
























Para ser república bananera, a España le faltaba un poco de calor. En una mañana fresca —pero fresca—, se presentó a declarar en el Supremo José Luis Ábalos con unas gafas, un kleenex para el resfriado y meses de prisión sobre la espalda. Ábalos ... es un francotirador, pero le gusta moverse en ese papel del que no se entera pese a lo evidente, de golfo español al que uno no sabe si meter en la cárcel o invitar a organizar un arroz en la terraza. Por eso, cuando decía sus cosas en la sala, entre la prensa se escapaban risas, un poco enlatadas, un poco comprensivas, como todas las risas. El humor es una forma de digresión como cualquier otra porque disuelve los esquemas morales para reconstruirlos en otro plano en el que todo es distinto. Hay un pacto de lectura con el humor y con Ábalos. Y cuando dijo no conocer de nada a Miss Asturias, entramos en esa dimensión blanda y peligrosa de la ternura, donde existen los bandidos adorables. Lo fue durante tres horas. Hasta que se rompió el hechizo.
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