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La 'odisea' para demostrar que la gasolina con plomo era ...
2026-04-27 · via RSS de noticias de portada

Carlos Manuel Sánchez

Viernes, 24 de abril 2026, 10:18

La sala más limpia del mundo en 1953 estaba en el Instituto Tecnológico de California (Caltech), y dentro de esa sala había un hombre desquiciado. Su nombre era Clair Patterson y era un joven geoquímico que llevaba cuatro años intentando medir isótopos de plomo en meteoritos. Su objetivo: calcular la edad de la Tierra.

La técnica para poder hacerlo se basa en usar el uranio como reloj atómico. Desde la formación del planeta, en las rocas terrestres hay una concentración de uranio-238 que se va desintegrando lentamente en plomo-206. Es un proceso imparable: cada átomo de uranio tarde o temprano se convierte en plomo, y tarda lo mismo siempre. La vida media del uranio-238 es de 4470 millones de años, es decir, que en ese tiempo la mitad del uranio se habrá transformado en plomo. Si mides cuánto uranio queda y cuánto plomo radiogénico se ha formado, puedes calcular cuánto tiempo ha pasado.

Convertir un meteorito en un reloj

El problema con las rocas es que la Tierra es un planeta geológicamente activo. Las rocas se funden, se mezclan. Pero los meteoritos son fósiles del sistema solar primitivo: se formaron al mismo tiempo que la Tierra y luego quedaron congelados en el tiempo, flotando por el espacio sin volcanes ni tectónica de placas que alterasen su química. Si medías la proporción entre plomo-206 (el que viene del uranio) y plomo-204 (el que estaba ahí desde el principio, el primordial), podías saber cuándo se formaron esos meteoritos. Y, por tanto, cuándo se formó todo el sistema solar, con nuestro planeta incluido.

En 1956, el geoquímico Clair Patterson logró calcular la edad de la Tierra: 4550 millones de años (con un margen de error de 70 millones). Durante su investigación descubrió que había plomo en el polvo, en el agua del grifo, en las paredes del laboratorio...

El químico que 'vió' el veneno. En 1956, el geoquímico Clair Patterson logró calcular la edad de la Tierra: 4550 millones de años (con un margen de error de 70 millones). Durante su investigación descubrió que había plomo en el polvo, en el agua del grifo, en las paredes del laboratorio...

Pero Patterson no conseguía hacer las mediciones con exactitud porque las muestras se contaminaban. Obtenía resultados erráticos, números que no cuadraban, mediciones incoherentes. Al principio pensó que era un error suyo. Luego empezó a sospechar algo peor. ¿Y si el problema está en el aire?

Contaminación para dar y tomar

Durante décadas, la comunidad científica y la industria sostuvieron que los niveles de plomo en el ambiente y en la sangre humana eran 'normales', parte de la química natural del planeta. Nadie cuestionaba que hubiera trazas de plomo en todas partes porque... siempre había sido así. O eso decían. Lo que Patterson estaba a punto de desvelar mientras intentaba medir la edad de la Tierra es que ese plomo 'natural' era en realidad el producto de una contaminación masiva. Habíamos envenenado el planeta entero sin darnos cuenta. Y, cuando nos dimos cuenta, tardamos treinta años más en hacer algo al respecto.

Patterson descubrió que había plomo en todas partes. En el polvo. En el agua del grifo. En las paredes del laboratorio. En los reactivos químicos. En los recipientes de cristal. No obstante, siguió con su experimento. Construyó una sala limpia. Filtró el aire. Destiló el agua. Purificó los ácidos. Lavó cada instrumento hasta que los niveles de plomo bajaron por debajo de lo detectable. Sus colegas pensaban que se había vuelto paranoico. Y entonces, por fin, metió un fragmento del meteorito del cañón del Diablo (Arizona) en un espectrómetro de masas.

Con plomo, los motores rendían más. Era barato y la industria lo adoptó con entusiasmo. Pero cada vez que un coche aceleraba, partículas tóxicas acababan en los pulmones

En 1956 publicó la edad de la Tierra: 4550 millones de años. Con un margen de error de 70 millones. Esa cifra no ha cambiado desde entonces. Tenemos mejores instrumentos y técnicas más refinadas, pero nadie ha conseguido moverla significativamente. Patterson acertó y ahí se quedó, como un clavo en la pared del tiempo. Pero no estaba contento. No podía olvidarse de lo otro. De todo ese plomo que no debería estar ahí. Le preocupaba. ¿De dónde venía?

El petardeo de los motores

Para entenderlo, hay que retroceder varias décadas. En los años veinte, un químico de General Motors llamado Thomas Midgley Jr. había descubierto que añadir tetraetilo de plomo a la gasolina eliminaba el petardeo del motor. El petardeo es un problema que tienen los motores de gasolina cuando la mezcla de aire y combustible se enciende antes de tiempo dentro del cilindro. En un motor normal, la bujía lanza una chispa y enciende la gasolina de forma controlada, empujando el pistón hacia abajo. Pero a veces, cuando el pistón comprime mucho la mezcla, esta se enciende sola antes de que salte la chispa, creando una explosión descontrolada. El resultado es un molesto ruido metálico, como pequeñas detonaciones, y a la larga puede romper el motor.

El tetraetilo de plomo solucionaba este problema porque hacía que la gasolina aguantara más presión sin encenderse prematuramente. En términos técnicos, aumentaba el octanaje del combustible. Con plomo, los motores podían comprimir más, rendir más. Era barato, funcionaba, y la industria petroquímica lo adoptó con entusiasmo. Pero, cada vez que un coche aceleraba, escupía partículas microscópicas de plomo; partículas que al respirar el humo acaban en los pulmones.

Midgley, por cierto, también inventó los CFC, los gases que destruyeron la capa de ozono. El historiador J. R. McNeill escribió que Midgley «tuvo más impacto sobre la atmósfera que ningún otro organismo en la historia de la Tierra». Un tipo con talento para envenenar planetas.

El saturnismo de Goya

Lo más siniestro es que Midgley sabía que el plomo era tóxico. En 1924, varios trabajadores de las refinerías de tetraetilo de plomo murieron enloquecidos y con alucinaciones violentas. Los periodistas llamaron a la sustancia «locura en lata». Midgley organizó una rueda de prensa donde se lavó las manos con gasolina con plomo para demostrar que era segura. Lo que no se publicó es que luego se tomó seis meses de baja por enfermedad. Se había intoxicado.

La intoxicación crónica por plomo tiene un nombre desde hace siglos: saturnismo, porque los alquimistas asociaban el plomo con el planeta Saturno. Los síntomas de intoxicación son neurológicos: temblores, dolor abdominal, cambios de personalidad, depresión, paranoia. Muchos pintores del siglo XIX lo sufrían por los pigmentos: el blanco de plomo era el más brillante y el más venenoso. Hay una teoría que sostiene que Goya pudo padecer saturnismo durante la época de las Pinturas negras, aquellas obras oscuras y delirantes que pintó en las paredes de la Quinta del Sordo, cuando ya era un anciano, huraño y desengañado.

Thomas Midgley era un inge-niero mecánico de General Motors con estudios en Química. Fue él quien descubrió las ventajas del plomo en el rendimiento del motor. Lo más siniestro es que Midgley sabía que el plomo era tóxico, pero lo negaba.

El ingeniero que vio el negocio. Thomas Midgley era un inge-niero mecánico de General Motors con estudios en Química. Fue él quien descubrió las ventajas del plomo en el rendimiento del motor. Lo más siniestro es que Midgley sabía que el plomo era tóxico, pero lo negaba.

Pero la industria no estaba dispuesta a renunciar al plomo. Los motores de alto rendimiento lo necesitaban. Y en 1926 el cirujano general de Estados Unidos declaró que no había «base para prohibir la producción de gasolina con plomo», siempre que los trabajadores siguieran «precauciones razonables». Traducción: los coches tienen que funcionar, la salud es secundaria.

La guerra de los treinta años

Patterson no podía quitarse de la cabeza el asunto. Mientras sus colegas y los periodistas lo trataban como a una celebridad por haber logrado calcular la edad de la Tierra, él miraba los datos de contaminación y veía ante sí una catástrofe. Publicó artículos denunciándolo. Dio conferencias. Señaló con el dedo a la industria petroquímica. Y la industria petroquímica le declaró la guerra.

Lo primero que hicieron fue cortarle la financiación. Presionaron a Caltech para que fuese despedido. Financiaron estudios falsos que contradecían sus datos. Un médico llamado Robert Kehoe, pagado por la industria, testificó ante el Congreso que el plomo en la sangre era «natural». Kehoe había creado todo un campo de investigación dedicado a establecer los «niveles normales» de plomo en humanos. El problema es que estaba midiendo humanos del siglo XX, todos ya contaminados. Era como medir la temperatura corporal durante una fiebre y concluir que 39 grados es lo normal.

La OMS estima que un millón de personas mueren cada año por envenenamiento de plomo, el 90 por ciento en países pobres donde sigue presente en agua, pinturas, baterías...

Patterson tuvo que demostrar la mentira. Analizó el hielo del Ártico. Midió los niveles de plomo en capas de nieve de hace miles de años para probar que, antes de la gasolina con plomo, los niveles eran cientos de veces más bajos. Estudió huesos de indios precolombinos de Perú. Midió sedimentos marinos. Cada dato apuntaba lo mismo: el plomo en nuestro ambiente era artificial y muy reciente.

Plomo y criminalidad

La comunidad científica tardó en creerlo. Algunos porque la industria financiaba sus investigaciones. Otros porque era más cómodo pensar que Patterson era un lunático. Tardó treinta años. Treinta años de pleitos, de informes ignorados. Pero en 1970 la agencia de protección ambiental estadounidense empezó a regular el plomo. En 1986, la gasolina con plomo se prohibió en Estados Unidos. Europa siguió después.

Los resultados fueron espectaculares. Los niveles de plomo en sangre de los niños estadounidenses cayeron un 80 por ciento. Y un dato espeluznante: el plomo daña el desarrollo neurológico de los niños. Reduce el coeficiente intelectual, aumenta la impulsividad, dificulta el aprendizaje. Durante medio siglo, millones de niños crecieron respirando aire cargado de plomo de los tubos de escape, sus cerebros desarrollándose bajo una lluvia invisible de neurotoxinas. Algunos economistas incluso han lanzado la hipótesis (basada en cálculos) de que la eliminación de la gasolina con plomo explicaría parte de la reducción de la criminalidad violenta en Estados Unidos a partir de los años noventa. Patterson murió en 1995. Pero su victoria fue parcial. La OMS estima que un millón de personas mueren cada año por envenenamiento de plomo, el 90 por ciento en países pobres, donde sigue presente en el agua, pinturas, baterías... n

Sobre la firma

Carlos Manuel Sánchez