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¿Qué diría Gistau?
2026-05-21 · via RSS de noticias de portada

Bécquer Seguín

Había poco que le gustaba más a David Gistau que el boxeo. Alí, Frazier, Foreman. Poli, Jero, Ángel Moreno. Nombres como estos sazonaban los escritos del ya legendario columnista, despertando el sentido del pugilismo entre sus lectores. Lo sé porque durante varias semanas me he sumergido en todo lo que escribió sobre «la dulce ciencia». He vuelto a Gistau porque el boxeo vive hoy una nueva edad de oro, y su pensamiento pugilístico sigue siendo más relevante que nunca. Gistau habría visto muchas luces en el presente de su deporte preferido. Pero me atrevo a decir que se habría detenido más en las sombras que se asoman desde su futuro. Hasta hace muy poco, el boxeo experimentaba una duradera crisis. Esto Gistau lo había dejado claro durante más de una década de columnas en 'XL Semanal', ABC y 'El Mundo'. Lamentaba la existencia de promotores que «demoran peleas esperadas por todos y envilecen el negocio con una sensación de fraude al público». Criticaba la norma de proteger el púgil invicto «como si fuera otra forma de virginidad». Y eso del «cinturón del mundo –o varios cinturones unificados» había que simplificarlo. A todo esto, y a mucho más, el boxeo tenía que encontrarle salida.

La salida se ha encontrado. Desde 2023, el jeque saudí Turki Al-Sheikh, exdueño de la UD Almería y apasionado del boxeo, ha usado el fondo soberano de su país para lubricar relaciones entre promotores, acordar peleas monumentales en tiempos récord y montar espectáculos pugilísticos en lugares extravagantes como Times Square o, pasado mañana, las pirámides de Guiza. Resultados impresionantes, reconocería Gistau: un deporte con estrellas capaces de llenar Wembley, jóvenes púgiles que pronto se arriesgan el récord imbatido, y un solo lugar –DAZN– donde se pueden encontrar las mejores peleas. Gracias al jeque saudí, el boxeo ha vivido en estos tres últimos años todo lo que no había vivido en los veinte anteriores.

Por todo esto, Gistau habría anticipado con mucho interés el estreno de una nueva empresa de promociones este pasado enero. Respaldada económicamente por Al-Sheikh, la nueva promotora, Zuffa Boxing, ha prometido pasar página al viejo sistema del boxeo. De ahora en adelante, todo sería más fácil de entender: un campeón, un ranking, una organización. Limpio, uniformado y profesional, como los deportes serios. Pero, tras ver las primeras veladas de esta utopía centralista, Gistau se habría decepcionado. La nueva promotora, diría, ha hecho desaparecer mucho de lo que le daba carácter al boxeo: el miniespectáculo de los 'ring-walks', los pantalones extravagantes, todo repleto de patrocinadores como si fuese la Liga MX. El boxeo destaca por su individualismo, diría Gistau­–uno que se ve no sólo dentro del cuadrilátero sino también fuera.

Esta nueva promotora, Zuffa, aseveraría Gistau, es una máquina de homogeneidad. Obligan a los púgiles a llevar los mismos guantes, los mismos pantalones, el mismo chándal, todo engalanado con el mismo tedioso logotipo de la empresa. Demasiado estéril, diría. Las peleas, además, no las acoge la mítica MGM Grand sino un almacén desértico con apenas capacidad para 500 espectadores y entradas cifradas entre 100 y 500 euros cada una para combates entre auténticos desconocidos. Y ninguna de las veladas organizadas hasta la fecha ha logrado destacarse. En lugar de armar buenas peleas entre individualidades, la nueva promotora, afirmaría Gistau, ha instalado un McDonald's con precios de Wagyu.

Todo esto tiene poco sentido. ¿Cómo es que Al-Sheikh, que aprecia la historia del boxeo y carece de escrúpulos financieros, se haya rendido ante la servidumbre corporativista? La respuesta, explicaría Gistau, se encuentra en la figura de Dana White, presidente de la UFC, la organización reina de las artes marciales mixtas. White es el otro hombre con el que Al-Sheikh capitanea la nueva promotora de boxeo. Gistau habría esbozado el historial de White en la UFC en busca de precedentes. Observaría que la UFC se parece mucho a la nueva promotora: centralizada en campeones y rankings, aséptica en su presentación, y nula en individualidad. Gistau frunciría el ceño: White, especularía, pretende hacer con el boxeo lo mismo que hizo con las artes marciales. Zuffa será el UFC del boxeo. A Gistau esto no le pillaría a contrapié. Algo muy parecido lo narré en 'Golpes bajos', recordaría. White es el nuevo Piñata, el mafioso argentino que controla el ecosistema pugilista de la novela: los luchadores, los combates y, por supuesto, el dinero. La diferencia es que Piñata era un gánster poco fino que solo controlaba Madrid. White en el fondo es igual, pero es más hábil, bastante más profesional y, con su organización milmillonaria, pretende controlar el mundo entero. Y lo hará gracias a un monopolio.

En los últimos meses, Gistau habría seguido con atención una propuesta para revisar la 'ley Mohammad Alí'. La revisión la impulsa White y se debatirá próximamente en el Senado de los Estados Unidos. Lo importante, explicaría Gistau, es que esta ley es la que regula los contratos, los cinturones y la transparencia financiera del boxeo. Es gracias a ella, diría, que ya no imperan «los trapicheos de promotores como Don King». Y como todos los promotores quieren tener veladas en Las Vegas, rige por todo el mundo. Gistau subrayaría tres aspectos de la revisión propuesta: la transparencia financiera, la prohibición de contratos coactivos y los muros que existen entre promotores, agentes y organizaciones que controlan los campeonatos. Son claves. Y es justamente la ausencia de semejante ley en las artes marciales la que ha permitido que la UFC se comiera a cada uno de sus competidores.

Gistau pensaría en el Martillo Guzmán, el púgil protagonista de un cuento en su colección 'Gente que se fue'. ¿Imagínate –reflexionaría– si el Martillo tuviera que firmar un contrato exclusivo de seis años, sin garantías, para luchar algún día, posiblemente, por un cinturón? En el monopolio marcial de White, los púgiles carecen de poder alguno. Pasaría lo mismo con el boxeo.

Aun así, nos aseguraría Gistau, el futuro tiene buen sentido del humor. Jake Paul, un 'youtuber' hecho boxeador profesional rotundamente menospreciado por el 'establishment' pugilístico, organizó una velada MMA entre Ronda Rousey y Gina Carano, las dos luchadoras más importantes en la historia femenina de ese deporte. Que sea Paul quien abandere la causa boxística contra el monopolio marcial de White es justicia divina. Y Gistau estaría partiéndose de la risa.

Bécquer Seguín

Es profesor de la Universidad Johns Hopkins