


























¿Por qué nunca me pegaron? ¿Por qué jamás me humillaron? ¿Por qué no fui objeto de burlas y desprecios? Yo, que leía incluso caminando, esa fea costumbre que algunos perfeccionamos, y en el patio del colegio me sentaba con un libro, tan pichi, cerca ... de otros que leían (y nadie les miraba raro tampoco). Que tenía más confianza con la bibliotecaria que con el quiosquero, hombre, a esa edad en la que el quiosquero (¿todavía hay quiosquero?) es lo más parecido a un Dios. ¿No me merecía un pellizco siquiera? A saber en qué tipo de barrio me he criado que la lectura no era algo insólito y extraño, un mal hábito, y ni siquiera llamaba la atención. En qué hogar, que jamás tuve que leer a escondidas, ni bajo las mantas con una linterna, ni me vi empujada a sisar moneditas para comprarme mandanga de la buena en la librería de otro barrio donde nadie me conociera. Yo pedía un libro y un libro me era dado. Incluso sin pedirlo, solo porque alguien (una madre, un abuelo, un tío) pensaba que ese en concreto me iba a gustar y decidía depositarlo, amorosamente, entre mis manos. Leer no me hacía especial, mucho menos rara, en ese lugar extraño del que vengo. De hecho, guárdenme el secreto, había libros por todas partes. Libros al alcance de la mano, libros hasta en el baño (el bidé inutilizado y devenido en revistero), libros sujetando puertas. Nadie dio ningún valor al hecho de que, de entre todos los entretenimientos, de las formas de perder el tiempo, mi favorita fuese leer. No sorprendía ni preocupaba. Era normal. A otros les gusta andar en bicicleta o escalar cumbres, o preparar magdalenas con florituras, que ahora se llaman 'cupcakes' y cuestan un ojo de la cara y quedan fenomenal en Instagram. Pero mientras yo era feliz eligiendo despreocupadamente un libro de entre todos los posibles, con la dramática renuncia a leer otros que eso implica, pequeños lectores como yo estaban sufriendo lo indecible por hacer lo mismo. Y hoy, convertidos todos en adultos célebres, mohínos con razón, arrancan todas sus entrevistas con un lamento: de pequeño me acosaban porque leía. No porque fueran gilipollas (que no lo sé si lo era) o un poco repipis (que tampoco). No. Porque leían. A uno incluso le pegaban en el metro por llevar un libro. Leer era heroico y lo sabían. Y perseveraban en la heroicidad contra los elementos, cuando eso era peor que drogarse. Entre collejas, mofas y befas. Señalados y estigmatizados. Y salieron del infierno, más lectores si cabe, sabiéndose especiales. ¿No merecía yo también aunque fuera una pedorreta de lejos? Pues nada. A mí nadie me empujó, ni me hizo el vacío, ni me lanzó un borrador (al menos no por leer). Y aquí estoy hoy, sin poder quejarme. Porque una panda de desalmados me ha robado la posibilidad de una infancia desdichada solo por leer. Con lo que viste eso hoy.
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