





























Lejos de lo que solemos creer, las fantasías sexuales no aparecen de la nada. No son caprichos aleatorios ni ideas raras que nos invaden sin motivo aparente. Son el resultado de una delicada conversación entre el cuerpo, la mente y la cultura en la que vivimos.
Muchas mujeres se preguntan, habitualmente en silencio, ¿por qué imagino esto?, ¿qué dice de mí esta fantasía? e incluso: ¿debería querer hacerlo realidad... o basta con pensarlo para disfrutarlo?Sin duda, la respuesta suele ser más amable e interesante de lo que solemos creer.
Desde el punto de vista biológico, las fantasías cumplen una función clara, y es activar el sistema del deseo y la motivación sexual. El cerebro puede tener un potencial erótico asombroso, si se activa adecuadamente. Puede responder intensamente a la imaginación y generar activación física real, incluso sin contacto físico. Activar nuestra clave erótica o tomar consciencia sexual, inherente al ser humano, puede ser bastante sencillo, conectando con la sensorialidad y cultivando la fantasía, por ejemplo. Aunque también puede verse afectado en negativo por diversos factores, como el temible estrés; pero no es el único.
Aunque las hormonas importan, y mucho, en las mujeres, el deseo suele ser más contextual y mental. Fantasear permite anticipar sensaciones, conectar con la seguridad emocional y liberar tensiones. No es casual que, según el Estudio Sobre Hábitos Sexuales 2025 de Diversual, una de las fantasías más frecuentes sea la de ser dominada sexualmente; no como sumisión real, sino como entrega simbólica y permiso para soltar el control. Control que, culturalmente, nos han potenciado y premiado, acorde a nuestro rol de género. Vamos, lo que ya conocemos: que si él desea mucho es "muy macho", y si nosotras lo hacemos, somos "unas frescas".
Nuestras fantasías también se construyen dentro de un marco social. Durante décadas, a las mujeres se nos enseñó a ser discretas con el deseo y prudentes con el placer. Pero el deseo no desapareció, sólo permaneció secuestrado en nuestro interior, sin hacer mucho caso a nuestras fantasías eróticas, por sentirlo algo "sucio" e impropio de "una señorita". Este tipo de estereotipos sexistas y machistas, tan arraigados, han pasado una gran factura a la sexualidad femenina, afectando negativamente al deseo, el placer y disminuyendo la probabilidad de acercamiento a lo genital, desde la búsqueda del placer propio, pero no como objetos del deseo ajeno; aunque esto también pueda acabar generando rechazo; pero ese es otro tema.
Sin duda, todo esto afectan a la creación fantaseada de contextos eróticos, sensuales y sexuales. Vamos, que no estamos muy entrenadas en la construcción de fantasías eróticas, pero ellos sí.
Son curiosos los datos de Diversual, que muestran diferencias por provincia, siendo los contextos más conservadores en los que aparecen fantasías más transgresoras; mientras que en otros predomina la búsqueda de novedad o juego. Esto indicaría que, cuanto más contenido esté el deseo en lo social, más creativo suele volverse en lo íntimo.
También influye la edad. Las mujeres jóvenes han crecido con más discursos "sexpositivos", pero las adultas y mayores muestran mayores niveles de disfrute y orgasmo, señal de una reconciliación progresiva y poderosa con el propio cuerpo. Aunque aquí habría que hablar de crianza y menopausia, donde el deseo y las fantasías suelen verse afectadas significativamente. Sobre todo si no hubo un trabajo erótico o mindfulsex, previo a estas etapas vitales.
Aquí está una de las claves más importantes: las fantasías no hablan tanto de lo que queremos hacer, sino de cómo queremos sentirnos.
Muchas imaginan situaciones que no encajan con su rol cotidiano, asociado, generalmente, a mujeres responsables, cuidadoras, líderes, madres, profesionales exigentes. Desde la psicología, la fantasía funciona como un espacio seguro para explorar emociones como la vulnerabilidad, el deseo de ser elegida, la curiosidad o la transgresión, sin culpa ni consecuencias.
Fantasear con un trío, por ejemplo, no siempre implica querer llevarlo a la práctica sino, quizá, con conectar con la sensación de ser deseada o validada. E imaginar lugares públicos en los que practicamos sexo suele hablar más del deseo de sentir vitalidad y espontaneidad que del riesgo.
Un dato revelador es que la fantasía más llevada a la práctica no es la más extrema, sino tener sexo fuera del dormitorio. Aunque luego descubran que no es tan cómodo. En cambio, otras fantasías, como el intercambio de parejas o el sexo con personas famosas, apenas se materializan.
Y eso está bien. La fantasía no es una obligación ni un plan. Puede ser estímulo, refugio, espejo emocional o simple disfrute privado. Es importante asimilar que fantasear no nos define como personas, pero sí nos ofrece pistas valiosas sobre nuestro mundo emocional. Nos habla de necesidades, deseos y límites. Y, sobre todo, nos recuerda algo esencial: la imaginación también es una forma legítima de vivir la sexualidad.
Y ahora comienza el entrenamiento. ¿Cuáles son tus fantasías? ¿Y cuáles llevarías a la práctica? A veces, basta con permitirnos imaginarlo, sin más. Porque no es necesario que suceda todo lo que deseamos.
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