La Feria de Abril de Sevilla se mide en farolillos, albero, sevillanas y trajes con volantes, pero también en barras que no paran, comandas que vuelan y panes pequeños que salen de cocina como si llevaran prisa.
El montadito, en ese ambiente, no es un capricho menor. Es una solución perfecta para comer entre una copa de rebujito, una vuelta por el Real y una conversación que se alarga más de la cuenta. En la Feria 2026, los montaditos siguen siendo una de las opciones individuales más comunes en las casetas, junto al jamón, las gambas, las croquetas, el pescado frito, la cerveza y el rebujito.
Lo bueno del montadito sevillano es que no pretende hacerse el fino. Puede llevar pringá, lomo, chorizo picante, carne mechá, gambas, melva, queso, jamón, alioli, pimiento o una salsa de esas que convierten la servilleta en artículo de primera necesidad. El formato aguanta muy bien el ritmo feriante: se come rápido, cabe en la mano, no exige cubiertos y permite picar algo con fundamento sin sentarse a una comida larga.
En las cocinas de caseta el volumen manda. Una crónica reciente sobre la Feria contaba cómo algunas barras pueden mover entre 20 y 30 kilos de montaditos diarios, además de 300 o 400 litros de rebujito en jornadas fuertes. Ahí se entiende mejor por qué estos bocados tienen tanto peso: no están para decorar la carta, sino para sostener el hambre real de la Feria.

Los montaditos de Sevilla que sí hay que tener en el radar
El montadito de pringá es uno de los grandes nombres sevillanos. Viene del aprovechamiento del puchero o del cocido, con carnes desmenuzadas y mezcladas hasta quedar jugosas: cerdo, ternera, tocino, morcilla, chorizo y todo ese fondo sabroso que pide pan caliente. En Sevilla aparece hasta en desayunos, así que en Feria entra con naturalidad absoluta: es intenso, graso en el mejor sentido y muy de barra.
El piripi es otro imprescindible. Nació ligado a la Bodeguita Antonio Romero y se ha convertido en uno de los montaditos con nombre propio más famosos de la ciudad. Su fórmula reconocible junta lomo de cerdo, bacon, queso, tomate natural, mayonesa y salsa piripi, una mezcla que tiene justo lo que busca quien lleva varias horas de Feria: carne, jugosidad, salsa y cero ganas de ponerse solemne.
El serranito, aunque muchas veces se sirve como bocadillo grande, funciona de maravilla en versión mini. La receta más clásica combina lomo de cerdo a la plancha, jamón serrano y pimiento verde frito, con versiones que añaden tortilla francesa, alioli o patatas fritas. En una caseta, esa mezcla tiene todo el sentido: carne hecha al momento, salado del jamón, pimiento con carácter y pan para recogerlo todo.
El mantecaíto merece sitio propio porque es Sevilla metida entre panes. Básicamente lleva al formato montadito la tapa de solomillo al whisky, con su salsa, sus ajitos y, en muchos casos, patatas fritas dentro. No es ligero, no pretende serlo y seguramente por eso se entiende tan bien con una Feria que rara vez se vive a medio gas.
Patamulo y romanito, dos nombres que no se pueden dejar fuera
El patamulo es de esos montaditos que demuestran que no siempre hacen falta seis ingredientes para que un bocado tenga personalidad. Se asocia a Casa Moreno y gira alrededor del queso Pata de Mulo, un queso de oveja intenso que se sirve medio fundido en el pan. Pan y queso, sí, pero con un queso que manda. Cuando aparece en una ruta sevillana de montaditos, lo hace precisamente por esa sencillez con mala idea.
El romanito va por otro camino: más directo, más de barra y más canalla. En cartas sevillanas como la de Patio San Eloy aparece con chorizo picante y crema de queso, una pareja que no se anda con rodeos. El picante del chorizo, el punto lácteo de la crema y el pan calentito hacen un montadito muy reconocible, de esos que piden cerveza o rebujito al lado sin tener que explicarse demasiado.

Melva, gambas y conservas: el lado fresco del montadito sevillano
No todo en Feria tiene que venir de la plancha o de la salsa caliente. El capote de melva es otro montadito sevillano que entra muy bien en este mapa. Parte del montadito de melva y suele completarse con pimiento morrón, mayonesa y, en algunas versiones, tomate. Tiene ese aire de conserva buena y barra andaluza que se agradece cuando el cuerpo pide algo sabroso pero no necesariamente pesado.
El montadito de gambas con alioli también es muy sevillano. Lo habitual es encontrarlo con gambas o langostinos cocidos y una ración generosa de alioli, aunque también existen versiones con gambas al ajillo y su aceitito dentro del pan. En Feria funciona porque aporta marisco, frescura y salsa sin complicar demasiado el servicio. Eso sí, aquí no vale la racanería: un montadito de gambas tiene que saber a gambas, no a pan con recuerdo.
También entran en esta familia los montaditos de ahumados, de anchoas, de bacalao con salmorejo o de palometa con queso fresco, como el San Martín. No todos son igual de habituales en caseta, pero pertenecen a ese repertorio sevillano de barra donde el pan pequeño sirve para montar conservas, salazones y ahumados con bastante gracia.
Carne mechá, ibérico, tortilla y otros bocados que sostienen la Feria
La carne mechá es comodísima para una carta de Feria. Se puede servir fría o templada, en lonchas finas, con salsa, con queso fundido o acompañada de algún toque más alegre. En cartas sevillanas aparece en montaditos como el jerezano, con carne mechá, queso fundido y salsa española, y también vinculada a versiones de serranito.
El montadito ibérico no necesita muchos adornos: jamón ibérico, aceite de oliva y pan. Puede parecer el más sencillo de todos, pero en Feria tiene mucho tirón porque es limpio, reconocible y no falla si el producto acompaña. Algo parecido ocurre con el montadito de tortilla de patatas, que en cartas sevillanas puede aparecer como madrileño y que funciona muy bien cuando se quiere un bocado más amable, con mayonesa si hace falta para darle jugosidad.
El pepito de lomo, el chorizo picante con queso, los montaditos de roquefort o Cabrales, el solomillo al whisky y algunas versiones de pollo con alioli completan esa parte más carnívora y tabernera del catálogo. Son bocados de barra, de plancha, de queso fundido y de salsa. Justo lo que muchas veces pide el cuerpo cuando la Feria se alarga y todavía queda tarde por delante.

Montaditos con nombre propio: Sevilla también se come por apodos
Una de las cosas más bonitas del montadito sevillano es que muchos tienen nombre. Piripi, patamulo, romanito, capote, completo, bobito, distraído, matrimonio o San Martín no son simples rellenos puestos en una carta: son pequeños bocados con historia de bar, barrio y costumbre. La guía de montaditos con nombre propio de Alejandro Suárez reunió precisamente ese inventario de minibocadillos populares de Sevilla y alrededores, con los establecimientos que los consagraron.
El completo, por ejemplo, se vincula a Los Claveles y lleva secreto ibérico, jamón ibérico y huevo de codorniz. El matrimonio junta anchoa y boquerón. El distraído se mueve más hacia la Sierra de Huelva, con papada o panceta ibérica muy fina, tomate y aceite. No todos son estrictamente de Feria ni todos aparecen en una caseta, pero ayudan a entender algo importante: en Sevilla el montadito no es solo “un bocadillito”. Es una manera de contar la ciudad desde la barra.
Qué montaditos pediría en una caseta de Feria
Para una Feria de Abril bien comida, yo empezaría por un trío seguro: pringá, piripi y gambas con alioli. Ahí tienes potencia, salsa, carne y un punto marinero. Después metería un serranito mini o un mantecaíto, según el hambre que haya en la mesa. Y si la carta lo permite, remataría con un romanito o un patamulo, porque son justo esos nombres los que convierten una bandeja de montaditos en algo más sevillano y más memorable.
La clave está en no pedirlos como si fueran simples bocados para salir del paso. En Feria, el montadito cumple una función muy seria: te permite seguir. Seguir hablando, seguir bailando, seguir bebiendo rebujito, seguir entrando y saliendo de casetas y seguir creyendo que todavía es pronto aunque el reloj diga otra cosa.
Los montaditos sevillanos de Feria tienen esa mezcla de practicidad y gracia que pocas comidas consiguen. Caben en una mano, admiten mil versiones y resumen media ciudad entre dos panes. Por eso, cuando el Real aprieta, la barra echa humo y alguien pregunta qué se pide para picar, la respuesta casi siempre acaba llegando igual: unos montaditos al centro, y que empiece lo bueno.
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