





















Pudo ser un viento refrescante que espantara las telarañas del anime, la industria japonesa de la animación, y acariciara con suavidad rostros y pinceles, pero Hayao Miyazaki, moderno demiurgo y artesano antiguo, eligió uno cálido, desértico, que las pulverizara todas y las redujera a polvo, ... tal significa Ghibli, el viento africano y ardoroso del norte de esa parte del mundo que tan lejos queda de Japón y tanto de todas partes, un siroco más sonoro que el siroco, pero igual de renovador, el que Miyazaki eligiera para bautizar su nueva empresa, que era también la de Isao Takahata y la de Toshio Suzuki, con el dinero de Tokuma Shoten y las ansias de cambio de todos, y un montón de insensatez apilada, y algo de suerte, hace una vida entera ya. Pausa para tomar aire.
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