella hacía unas semanas porque la actriz estaba sumida en una profunda depresión, postrada en la cama, tras su paso por el programa MasterChef y las despiadadas críticas que su actuación desató en las redes sociales. «Le di un beso y salí. Ahora me pregunto si, cuando yo salí de casa, ella ya había decidido que iba a ser ese día. Lo cierto es que, según me contó Menuka (la mujer nepalí que la cuidaba), esa misma mañana se encontró con que mi madre había sacado del armario todos sus pañuelos y los había extendido en la cama. Naturalmente, le extrañó, aunque no supo interpretar la causa de ese despliegue. Ahora sabemos la causa: mi madre estaba valorando cuál de ellos sería el más adecuado. Un casting de pañuelos».

Fue Menuka quien, un rato después, la llamó con un ataque de pánico y en el inglés que usaban en casa alcanzó a decir: «María, your mother... She is hanging, she is hanging...».

Lo que siguió es la tremenda aceptación de la realidad en medio de una nube de periodistas y fotógrafos que en minutos se concentró en la puerta de su casa. Dentro, María experimentó su propia agonía: «Había como una niebla que lo envolvía todo. Sé que es difícil de creer, porque no tiene una explicación racional. No era exactamente una niebla. O sí. No lo sé. Mi madre murió y la muerte se manifestó extendiendo la noche a su alrededor, una capa de oscuridad que lo cubría todo».

2014LA PRIMERA DEPRESIÓN

La oscuridad, en realidad, llevaba años asomándose a la vida de Verónica Forqué. En 2014, cuando tenía 59 años, sufrió su primera depresión severa. «Era el estado más infernal que había conocido», cuenta su hija, pero entonces los antidepresivos funcionaron. Y sobre todo: «Entonces contó con dos increíbles ayudas: mi padre, que se desvivió por cuidarla, y el trabajo, porque, asombrosamente, pese a todo, siguió trabajando. Mucho».

Lo terrible de aquel proceso fue que apenas se recuperó de la depresión tomó una decisión drástica: después de más de treinta años dejó a su marido, el director de cine Manuel Iborra. «Mi padre no se lo podía esperar –escribe María–; lo pilló totalmente por sorpresa. Los últimos meses los había pasado cuidándola, mimándola, desviviéndose por ella». Para María fue igual de triste y desconcertante.

Tanto que, cuando años después le comunica a su padre por whatsapp que su madre se había matado, «él, completamente roto, me dijo que, si no se hubiera ido (de casa), nada de esto habría pasado. Y es verdad, papá». Pero no es que María culpe a su padre; solo lo explica: «Mi padre tenía un carácter firme y la protegía, era como un dique entre ella y el mundo, y cuando ese dique se rompió... ¡Plof!».

«Mi padre, completamente roto, me dijo que, si no se hubiera ido de casa, nada de esto habría pasado. Y es verdad, papá. Él la protegía, era un dique entre ella y el mundo»

Bloque 2

«Mi padre, completamente roto, me dijo que, si no se hubiera ido de casa, nada de esto habría pasado. Y es verdad, papá. Él la protegía, era un dique entre ella y el mundo»

EL HOMBRE DE SU VIDAVerónica con su pareja durante 30 años, el director Manuel Iborra, y su hija María. «Mi padres no podían ser más distintos, pero se atraían como imanes». Verónica lo dejó de repente, tras superar una depresión con 59 años. «En su 60 cumpleaños mi padre le mandó 60 rosas, una propuesta de reconciliación. Mi madre hizo caso omiso. Él no la volvió a llamar ni a escribir».

Las cosas, aquel 2014, todavía iban a empeorar. El 31 de diciembre, Álvaro Forqué, el hermano de Verónica, asistente de dirección y guionista, a quien estaba muy unida, murió de una extraña manera. Unos amigos (que fueron a buscarlo a medianoche porque no acudía a su encuentro) lo hallaron en su casa, sentado en el sofá, arropado con una manta, muerto.

Verónica, según cuenta su hija, estuvo un par de días muy triste, pero se repuso, como si nada hubiera pasado. Y reflexiona María: «Esa obligación de no rendirse jamás, de ver siempre el lado positivo de las cosas, acabó pasándole factura». La muerte de su hermano tuvo otra consecuencia que parecía anecdótica, y no lo fue tanto: «Nos llevamos los botes de marihuana de Álvaro a casa y, desde ese día, ella comenzó a fumar. Solía decir que eso la mantenía cerca de él».

«Se convirtió en una zombi. Ni siquiera se levantaba de la cama. Sentía que lo había echado todo a perder»

Tres años y medio después, en 2018, falleció la madre de Verónica Forqué, la actriz y escritora Carmen Vázquez-Vigo, Teté, una mujer con la que había tenido una relación de amor-odio toda su vida. «Mi abuela y mi madre se querían muchísimo, pero discutían todo el tiempo. ¿Y por qué? Por nada. Y es que Teté era una diva. Lo fue casi hasta el final». Durante sus últimos años se volvió casi intratable. La muerte de su hijo Álvaro empeoró su estado físico y psíquico. «Se aisló completamente. No quería que nadie la viera. No soportaba ser vieja. Quería morirse. Su tema de conversación favorito eran la muerte y la eutanasia», cuenta María.

Falleció una noche de primavera. Verónica estaba a su lado y, «pese a las catástrofes de los últimos años, se sentía fuerte y tenía ganas de seguir trabajando», escribe su hija.

2020LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Al año siguiente, Forqué hizo varias películas y se postuló para protagonizar la que sería su última obra de teatro: Las cosas que sé que son verdad. Ya en los ensayos se comportó de forma errática e irresponsable, aunque seguía siendo encantadora y simpática, pero en las primeras funciones empezó a dar señales de un «comportamiento estrambótico, extraño».

Por fortuna, cuenta María, la gira se interrumpió el 14 de marzo de 2020 por la pandemia. El confinamiento, dice, le vino bien. Lo pasaron juntas en la casa familiar de Pozuelo, con el que era entonces el novio de María y uno de sus mejores amigos. María confirmó entonces que su madre tenía un trastorno alimentario, comía poco y mal, y fumaba marihuana en exceso. Además, explica, «mi madre desarrolló otro trastorno que, al parecer, afecta a un porcentaje bastante elevado de la población. Lo llaman 'oniomanía', y consiste en la compulsión de comprar cosas. Compraba de todo y a todas horas. Cada día llegaban nuevos paquetes. En algunas jornadas, hasta cinco, a veces cosas pequeñas, como toallas, pero en otras ocasiones eran muebles. Y siempre de dos en dos».

Bloque 3

UN AMOR ABSOLUTOVerónica, embarazada de María. «Mi nacimiento fue un momento de gran felicidad para mi madre -cuenta la hija-. Vertió sobre mi todo el cariño que fue capaz. Casi antes de que terminara de formular un deseo, mi deseo ya se había cumplido». Y añade: «Nosotras dos éramos almas gemelas, mucho más que madre e hija: teniamos complicidad y entendimiento absoluto, basados en el respeto mutuo, a veces insospechado. Yo podía hablar con ella de todo».

Las señales de alarma ya estaban todas allí, aquel 2020. Sin embargo, al acabar el confinamiento, retomaron la gira teatral con aparente normalidad, salvo porque su madre, exultante, se había cortado el pelo a trasquilones.

En realidad, cuenta ahora María, «mi madre estaba 'delulu'; delusional (en inglés, 'trastornado'). Seguía esforzándose en buscar el lado positivo de la vida, pero tenía raptos de ira y enojo. Montaba pollos en todos los sitios, incluso en los supermercados». Y empezó a entrarle la paranoia de que sus compañeros le hacían ghosting, que no la querían. Los altercados eran cada vez más frecuentes y el equipo nunca sabía a qué atenerse.

«Llegaba al hotel y se encerraba allí. El exterior, seguramente, le resultaba amenazador. Ya no le gustaba que la reconocieran por la calle. Estaba harta de Verónica Forqué. Superharta».

Al terminar la función de Huelva, les comunicó que no seguiría con ellos a partir de junio, pese a que tenían comprometidas varias funciones. Les dijo que iba a entrar en MasterChef celebrity. De hecho, ya había firmado el contrato.

2021'MASTERCHEF'«LA BURLONA CARCAJADA FINAL»

La grabación de MasterChef era extenuante, con sesiones de rodaje de más de diez horas. Al mismo tiempo, Verónica se había metido en una dinámica perversa: había comprado una casa en Mazarrón y la estaba reformando mientras dejaba su casa de Pozuelo para trasladarse a la que había sido de su madre, en el centro de Madrid, que también estaba acondicionando. «Mi madre no paraba; nunca paraba. Era hiperactiva. No descansaba. Siempre había sido un poco así. Lo triste es que ya no tenía fuerzas para todo y no se daba cuenta de ello. Yo intentaba que se tomara las cosas con más calma, pero no había manera. En ese momento era muy complicado contradecirla».

Con todo, María aclara: «La experiencia en MasterChef celebrity le resultó agotadora, pero gratificante. Se llevó muy bien con los presentadores, especialmente con Samantha Vallejo-Nágera y Pepe Rodríguez, que prácticamente a diario le enviaban mensajes de cariño y apoyo, seguramente viéndola tan vulnerable. Solía llegar a casa muy contenta y me decía que se lo estaba pasando genial. No obstante, los horarios de grabación eran muy intensos y exigentes. No dormía apenas».

«Desde la producción de MasterChef debían de darse cuenta de que mi madre no estaba bien. Así que tuvieron que decirse: 'Uy, está fatal, está como unas maracas; qué bien, cuánta audiencia vamos a tener...'». Y añade: «Era una loquita. ¡Y una loquita competitiva, o sea, una loquita por partida doble! ¿Había algo mejor que eso para elevar la audiencia de un programa de televisión?».

María también se cuestiona a sí misma: «¿Pude hacer algo? ¿Debería haberle insistido para que no hiciera ese programa? Ella estaba con una ilusión tremenda y, una vez que ella tomaba una decisión, yo la apoyaba completamente. Ella me había educado con esa extrema libertad y tolerancia. Obviamente, no podía imaginar lo que se nos venía encima».

El final de Forqué en MasterChef lo vieron millones de personas. En un momento, agotada, decide abandonar el programa, pero tras protagonizar algunas escenas extravagantes, enfrentamientos con compañeros y no dar muestras de destreza alguna entre fogones, «circunstancias que, en cualquier caso, solían responder a un guion diseñado previamente», aclara la hija.

El programa se acabó de rodar en julio, y «aunque fue, en resumen, una mierda bastante perjudicial para ella, durante la grabación se sintió querida y respetada por sus compañeros. El drama vino después, cuando se emitió el programa y se enfrentó a los haters. Eso es algo con lo que mi madre no pudo lidiar».

Verónica Forqué, que estaba ya fuera de la realidad, se dispuso a ver el primer capítulo, que se emitió el 14 de septiembre como si fuese una actuación suya más. Su hija María escribe: «Jamás hubiera podido imaginar que su persona despertara unas reacciones tan furibundas de odio. Empezaron a prodigarse las críticas y a multiplicarse los haters, y ella –que apenas había recibido malas críticas por su trabajo y que jamás había experimentado el odio, la animadversión y el aborrecimiento del público– se desestabilizó aún más».

Bloque 4

«Desde la producción de ‘Masterchef’ debían de darse cuenta de que mi madre no estaba bien: ‘Uy, está fatal, como unas maracas... qué bien, cuánta audiencia vamos a tener»

«Desde la producción de ‘Masterchef’ debían de darse cuenta de que mi madre no estaba bien: ‘Uy, está fatal, como unas maracas... qué bien, cuánta audiencia vamos a tener»

En los días siguientes, ante la avalancha de insultos y burlas crueles, se vino abajo. Pasó de un estado maniaco a un estado depresivo. «No lo aguantó. Se convirtió en una zombi. Ya ni siquiera se levantaba de la cama. ¿Para qué? Sentía que lo había echado todo a perder. Se pasaba las noches dándole vueltas al coco, mirando el móvil y leyendo las cosas horribles que alguna gente decía sobre ella. En bucle». Y se autoinculpaba: «La he cagado. La gente me odia», decía.

María añade: «Ella nunca se había metido en ese tipo de charcos. Fue una decisión tomada en un estado alterado, 'delulu'. Fue como ir al matadero. Y yo no me di cuenta de ello y me siento terriblemente culpable de no haberlo previsto».

EL HORROR Y LA RENDICIÓN

Y esto, la culpa, tiñe la parte final del libro de María Iborra con reflexiones desoladoras y tristemente comunes en los entornos de la enfermedad mental.

«Cada vez que entraba en su habitación, mi madre me decía: 'Estoy muy mal, estoy muy mal, me quiero morir...'. Yo la intentaba sacar a dar un paseo, o algo, pero no había manera. Para mí levantarme e ir a verla, que era lo primero que hacía todos los días, era doloroso y horrible».

Para entonces, María y Menuka se turnaban para no dejarla nunca sola. «Estábamos en el infierno. Sus ojos perdieron las chiribitas. Su brillo. Se empezó a quedar muy delgada, cada vez más y más pequeña. Luego llegó a un estado casi vegetal. Sin embargo, la mente seguía torturándola. Me decía: 'Yo estoy fatal, solo estoy estorbando; si me quito de en medio es mejor para todos, también para ti'. Como si estuviera preparándome para ello».

En un momento amenaza con cortarse las venas con un cuchillo. «Entonces escondí todos los cuchillos y objetos cortantes que había por la casa. ¿Os imagináis a los niños de Mary Poppins obligados a esconder los cuchillos en su propia casa para que Mary Poppins no se suicide? Así me sentía yo».

«Estábamos en un infierno. Llegó a un estado casi vegetal. Sin embargo, la mente seguía torturándola. Me decía: ‘Yo estoy fatal; si me quito de en medio es mejor para todos, también para ti’. Como si estuviera preparándome para ello»

El papel de la psicoterapeuta de Forqué tampoco ayudó a gestionar el drama. Se negaba en todo momento a considerar que la actriz debía ser internada en una clínica, incluso ante un segundo intento de suicidio, cuando tomó una sobredosis de Lexatin, y depositaba la responsabilidad en su hija. Le repetía que su madre solo la necesitaba a ella. «¿Era eso lógico? No tenía ni pies ni cabeza. Cargaba sobre mí una responsabilidad para la cual yo no estaba preparada. Es como si se pretendiera que yo, si se diera esa eventualidad, tuviera que operarla de apendicitis».

Pese al razonamiento obvio, María sigue torturándose: «¿Podría yo haber hecho algo más? Respuesta: sí, muchísimo más. O sea, sobre eso no tengo dudas. Pero esto no va de buscar culpables. ¿De qué sirve?».

María concluye con una bonita reflexión, con «algo muy consolador, que permite creer en la generosidad ajena y gratuita». Tras la muerte de Verónica le ofrecieron montar una capilla ardiente en el Teatro Español, uno de los teatros favoritos de la actriz. El numeroso público que acudió a despedirla, los muchos compañeros que la apoyaron, el incondicional respaldo de amigos como Antonio Resines, incluso el que los Reyes, Felipe y Letizia, le enviasen un burofax lamentando su pérdida y recordando lo mucho que habían disfrutado con su trabajo, reconfortaron a su hija. Pero no solo eso, le demostraron que «su carrera artística –que era su vida– se había mantenido intacta, pese a la burlona carcajada final».

«La Verónica Forqué –escribe María– que te habías labrado durante décadas era mucho más poderosa que la Verónica Forqué que quiso destruir a Verónica Forqué. No lo conseguiste, mami, me alegro de poder decir que no lo conseguiste».