




















Abascal ha acusado brutalmente a la Iglesia de «hacer negocio con la inmigración ilegal», por manejar partidas millonarias procedentes del erario público. Pero si esas partidas millonarias son administradas honradamente, la acusación de «hacer negocio» se torna una calumnia gruesa.
No creemos, sin embargo, ... que administrar dinero de los contribuyentes, por mucho que se haga honradamente y se emplee en labores humanitarias, tenga nada que ver con la caridad cristiana, que ante todo desea salvar el alma de la persona a la que auxilia; y con un auxilio que nace del desprendimiento propio, al estilo de 'El príncipe feliz' de Wilde, no con dineros rapiñados por el Leviatán (aunque, desde luego, siempre será mejor que tales dineros se destinen al auxilio de los necesitados que a las variadas aberraciones que el Leviatán sufraga con sus exacciones). Por lo demás, la caridad se convierte en lo que Chesterton denominaba una «virtud loca» cuando las obras de misericordia corporales se anteponen a las espirituales. Sobre este peligro ya nos alertaba Donoso Cortés, quien profetizó que una Iglesia que se conformase con atender las necesidades materiales de los pobres acabaría siendo un instrumento al servicio del mundo, que a la vez que presume de procurar bienestar a sus súbditos se encarga de destruir sus almas. Una Iglesia convertida en «capataz solidario» que vista al desnudo o dé posada al peregrino, pero que renuncie a corregir al que yerra o a enseñar al que no sabe (o sea, a evangelizar), dejaría de ser Iglesia, para convertirse en un «capataz solidario» al servicio del Leviatán.
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