




















Alberto Montaner
Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza
En la 'Historia del capitán cautivo' (Quijote, I, 47), su protagonista y narrador presenta al gobernador otomano de Argel, Hasán Bajá, como un «homicida de todo el género humano» y, añade, «solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra». Este pasaje es uno de los elementos que ha servido para suponer, infundadamente, una relación homosexual entre el «rey de Argel» y el autor del Quijote. Ahora bien, la mera mención del tal de Saavedra también ha atraído la atención de la crítica. Ello se debe a que Cervantes, por un lado, amplió así su apellido sin base genealógica conocida y, por otro, se lo atribuyó al deuteragonista de 'El trato de Argel' (Sayavedra) y al protagonista de 'El gallardo español' (Fernando de Saavedra). En principio, tal proceder no debería resultar problemático, pues responde al elemental decoro por el que el autor se separa de un personaje que, siendo en cierta medida trasunto suyo, aparece de forma favorable, para no incurrir en vanagloria. Pero en el cervantismo hay un sector irredento al que le disgustan las obviedades.
Fue el hispanista francés Combet quien en 1980 planteó que la adopción de Saavedra y su empleo a solas como 'alter ego' del autor significaban un rechazo simbólico del padre, a partir del cual, por una de esas piruetas del psicoanálisis lacaniano, se daba fe de bautismo del nacimiento simbólico del «sujeto del masoquismo». Además, tal cambio implicaría, por vía del travestismo, la figura de la «madre dominante», pues Sayavedra derivaría de saya verde, que Combet interpreta como «falda verde». Sin embargo, en la leyenda sobre el origen de dicho apellido de la que saca esa falsa etimología, la expresión se refiere a la sobreveste de un caballero del siglo XII. En realidad, Saavedra es un apellido toponímico procedente de una parroquia del municipio de Begonte, en Lugo, cuyo nombre deriva de Sala(m) Vetera(m), es decir, Caserío Viejo, como Pontevedra lo hace de Ponte(m) Vetera(m), esto es, Puente Viejo.
Otros estudiosos también han analizado psicológicamente la adopción de Saavedra. Así, María Antonia Garcés, a principios del presente siglo, trasladó la idea de Combet al «trauma» del cautiverio, tras el cual Cervantes habría adoptado ese postizo onomástico inspirándose en el romance de frontera sobre el cautivo Sayavedra. La idea fue retomada en 2013 y repetida en 2024 por Luce López-Baralt, quien, a pesar de conocer la etimología latina de Saavedra, cree poder corroborar la interpretación de Garcés de «una crisis identitaria ya irremediablemente fronteriza» mediante un cruce «baciyélmico» entre un Saavedra «godo» (sic) y un apelativo árabe «Shaibedraa'» que interpreta como «brazo defectuoso». A su juicio, se trata de un compuesto de shâyiba «defecto, tara, mancha» y adh-dhirâ' «brazo», pese a que, según la sintaxis árabe, esa construcción significaría «defecto o tara del brazo», no «brazo defectuoso» y por lo tanto, no se le podría aplicar como «epíteto» o «mal nombre». El apellido norteafricano Shâyib adh-Dhirâ', pronunciado Sheybedhrâ', el primer elemento remite a shâyib 'canoso, viejo', no a shâyiba, que procede de otra raíz árabe.
Aun dejando de lado que Sheybedhrâ' habría dado en español áureo algo como Xeybedra (esdrújulo o agudo, nunca grave), hay que subrayar que Cervantes no estaba lisiado de un brazo, sino de la mano izquierda, como consta por numerosos testimonios coetáneos, tanto propios como ajenos. Por lo tanto, su «epíteto» tendría que referirse a la mano, no al brazo, y en árabe argelino el manco de la mano es 'âyib (men) al-yed, sâqat (men) al-yed o debbûz men yedd-hu, literalmente «tullido de la/su mano». En suma, nada parecido a Saavedra.
Al preparar su biografía cervantina, Alfredo Alvar Ezquerra consultó al respecto a Chat GTP, que le informó correctamente de que Shaibedraa «no es una palabra estándar en árabe dialectal para 'estropeado' o 'manco'» y, a cambio, le propuso varias posibilidades en «lengua tamazight», es decir, en bereber, sugerencia que el biógrafo ha dado por buena, hasta el punto de aparecer destacada en la página web de su editorial en estos términos: «Un cautivo que de Argel con el apellido Sahavedrá, que significa «brazo estropeado» en lengua tamazight, la que él oyó durante su cautiverio». Esto no es posible; primero, porque Cervantes lo que tenía estropeado era la mano, y segundo, porque Argel no está en zona de habla bereber, sino árabe. En todo caso, en la principal variedad argelina de bereber, el cabilio, manco se dice ane«aybu, muy lejos de Saavedra.
Pero, ¿de dónde sale entonces ese enigmático apéndice del apellido cervantino? Sin duda, no del cautiverio, pues Cervantes no lo adoptó hasta 1585, un lustro después del regreso de Argel, y solo lo empleó desde su llegada a Andalucía como comisario de abastos para la Armada Invencible. En ese momento, la combinación Cervantes Saavedra era llevada por familias relevantes de Córdoba y de Sevilla, donde residían los Arias de Saavedra, condes del Castellar. En la ecuación de estos dos apellidos gallegos entran también los Sotomayor, que se consideraban una rama de los Saavedra, lo que posiblemente explique por qué Magdalena, la hermana de Miguel, había adoptado como apellido (mucho antes que él) la forma Pimentel de Sotomayor o simplemente Sotomayor.
Se advierte, pues, que Cervantes no asume la forma del apellido llevada por su amigo, compañero de armas y posible pariente lejano, el cordobés Gonzalo de Cervantes Saavedra, hasta que tiene que partir para Andalucía, como ya señaló Jean Canavaggio en su biografía cervantina de 1986, aunque, en su última edición, de 2015, haya sucumbido también a la tentación berberisca. Sin embargo, la información histórica fehaciente solo permite inferir que la adopción por Cervantes de la extensión Saavedra no se relaciona con ningún trauma psíquico ni con un «epíteto» árabe o bereber, sino con el deseo de evidenciar tanto su ascendencia andaluza como su hidalguía.
Habiendo una plena justificación para la adopción del compuesto Cervantes Saavedra en la mentalidad del Siglo de Oro, resulta ocioso, cuando no impertinente, irse a las costas de Berbería a buscar lo que el alcalaíno tenía en casa, sobre todo cuando ello obliga a darle mancuerda a los vocablos para que digan lo que uno quiere. En definitiva, frente al distorsionador lecho de Procusto ha de preferirse siempre la pulcra navaja de Occam. Dicho en plata, la mejor explicación es la que da cuenta de los datos disponibles de la manera más sencilla.
Alberto Montaner
Es filólogo hispanista y arabista, historiador y poeta
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