






















Sean Hepburn Ferrer está en Florencia, a quince minutos del centro. En un viñedo de una familia muy antigua de nombre Frescobaldi. Vive allí desde 2005, un lugar que define como encantador. «El campo de verdad, no el campo turístico, el que se trabaja», aclara. El hijo de Audrey Hepburn y Mel Ferrer nos atiende desde este privilegiado lugar de la Toscana. Le hemos llamado para charlar con él a propósito de la publicación del libro Audrey íntima (Lunwerg), que ha escrito mano a mano con la periodista y corresponsal de guerra Wendy Holden y que celebramos en el Día del Libro.
El libro, delicioso y con grandes momentos cinematográficos que son pura realidad, es la única «biografía autorizada» de la actriz más icónica de todos los tiempos, con permiso de Marilyn Monroe, su antítesis. Se presenta como «texto definitivo», despuntando así entre cientos de títulos sobre Audrey Kathleen Ruston, la hija única del inglés Joseph Ruston y su segunda esposa, la baronesa neerlandesa Ella van Heemstra. «Incluso hay una monografía sobre su cuello, ¿no es increíble?», se interroga un perplejo Sean. Y añadirá después: «Solo la reina de Inglaterra ha sido más fotografiada que ella».
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Le preguntamos cómo fue vivir con una estrella: «No lo sé. Yo crecí con una madre normal y corriente, que me iba a recoger a la escuela, hacía pasteles para los cumpleaños y me llevaba al centro a comprar libros y calcetines». Una madre que tenía como mejores amigos, eso sí, a Gregory Peck, Billy Wilder, Deborah Kerr o James Stewart. Y, en el mundo de la moda, a su inseparable Hubert de Givenchy.
Todo está en el libro, lo más divino y lo más humano. En sus páginas, la mítica intérprete de Vacaciones en Roma, Historia de una monja o Desayuno con diamantes aparece retratada como una mujer fuerte, feminista y liberada, inspirándose en su propia madre. Como una mujer que subió al cielo del séptimo arte, pero también bajó al «infierno de Somalia», su último viaje, como embajadora de Unicef, la misma organización que la había salvado a ella y a miles de niños tras la Segunda Guerra Mundial. A su lado, su último amor, el actor holandés Robert Wolders.
Audrey Hepburn había nacido en Ixelles-Bruselas (Bélgica) en 1929, estudió en un colegio de Inglaterra, partió para Holanda -tierra natal de su familia materna- en plena contienda, triunfó en Estados Unidos, residió en Italia y por fin encontró su lugar en el mundo en Suiza. Los últimos treinta años de su vida los pasó en La Paisible, una mansión situada en la aldea de Tolochenaz, a orillas del lago Lemán. Hasta el nombre, que quiere decir 'lugar apacible', estaba hecho a su medida.
Al elegir La Paisible, «se estaba rebelando contra Hollywood a su manera, es decir, con discreción. Allí podía pasear a sus perros mientras escuchaba jazz, en lugar de asistir a galas y estrenos», leemos. «En todas las instantáneas de esa época hay perros y flores», recuerda Sean. En palabras de su amiga Deborah Kerr, «intentaba recuperar la paz que le habían robado en la infancia».
Sean Hepburn Ferrer, por su parte, vino al mundo en Bürgenstock, a orillas del lago de Lucerna (Suiza), en 1960; ha trabajado durante cuarenta y siete años en todos los ámbitos de la industria del cine y la televisión, y está volcado en proteger y prolongar el legado artístico y humanitario de Audrey Hepburn. Habla un español más que correcto, que a él le parece «adolescente», engalanado con acento de todas partes. Es tan cosmopolita y políglota como su madre. Esto es lo que nos ha contado.
MUJER HOY. ¿Por qué se animó a escribir este libro de la Audrey más íntima? ¿Aún quedaban cosas por contar?
SEAN HEPBURN. Este viaje empieza hace treinta y tres años cuando ella fallece y yo me siento a escribir una carta para los hijos que esperaba tener algún día. Esas treinta páginas terminaron sobre la mesa de mi amigo Alan Nevins. Él heredó la agencia literaria más importante del mundo de Hollywood, Renaissance, que pertenecía a un hombre legendario, una especie de Mister Magoo, pequeñito, calvo y con gafas, que se llamaba Swifty Lazar. Como no tenía hijos, dejó la agencia a su asistente y yo fui su primer cliente.
Nevins me dijo: «Aquí hay un libro porque el tono es bonito y conmovedor». Imagínate, fue como hacer un traje de un pañuelo. Me pasé los dos años siguientes escribiendo, y de ahí salió Un espíritu elegante (2009), que era más bien una biografía espiritual de mi madre, basada en las conversaciones que tuvimos en los últimos dos meses de su vida. Lleva casi dos millones de copias vendidas, que no está nada mal para alguien que no es escritor. Pero Alan me insistía cada año en que había que hacer un libro que fuera algo así como la última palabra sobre Audrey Hepburn, y terminó convenciéndome. Mi condición fue contar con alguien que me hiciera de filtro, porque yo no iba a ser objetivo, y enseguida me habló de Wendy.
¿Ha sido entonces un trabajo conjunto con Wendy Holden? ¿Cómo se lo plantearon?
Ha sido como un partido de pin-pong. Por mi parte, viniendo del mundo del cine, quería que fuera divertido y entretenido, y tuve la idea de hacer las primeras páginas de cada capítulo como un guion. Como la leyenda había ido dejando que Audrey Hepburn subiera al cielo más y más, como un globo durante un cumpleaños, quise traerla de vuelta a la tierra y darle raíces. Para que la gente sepa que fue un icono de bondad y un icono de estilo, pero tambiénuna mujer independiente en los años 50 a la que acompañó la suerte.
El libro se adentra en su vida más personal, empezando por los problemas que tuvo con su padre, Mel Ferrer, al que califica como «discapacitado emocional». ¿Se marcó líneas rojas?
Lo que más dudé si contar o no fue lo que pasó durante su segundo matrimonio, con Andrea Dotti. Cuando hay infidelidades en una relación hay una especie de vergüenza, y esa misma vergüenza fue lo que me hizo darle vueltas y vueltas antes de incluirlo en el libro. Pero, al mismo tiempo, es la razón por la que lo hice. ¿Por qué? Porque si Audrey Hepburn, que es un símbolo de bondad, de belleza, de ternura, puede sufrir infidelidad, entonces no hay persona en el mundo que esté a salvo de eso. Le puede pasar a cualquiera. Entonces decidí contarlo lo más elegantemente posible.
¿Cómo definiría a Andrea Dotti, al que Audrey conoció en un crucero por el Egeo en 1968 y con quien tuvo a su segundo hijo, Luca?
Andrea era un padrazo fabuloso para un niño porque era muy divertido. Para mí fue una gran tristeza perder eso, pero cuando bebía perdía el control y vivía en su mundo. Cuando mi madre levantó la cabeza y dijo: «¿Cómo es posible que estés haciendo esto?», él en vez de comportarse como un marido, se metió en el papel de psiquiatra y terminó haciéndole luz de gas.
Asombra que su madre mostrara su vulnerabilidad en un mundo acostumbrado a exhibir sus fortalezas.
Ese es el asunto principal del libro. Hemos querido subrayar que es una leyenda, pero también tuvo una vida complicada. Hay que ser muy fuerte para proteger esa vulnerabilidad. Ella dedicó los últimos cinco años de su vida a lograr un mundo más inclusivo, y nosotros estamos intentando mantener ese deseo. Cuando me preguntan por qué sigue atrayendo a las nuevas generaciones, contesto que es porque la consideramos uno de nosotros. En un firmamento donde hay estrellas intocables, con Elizabeth Taylor en el centro, ella es la chica de la puerta de enfrente.
¿Cómo era Audrey Hepburn en casa?
El primer regalo que nos hizo fue criarnos en un entorno sin ideologías de ningún tipo. Y el segundo fue dejar su carrera en su mejor momento para volverse una madre a tiempo completo. Siempre había soñado con tener una familia y no quiso descuidarla pasando largas temporadas en los rodajes. El resultado es que crecí con una madre normal. Si me preguntas cómo es ser el hijo de una estrella, tengo que decirte que no lo sé. Yo crecí con una madre normal y corriente, que me iba a recoger a la escuela, que me llevaba al centro a comprar libros y calcetines, y que hacía pasteles para los cumpleaños.
Normal y corriente no era.
Es verdad que teníamos una casa grande que otros no podían tener. Pero yo fui a una escuela pública francesa con los hijos de los embajadores y también con los del carnicero y los del técnico. No crecí en Hollywood, ni en ese ambiente. No teníamos la costumbre familiar de ver sus películas y ella no se daba ninguna importancia. Fui yo mismo quien descubrí que era actriz. Con 14 años ya, un verano, encontré las copias de sus películas en 16 mm en nuestra casa de Suiza, colgué una sábana en la buhardilla y las puse en un viejo proyector Bell & Howell para verlas una tras otra por la noche con las ventanas abiertas.
¿Cómo recuerda esos momentos?
Bonitos, reales, porque fue mi propio descubrimiento y no algo forzado. A veces, ella subía, me miraba desde lejos y me preguntaba: «¿Qué tal?». Y yo le decía: «Bien, muy bien». Entonces se ponía a hablar del director, del cámara, del maquillador, de los otros actores. Nunca se veía como la responsable del éxito de la película.
¿Tenía predilección Audrey Hepburn por alguna de sus películas?
Más que la película en sí, ella valoraba que durante el rodaje había hecho amistades que luego fueron para toda la vida. Le pasó con Gregory Peck en Vacaciones en Roma, que fue su primer papel importante y la película con la que consiguió un Oscar, o con Billy Wilder a partir de Sabrina.
¿Y su preferida?
Tal vez Una cara de ángel, porque de niña siempre quiso dedicarse al ballet, y ser pareja de Fred Astaire, que era una leyenda, fue un sueño hecho realidad. Me gusta mucho Ariane, porque de todas las películas de Billy es la más estilo Lubitsch. Historia de una monja es un paso importante porque ya no era el típico papel de Audrey Hepburn con los vestidos de Givenchy. Todas tienen un gran valor. El monstruo sagrado de su carrera es Desayuno con diamantes, pero una película como My fair lady esconde un mensaje filosófico importante.
Es curioso cómo llegó a conocer a Givenchy, otra buena jugada del destino.
La mujer de Billy Wilder, una actriz y cantante que también se llamaba Audrey, le aconsejó que visitara a Balenciaga en París cuando estuviera de viaje por Europa para que le diseñara el vestuario de Sabrina. Balenciaga estaba muy ocupado y le recomendó a su protegido, Hubert de Givenchy. A Givenchy le comunicaron que iría Miss Hepburn, y él pensaba que se trataba de Katharine, porque en Francia no se había estrenado todavía Vacaciones en Roma y nadie sabía quién era Audrey. Cuando vio a esa chiquilla delgada, alta, con grandes ojos y el pelo corto, con un pantalón capri, bailarinas y un sombrero veneciano de paja, para él fue una sorpresa absoluta.
Y ya amigos para siempre.
Una amistad que hubiera podido ser algo más, pero él era homosexual. Siempre se tuvieron un gran respeto.
¿Quiénes fueron sus grandes amigos?
De un lado, estaban Connie Wald, que era la esposa de un gran productor hollywoodiense, Jerry Wald, que murió muy joven; Doris Brynner, la mujer de Yul Brynner; la actriz y modelo Capucine o su agente Kurt Frings. Y de otro lado, los actores y directores, como Gregory Peck, James Stewart, aunque no trabajó con él, y su esposa Gloria, Billy Wilder, William Wyler o Stanley Donen.
Su vida fue en sí misma una película, con un guion al nivel de los que protagonizó en la gran pantalla.
Su infancia sí. Luego todo fue bastante lineal, salvo las dificultades con mi padre, que era un hombre muy culto, pero difícil y demasiado perfeccionista, y los problemas en su segundo matrimonio. En la tercera parte de su vida, en la que se entregó a las causas humanitarias, fue otra vez una película. Estoy intentando escribir un guion sobre todo esto, a ver qué sale.
¿En qué idioma se relacionaban?
Mis padres siempre me habían hablado en inglés, pero tenía una nana italiana, así que hablaba también en italiano. Además, mi madre quería que me educara como un niño normal y me matricularon en el colegio del pueblo, que era francés. Y cuando nos fuimos a vivir a Roma, con 10 o 12 años, ella pensó que tenía que perfeccionar mi inglés para no olvidarlo, y me daba todas las semanas a leer Time y Newsweek, además de ver películas en versión original. Hablábamos primero en francés, después en italiano y finalmente en inglés. Y cuando estábamos en España, en español.
¿Cuál es su relación con España?
Mis padres construyeron una casa en Marbella. En aquellos años, Marbella era totalmente diferente a lo que conocemos hoy. Era un lugar donde todo el mundo iba en alpargatas, un poco la Cuba de la primera mitad del siglo XX, con un encanto fantástico. La prueba de que no es el dinero lo que trae la felicidad. No había Ferraris, ni Lamborghinis. Era mucho más íntimo, más auténtico y muy divertido.
¿Tiene casa en nuestro país?
Tengo un piso en Madrid, donde vive una de mis hijas, Athena, que hace doma clásica. Mi esposa, Karin, está ahora mismo allí con ella.
¿Qué han heredado sus hijos de su abuela?
Este trabajo de carácter social es algo que ella me pasó a mí y yo se lo estoy pasando a mis hijos. Cada uno lo vive a su manera. Mi hija Emma, que es artista y pinta, ya ha sido embajadora para ACNUR y Unicef. Athena, aunque está compitiendo en la doma clásica, es también embajadora de una asociación que vela por el cuidado de los caballos. Tiene una relación casi mágica con ellos.
Adone, el hermano de Athena, que son los hijos de mi mujer, está en Suiza y es profesor de golf. Y después están Gregorio y Santiago, que viven juntos en Holanda -han regresado a sus raíces- y están terminando un máster de comunicación y marketing. Son enormes, miden 2,05 metros. Yo soñaba con que iban a jugar al basket, pero están mucho más interesados en la literatura y el pensamiento.
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