






















Manuel Benítez 'El Cordobés' usó el hambre para comprarse pronto una finca, y salir luego en la portada de la revista 'Life'. Quiero decir que un chaval de pueblo, rebelde como un hueso, usó el hambre casi letal para hacerse una valentía y ... un nombre y un capital y todo. Estuvo a un soplo de hacer una película con los Beatles, pero quería repartir la billetería con la cuadrilla, y por ahí los Beatles no pasaban. En la España seca, encalada y fatalista de los años cincuenta, dio el estirón aquel muchacho cordobés, con sonrisa de náufrago y modales de bandolero eléctrico. Dejó claro que un pobre podía conquistar España tirando de valor, insolencia y marketing de estampa. Antes que torero, fue siempre una noticia. Y hasta hoy, cuando acaba de cumplir 90 años. Tenía algo de animal acorralado y algo de vendedor prodigioso. Hablo de esa mezcla exacta que España suele confundir con el carisma. Saltaba la barrera, improvisaba airado, sacaba la sonrisa en medio del peligro, y toreaba como si quisiera vengarse ante el tendido de todas las miserias. Los puristas se llevaban las manos a la cabeza, y el pueblo, enfrente, enloquecía. Hasta él, el toreo conservaba todavía una solemnidad antigua, casi sacerdotal. El torero debía parecer grave, fatalista, hijo legítimo del rito y de la muerte. Pero Benítez trajo la alegría plebeya del hombre que ha descubierto el dinero y piensa gastárselo a fondo delante de la afición. Y eso era revolucionario.
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