



























"Me gusta pensar que están ahí fuera y que de noche pasan nadando sin que nadie les vea". Juan Poyatos es periodista, divulgador y una de las personas que más ha investigado sobre el tiburón blanco en Baleares, un archipiélago donde la presencia de este gran escualo y colosal depredador del mar sigue siendo legendaria, históricamente documentada, pero a día de hoy casi una fantasmagoría del pasado.
Poyatos conoce como pocos la materia, que aborda en su libro Tiburones en el mar balear. La ha investigado y la ha rastreado concienzudamente, recopilando el testimonio de aquellos hombres de mar que vieron y tocaron con sus propias manos las fauces del gran blanco (Carcharodon carcharias) en las aguas de Mallorca, inmortalizando el momento, sobre todo entre los años 60 y 70 del siglo pasado.
De aquella época datan las principales y mejor acreditadas capturas de ejemplares de tiburón blanco en las Islas. Un estudio publicado por diversos autores, con Gabriel Morey a la cabeza, biólogo marino del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (asociado al CSIC), llegó a documentar exactamente 27 «capturas fiables» entre 1920 y 1970 de la especie en Mallorca, así como 8 restos de su mordedura letal en presas muertas, principalmente delfines y tortugas que aparecieron varados en las costas baleares.
«No cabe duda de que siempre ha estado en el Mediterráneo», explica Poyatos, que recuerda que los griegos ya conocían a esta gran criatura en su hábitat mediterráneo, a la que llamaban «gran lamia» y que temían por su portentosa fuerza depredadora. Lo incluían en la descripción de algunas batallas navales, como una "pesadilla peor que el propio enemigo".
«En el pasado se alimentaba de las poblaciones mediterráneas de foca monje, hoy prácticamente desaparecidas», una especie que tuvo en Baleares una importante colonia y que se extinguió a finales de los 50. El aporte de grasa de la foca era sustento del gran escualo, uno de sus principales alimentos junto a los grandes cetáceos, habitualmente consumidos como carroña.
Todas aquellas capturas en Mallorca fueron accidentales, casi siempre en invierno, cuando el agua del mar es menos cálida en superficie y no disuade a este animal termosensible, que huye del agua cálida. Las crónicas locales aluden a un pescador identificado como "Pep Domingo" que llegó a capturar tres en una sola semana
Los grandes blancos quedaban atrapados en las redes, víctimas colaterales de la técnica pesquera de la almadraba, el arte de pesca tradicional que se usaba para la captura del atún rojo, otro de los menús predilectos del tiburón. Los escualos quedaban atrapados en la red al entrar atraídos por sus presas, que tienen en aguas de Baleares una de sus rutas migratorias desde el Mediterráneo oriental.
La mayoría de los ejemplares capturados eran subadultos y adultos y se pescaron en invierno (no hubo ninguna captura en verano), especialmente en la costa noreste de Mallorca, zona de gran tradición pesquera.
Los científicos señalaron en su estudio que la población balear no se puede considerar permanente pero sí estacional, con una "presencia estacional regular" probablemente atraídos por la alimentación. Nueve de los tiburones registrados en aquellas décadas eran hembras y uno era macho.
«Antiguamente las redes eran de tejidos naturales y los tiburones podían romperlas con facilidad pero a mediados de siglo se empezaron a emplear hilos de plástico; el nailon no se rompía y por eso quedaban atrapados», explica Poyatos, que para su libro entrevistó uno a uno los pescadores vivos que presenciaron aquellas capturas, así como a sus descendientes, testigos de aquellas historias legendarias del gran blanco.
De aquellos días quedan recuerdos y también memorias fósiles. No son pocos los coleccionistas privados mallorquines que guardan mandíbulas y dientes atribuidos supuestamente al gran blanco. Sin embargo, ninguna prueba científica lo ha podido acreditar.

Un ejemplar de tiburón capturado en el norte de Mallorca.Archivo Juan Poyatos
«Los tiburones blancos sencillamente están en el agua del mar: ellos no entienden de países ni de fronteras, nadan grandes distancias -hasta 120 kilómetros diarios- y se mueven por la alimentación, por la temperatura del agua o por la salinidad», apostilla el divulgador y experto en tiburones, que colabora con organizaciones científicas especializadas que actualmente tratan de conseguir algo inédito: filmar un gran blanco en aguas baleares. En vivo, en su hábitat.
La más activa es Sharkmed, cuyo presidente, Agustí Torres, explica cómo llevan desde 2017 intentando grabar uno. Colocan cámaras en mar abierto con cebos a base de carne de atún y cetáceo.
De momento no han tenido éxito, pero siguen con la esperanza intacta: «No desfallecemos», dice Torres, que defiende que documentar la presencia de este legendario animal «ayudaría a su preservación, muy beneficiosa para el ecosistema por su condición de depredador».
Como Poyatos, no alberga dudas acerca de la presencia de este tiburón en el Mediterráneo, con zonas de cría y zonas de alimentación.
La noticia reciente de la confirmación del hallazgo de un tiburón blanco en Alicante, un juvenil de algo más de dos metros de longitud que ha sido confirmada por el CSIC, alienta su trabajo: «Es una buena noticia que nos ayuda a seguir con nuestra labor».
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。