Parque Natural
En este tramo, entre Salamanca y Zamora, el río siembra arraigo entre sus habitantes y deja una cicatriz profunda y antigua de piedra, marcando frontera de tesón: la del agua camino de tierras portuguesas
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Mar Ramírez
Al asomarse por primera vez al borde del cañón del Duero, el suelo desaparece. Cientos de metros de roca granítica caen en vertical hacia el hilo plateado del río, allá abajo, discurriendo indiferente y poderoso. Los zamoranos lo llaman 'Los Arribes'; los salmantinos, 'Las Arribes'. ... La discusión sobre el artículo es lo único pequeño en este paisaje descomunal.
Territorio con alma
En ruta, el silencio solo lo rompe el sonido de los cencerros. Desde las cercas de piedra, el ganado observa con esa calma que solo da pertenecer al lugar. El asno zamorano-leonés, grande, de buen pelaje, señorial a su manera, recuerda que hubo un tiempo en que estas tierras se labraban a su paso. La vaca sayaguesa, descendiente directa del ancestral uro, es otro de esos animales que parecen haber crecido de la misma roca del territorio; raza bovina protegida desde 1979, cuenta hoy con una asociación de ganaderos que vela con rigor por la pureza de su patrimonio genético.
El arraigo de estas tierras no es solo animal ni geológico. Es también humano, y tiene la textura de lo que se construye despacio. Los Arribes conocieron el éxodo de mediados del siglo XX y sus pueblos llevan décadas recuperando pulso, primero con los retornos del verano, después con algo más sólido, las personas que eligieron quedarse (o volver) cuando permanecer no era la opción obvia.
Teresa Cotorruelo elabora en su obrador de Fornillos de Fermoselle las mermeladas Oh Saúco, pequeños frascos con sabores que saben exactamente a donde fueron hechos. Sara y Francisco llegaron atraídos por la biodiversidad de un territorio que mezcla lo atlántico y lo mediterráneo en pocos kilómetros, y convirtieron esa rareza en quesos y vinos de la quesería y bodega La Setera. En Ahigal de los Aceiteros, Loli Sánchez dirige la única almazara ecológica de Castilla y León, continuando una tradición olivarera familiar con la convicción de quien sabe que el olivo y este suelo llevan entendiéndose desde hace siglos. Y en Formariz, las viñas de El Hato y El Garabato demuestran que las variedades locales que cultivaron los oriundos (olvidadas durante décadas) tienen hoy mucho que decir al mundo.
Los Arribes del Duero no son un destino que se agote en un fin de semana. Son un territorio que se va desvelando despacio, como el propio río, con paciencia y en profundidad.























