

























Nadie hablaba. En la nave central de aquella iglesia renacentista del Trastévere en Roma las velas parecían arder con temor y la temperatura había descendido de manera notable, en contraste con el calor romano que se vivía fuera de esos muros. Chiara estaba sentada en ... uno de los bancos. Al lado, su madre la abrazaba, tratando de transmitirle algo de consuelo. José Miguel Gaona observaba la escena desde un prudente segundo plano. Como neuropsiquiatra forense estaba acostumbrado a encarar a asesinos, trazar perfiles psicológicos de criminales sin escrúpulos y tratar trastornos mentales extremos. Sin embargo, aquella mañana respiraba con más tensión que la propia joven a la que le iban a tratar de librar del maligno.
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