

























Ha vuelto Morante de la Puebla en una resurrección torera que completa su teología esdrújula de alamares anchos como caracolas marinas y monteras abombadas que tienden –toreramente– a lo de Mickey Mouse. Se cortó la coleta el 12 de octubre y volvió a hacerse presente en la Maestranza ... el Domingo de Resurrección. Lo veo por la tele, que cuando dan toros en Sevilla es una puerta a otra dimensión, caminando por el filo del tercio de la plaza y su gigantesca pupila cósmica. Sus discípulos no sabíamos bien si era él o el jardinero, como le pasó con Cristo a María Magdalena en el sepulcro vacío. Pero sí: ha vuelto Morante con sus rasguños y sus nubarrones anímicos, y nos enseña las llagas de las manos y los pies. Y hay quien, para reconocerlo, necesita meter la mano en el costado. Pero es el mismo de siempre, en cuerpo glorioso, después de irse en aquel ruedo de Madrid llorando como un chiquillo, vestido de Antoñete y oro, y por el cielo iban los abuelos con sus nietos camino de las plazas de la memoria.
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