






























La fascinación por el Camino de Santiago está desbordando las veredas que van a Compostela. Los caminantes se miden por miles, o decenas de miles, en todas sus vertientes: el Camino Francés, el Portugués, el Primitivo, el del Norte, el Portugués... La fe. La necesidad de conseguir el perdón. De mitigar el estrés. De lavar miedos. De pedir un deseo, hacer una promesa o buscar amigos conforman el secreto de su éxito. Este reportaje no va de esta fórmula, va de descubrirle otra senda que desemboca en Finisterre, pero que prácticamente está vacía y, noticia, sin peregrinos. Un trazado salvaje que recorre la coruñesa Costa de la Muerte desde Malpica al Faro de Finisterre. Doscientos kilómetros de sobriedad verde, mar intenso, ríos, olas, escollos y espuma agitada. Una línea irregular a través de riscos y agricultura heroica. Una oportunidad única de descubrir mundo casi en solitario: el Camino de los Faros.
Antes de ponerse a caminar, la Ruta de los Faros exige un mínimo de planificación. El 99% de los excursionistas camina de norte a sur. Parten de Malpica y acaban en Finisterre. Durante la realización de este reportaje, solo vi a una pareja de vascos haciéndolo en sentido contrario. La regla es simple: seguir los puntos de color verde o los dibujos de unos pies del mismo color. La señalética es digna, pero no estaría mal un repintado y poner carteles en algunos lugares abandonados por la maleza salvaje tras un invierno especialmente lluvioso.

Bajada a la playa de Soesto (Laxe).
En cuanto a la planificación, debe pensar si su opción es llevar la mochila a cuestas en modo caracol y dormir cada noche en un pueblo distinto. El inconveniente: cargar con más peso, cambiar de catre a diario y organizar las reservas antes porque aquí no hay refugios ni albergues como en el Camino de Santiago. La opción que seguimos nosotros fue hospedarnos solo en dos hoteles: cinco jornadas en Laxe (Vida Mar), cuatro en Camariñas (Devalar do Mar). Eso permite tener más ropa, estar más cómodos y llevar una mochila mínima con agua, frutos secos y un impermeable. El pero: la logística. Cada día pillábamos uno o dos taxis o usábamos nuestros coches combinándolo con otro taxi. Los precios iban de 20 a 30 euros para siete personas. Eso sí, algún clavo nos llevamos: ¡aún nos escuecen los 35 euros que nos sopló Josito!
El inicio está en el puerto de Malpica. Allí, el cartel instragameable de un pitufo verde con barretina azul, Traski, el monigote de la Ruta, nos da la bienvenida. La primera etapa une Malpica con la recóndita playa de Niñóns. La página oficial apunta 21 kms, pero mi GPS lo redondea en 22,5 kms., 6 horas 40 minutos de caminata y 832 m. de desnivel. Aunque no lo parezca. El primer día nos pone en nuestro sitio. El sendero es más exigente de lo que parece y hasta el cuarto día no estaremos en forma. Así que paciencia y pasos.

Ruta entre la naturaleza a pie de mar.
Repasando fotos, notas y emociones de ese día 1, veo las solitarias playas de Seaia, Beo y los carteles que advierten al bañista de la "presencia de carabelas portuguesas", esas medusas gigantes y peligrosas. Paredes de piedra seca, sendas estrechas, mucha hierba. El sol durante los ocho días será permamente. Galicia no es lo que era.
Nos descalzamos y atravesamos ríos que abren surcos enormes en la arena de playa para morir en el mar -¡qué buena experiencia!-. En Barizo, pasamos por A Ostreira, una empresa gallega líder en acuicultura y ostras que produce anualmente 150 millones de semillas de almeja fina, babosa y japonesa. A sus pies, el mar está ligeramente ondulado jugando a romper con las rocas que se agolpan en la orilla. En las crestas asoman los primeros generadores de energía eólica. El sube y baja desemboca en el coqueto faro de Punta Nariga, lugar idóneo para descansar, comer y sestear arrullado por el jadeo de la marea.
El día dos se estira desde Niñóns a Ponteceso: 28 kms, 9 horas y 1.054 metros de desnivel. Nuevas playas aisladas y un camino estrecho por la superpoblación de hierbas. Helechos, ortigas y zarzas arañan las piernas con saña. Si quiere evitarlo, pantalón largo. Playa de A Barda, aguas cristalinas y zigzags exigentes por la Costa de Tremosa hasta llegar a la aldea de Roncudo y al moderno faro del mismo nombre rodeado de andamios.

Una cruz en Ponteceso.
Atravesamos casetas de pescadores, hacemos un alto en el Mirador de Antón, reparamos en su atrapasueños de conchas y fotografiamos las rocas abrigadas con relucientes algas verdes, así como las cruces de granito que se erigen frente al mar para subrayar que estamos en la Costa de la Muerte.
La tercera jornada va de Ponteceso a a Laxe, nuestro primer cuartel general. 25 kilómetros, siete horas y 735 m. de desnivel. Ahí nos adentramos en las sombras de la Ruta de los Molinos aprovechando la fuerza del río. Curioseamos entre los restos de las conducciones de agua, disfrutamos de los líquenes, apartamos los frutos rojos de los treviscos y avanzamos entre inmensos abedules. Así hasta llegar al castro de Borneiro.

El dolmen de Dombate.
Estamos en el concello de Cabana de Bergantiños frente a los restos arqueológicos y las paredes redondas de un pueblo fortificado para 400 personas de la Era del Hierro. También hacemos una paradiña para apreciar el dolmen de Dombate y subimos hasta un punto geodésico para ver la desembocadura del río Anllóns en la Ría de Corme.
El camino sigue siendo solitario, apenas nos cruzamos a cuatro o cinco personas cada día. Hasta que avistamos a tres mujeres que aceleran, que vuelan, cada vez que nos presienten. Son tres simpatiquísimas jóvenes enfermeras del servicio de Nefrología de Orense. Tres ángeles para los enfermos del servicio de diálisis que están realizando las cuatro primeras etapas del Camino de los Faros.
El cuarto día (Laxe-Arou) es un antes y un después para mí y mis compañeros. Cristina, Marta, Roberto, Picus y servidor acumulamos fatiga y agujetas a partes iguales. Además de los estiramientos, corre el magnesio y un recuperador muscular con cúrcuma y colágeno. El día es valle: sólo 18 kms, pero no les voy a engañar, tampoco será un regalo. En Laxe descubrimos el cementerio pegado a la Playa de los Cristales con su suelo de restos de botellas redondeados por la marea. Al lado está la Piedra de los Enamorados, el lugar donde los jóvenes de Laxe pelan la pava vigilados por el mar y sus ancestros.
En Laxe disfrutamos de sus dunas, de su paseo marítimo y de sus percebes. Incluso hubo tiempo para la espiritualidad: abusando del sacristán, logramos que nos abriera la iglesia de Santa María de la Atalaya para poner unas velas a las hijas universitarias que andaban de exámenes. Fuera de la parroquia, y siguiendo la Ruta del Percebe, nos topamos con el Faro de Laxe, otra obra reciente y automatizada. A pocos metros, un círculo muestra el Memorial de la Espera, donde la figura de una mujer y su bebé miran al horizonte a la espera del marido pescador perdido en la inmensidad. La bajada a la playa de Soesto es un espectáculo. A lo lejos, unas furgonetas camper esperan que la marea les regale unas olas surferas. El sitio, un cachito de paraíso, está vacío. Nuestra gran pregunta es: ¿cómo estará en verano?

El faro del cabo Villán, en Camariñas.
El quinto día, Arou-Camariñas, sumó 25 kms y 7 horas 47 minutos. El paseo placentero por dunas, pasarelas de madera y playazas desemboca en Camelle. Allí rendimos tributo a la memoria de Manfred, el artista alemán que fue un símbolo de resistencia frente al desastre ecológico del Prestige en 2002, año en el que falleció. También pinchamos con el menú del bar Rotterdam, en una demostración viva de que ya no funciona el tópico que dice "en Galicia se come bien en cualquier sitio".
El Cementerio de los Ingleses, un recinto humilde frente al salvaje Atlántico donde se honra la memoria de todos los náufragos de la Costa de la Muerte, da mucho que pensar. También el imponente faro del Cabo Villán. El faro eléctrico más antiguo de España. Un armatoste de 25 metros erigido sobre el antiguo edificio de los fareros -llegaron a convivir seis familias a la vez- en una península rodeada de un mar que asusta por su bravura. Un ingenio que ha evitado muchas muertes.
A la entrada de Camariñas le pongo tono épico para sorpresa de mi equipo. Saco el móvil, pincho Amazon Music, y sintonizo a Luz Casal cantando Camariñas con la Real Filharmonía de Galicia. Las vecinas asomadas a los balcones me miran raro, pero me da lo mismo: "Camariñas, Camariñas/xa me vas camariñando/por unha de Camariñas/vivo no mundo penando...".
La etapa 6, Camariñas-Muxía, es gigante, 32,6 kms, pero a estas alturas del concierto otros caminantes nos han aconsejado quitarnos los primeros diez kilómetros de carretera y asfalto. ¡Sabia decisión! Por el camino, pis y café en el precioso chill out con vistas del camping Lago Mar. Seguimos la Senda del Río Negro, disfrutando de unos molinos camuflados. En Muxía nos topamos con peregrinos y tras ellos entramos en el Santuario da Nosa Señora da Barca donde encendemos otras dos velas para que las hijas aprueben los finales.

Merecido descanso a los pies del Faro Roncudo.
La jornada 7 une Muxía con la playa surfer y abierta de Nemiña: 19 kilómetros y seis horas de paseo tras algún recorte de última hora. En Muxía, compramos empanada riquísima en la panadería Jurés, donde nos quedamos embelesados escuchando a la dueña mientras recuerda cómo sus padres emprendieron desde la pobreza. A la salida del pueblo, una playa vigilada por el mastodóntico y futurista Parador Nacional.
El día 8, el de la traca final, nos lleva a Finisterre tras 25 kilómetros. Las piernas andan fresquitas porque pisamos la orilla y las olas que rompían en la playa de Rostro durante dos kilómetros. En el faro de Finisterre, con el runrún del mar aún fresco en nuestros cerebros y las endorfinas por las nubes, nos abrazamos y conjuramos para volver a patear el año que viene. Ni un problema ni una queja ni un reproche. Kilómetros que dan vida.
CÓMO LLEGAR
Vuelos a Coruña o a Santiago. Valore ir en coche.
DÓNDE COMER
En Laxe, tome pescado en mayúsculas en Mar de Fondo. Cerca de Finisterre, en Lires, abandónese a la carne madurada en el Hotel As Eiras. Y para romper los esquemas, pruebe un italiano de ensueño en Ponte de Porto: La Tavernetta.
DÓNDE DORMIR
Hotel Vida Mar de Laxe. Tres estrellas de precio ajustado y habitaciones limpias.
Hotel Devalar do Mar Camariñas. Arquitectura moderna y divertida con tres estrellas. Amables y con tarifa razonable.
MÁS INFORMACIÓN
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