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Graduar la mirada del Papa Francisco
2026-04-22 · via RSS de noticias de portada

Pablo Mariñoso de Juana

Escritor

Apenas dos años después de ser elegido, el Papa Francisco se acercó a la Ottica Spiezia, en la lujosa Via del Babuino, para graduarse las gafas. Aquel septiembre de 2015 Francisco decidió que ni siquiera el Vicario de Cristo debía librarse del tedioso trámite de ir a la óptica, deletrear un abecedario imposible y elegir montura en un mar infinito de diseños. Alessandro, dueño del local, contaba poco después que se ofreció a desplazarse a Santa Marta con todo el equipo necesario, pero el Santo Padre se negó: «Francisco decidió venir al local porque, según su punto de vista, las gafas deben hacerse en la óptica. No es el óptico el que tiene que moverse», confesaba entonces a la prensa.

Aquel día Francisco se empeñó en conservar su antigua montura y pidió encajar en ella unos nuevos cristales. «No quiero gastar mucho», se justificó entonces el Papa. La realidad es que el argentino, conocedor de la fatigosa ceremonia de hacerse unas gafas nuevas, suplicó una solución más llevadera. Su rostro estaba hecho a aquella montura de pasta oscura. Más allá de la anécdota −son muchos los comercios romanos que atestiguan la espontaneidad, a veces calculada, de Bergoglio−, la metáfora nos recuerda ahora, un año después de su muerte, que el Papa nunca quiso ver el mundo con ojos nuevos. Francisco no buscó una mirada renovada, sino que quiso adaptar a sus lentes la realidad agotadora de nuestro tiempo. Lo que para algunos fue su gran victoria, para otros todavía constituye su condena: el Santo Padre se encabezonó con ver el mundo solo desde su propia graduación.

Su graduación. Ese fue el debate desde el principio con el primer Papa jesuita de la historia. ¿Era Francisco un prelado de izquierdas o de derechas? ¿Un peronista irredento o más bien un párroco de gentes sencillas? ¿Un infiltrado progresista en la Curia o un creativo reformulador de la ortodoxia? ¿Con qué lentes dirigió su mirada a los desafíos del mundo? A todos estos interrogantes se añade otro que poco se repitió durante su pontificado: ¿Cómo pudo un Colegio Cardenalicio creado a imagen y semejanza de Juan Pablo II y Benedicto XVI elegir a este pastor de los confines? Él mismo se lo preguntó el 13 de marzo de 2013, en las primeras palabras que dirigía al mundo como Pontífice: «Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscar al obispo de Roma casi al fin del mundo..., pero aquí estamos».

La perspectiva escasa de un año desde su fallecimiento es suficiente para comprender que Bergoglio quiso contentar a unos y otros, a veces jugando al trapecio desde la cátedra de Pedro, sí, pero también teniendo la audacia para elevar la voz en cuestiones que parecían adormecidas en la menguante voz de Ratzinger. Y aunque muchos todavía se empeñan en ver fantasmas alrededor del Pontífice, dos rasgos de su personalidad bastan para explicar muchas de las incomprensiones que suscitó: Francisco fue rematadamente jesuita y e irremediablemente argentino. Desde que en marzo de 1958 ingresara en el noviciado de la Compañía de Jesús, Bergoglio asumió el carisma de la disponibilidad: el jesuita es, por definición, un hombre desinstalado. Y Francisco llevó al extremo, desde la Santa Sede, esa actitud de indiferencia ignaciana que a tantos extrañó.

Pese a tantas exégesis interesadas, sin embargo, Francisco nunca fue el revolucionario doctrinal que la izquierda soñó –ahí quedan sus numerosas declaraciones sobre el aborto y la eutanasia como «el alquiler de un sicario» o su vehemencia al criticar la ideología de género como una «colonización ideológica»– como tampoco el hereje que el conservadurismo temía. Ni siquiera las contrariedades legítimas que provocó la publicación de encíclicas como 'Laudato si'' o 'Fratelli tutti' lograron moverlo un solo milímetro del centro de la tradición. Lo que muchos interpretaron como mutación fue, sencillamente, una cuestión de acento: Bergoglio se esforzó por cambiar la escenografía de la Iglesia hacia una misericordia, tantas veces confusa, con los más alejados de la Iglesia.

Pero Pedro significa roca y no arenas movedizas. Que aquel que debía confirmarnos en la fe jugase con la ambigüedad −publicando 'Amoris laetitia' o 'Fiducia supplicans', por ejemplo, al tiempo que recordaba que «el sueño de Dios es la unión de amor entre hombre y mujer»− rápidamente encendió las alarmas en aquellos que querían un pontífice de perfil discreto, quizás bajo la sombra alargada de Benedicto XVI. Tampoco quienes canonizaron en vida a Francisco hicieron un favor al Papa, que se vio numerosamente rodeado para emprender nuevos caminos y «abrir procesos», como el Sínodo de la Sinodalidad, pero dolorosamente solo para sostenerlos y conducirlos a buen puerto.

Las recientes decisiones adoptadas por León XIV −su mudanza al Palacio Apostólico, el nombramiento de un Prefecto de la Casa Pontificia, las zonas habilitadas para vivir en comunidad− nos brindan otro paradigma de cómo encaró Francisco sus años al frente de la Iglesia. Buscando la sencillez, el funcionamiento del papado se convirtió en un imposible ejercicio de burocracia, y su mudanza a Santa Marta terminó significando un enroque. El Papa de las periferias, paradójicamente, quedó confinado en la habitación 201 de la residencia vaticana. Allí recibió a las pocas visitas que marcaba la agenda, se rodeó de un equipo reducido y apenas contaba con colaboradores de confianza. Santa Marta se transformó, pues, en un sencillísimo búnker.

Con todo, el tiempo ha empezado a concederle la razón en su capacidad de anticipación. El empeño de Francisco por una diplomacia de la paz, a veces incomprendida, y su afán por despojar al Papa de sus ropajes de jefe de Estado para devolverle los de párroco, labraron el terreno para lo que hoy vivimos. Sin darse una continuidad en estilos y formas, resulta complicado entender la figura de su sucesor, León XIV, sin la audacia de Bergoglio. Fue él quien lo sacó del anonimato, quien lo llevó a Perú como obispo, quien más tarde lo creó cardenal y quien, de alguna manera, lo preparó para recoger un testigo que reclamaba cierta mirada profunda. Francisco quiso tener cerca a Prevost.

Un año después de su fallecimiento, quizás seamos nosotros los que debamos graduar nuestras lentes −a menudo empañadas por la ideología o el sentimentalismo− para recoger con agradecimiento el legado de un Pontífice particular que pronunció las palabras de siempre con un acento desconocido. Ni los cristales de aumento de sus hagiógrafos −que se empecinan en proclamarlo santo súbito− ni las lentes ahumadas de sus detractores −que lo arrinconan a la esquina de los herejes− hacen justicia a la realidad. En su primer aniversario se hace evidente que la mejor solución hubiese sido elegir una montura nueva, por tedioso que nos parezca, empezando por el Papa Francisco.

Pablo Mariñoso de Juana

Es escritor