























En una de las muchas escenas cinematográficas que Woody Allen dedica al sexo -una de sus grandes obsesiones-, un matrimonio organiza su vida erótica como quien gestiona la colada o el batch cooking de la semana. La cosa viene a resumirse en si se pegan un revolcón antes de ir al súper o después, con la compra ya resuelta.
La escena, risas aparte, entra fácil, pero esa comicidad deja un runrún al espectador. ¿Es el sexo una tarea a la que hacer check? Y, en caso afirmativo, ¿corresponde buscarle un hueco en nuestro planning? Y más: ¿no debería ser cada episodio concupiscente resultado de una pasión desatada y espontánea?
Estas cavilaciones se atribuyen, generalmente, a relaciones de media o larga duración, así que es muy oportuno un estudio de la marca de bienestar sexual We-Vibe, realizado en noviembre, sobre cómo mantienen la pasión las parejas tras más de cinco años juntos. Los encuestados sostienen que lo que les aporta más rocanrol es una comunicación sexual abierta con su partenaire, seguido del uso de juguetes eróticos y, atención, organizar citas románticas. "Esto demuestra que el deseo se alimenta del vínculo emocional y de los pequeños gestos cotidianos", dice la sexóloga y experta de la firma Ana Lombardía, aunque la excitación volcánica y urgente esté mucho más romantizada.
Pero hay que pinchar el globo: el enamoramiento dota al cuerpo de drogas naturales para mantenernos activos sexualmente, ya que su objetivo es la perpetuación de la especie. Por eso, el sexo en la primera fase es más frecuente y no sabe de agenda ni de horarios. "Es imposible que esto dure más de dos años y con la estabilidad se acaba este tipo de deseo espontáneo", explica la sexóloga y terapeuta de pareja Ana Blázquez.
Y despacha contundente: "Lo de la chispa permanente es mentira. Con el tiempo, va a ser más difícil que tengas ganas porque sí. Nos han dicho que el deseo sexual viene del cielo, pero se tiene que trabajar. No hay que forzarse, pero sí esforzarse, que es distinto", dice rotunda.
Y aquí entra en juego eso que suena tan frío y hasta casi hostil como agendar el sexo. No tanto quizá como planteaba Woody Allen, que casi encajaba los escarceos en un éxcel doméstico, pero por ahí va la cosa. "A una determinada edad tienes que ocuparte del trabajo, los niños, los padres, la reunión del colegio, la compra, el gimnasio... ¿Cómo vamos a improvisar el sexo? ¿Un miércoles a las 9 de la noche voy a acostarme con mi marido? Es una idea loquísima. A esa hora ya no puedo más y antes, ando a mil cosas. Supongo que si tuviera un novio de hace dos meses podría ser, pero...", cuenta Anabel, de 53 años y en pareja desde hace más de dos décadas.
Marta Torrón, fisiosexóloga y autora de Tu cuerpo mola (Montena, 2021), está muy a favor de agendar el sexo y de introducirlo, también, en la conversación diaria: "No es nada tan serio como para sentarnos y tener una reunión. De camino al súper puedes hablar con tu pareja de si algo no te gustó o de cosas nuevas que quieras probar. Es mejor abordarlo en situaciones ligeras".
Torrón considera que incorporar el sexo al calendario "es precioso", porque significa que ponemos atención en ello. "Es un acto de autocuidado. Para darte un masaje o ir al fisio tienes que hacerlo. Espontáneamente no se dará, así que si no lo planificas no vas a vivir esa experiencia. Con el sexo es igual. Si tienes un hueco en la agenda, apúntalo. Si no, lo rellenarás con otra cosa y te lo vas a perder", sostiene.
Esta experta analiza por qué el acto de planificar puede resultar "ofensivo" o chocante para algunos. Coloca en el centro de su argumento la teoría del cuerpo borrado, en virtud de la cual vivimos con el físico y la mente desconectados, especialmente las mujeres. Esta brecha provoca una cierta disfunción erótica y así, vamos sumando días mientras nos acostumbramos a vivir con el mínimo placer: "Tenemos tan a mano la vulva como la cara, pero nos relacionamos de modo muy diferente con ellas. Debemos rescatar la capacidad de gozar, de relajarnos y de buscar huecos para el sexo. Y si luego no lo cumplimos, no pasa nada, pero hay que intentar recuperar algo tan básico como tener ganas".
Esta palabra es, en realidad, el quid que sobrevuela sobre todo este asunto. A la falta de libido Torrón la denomina, nada menos, como una auténtica "pandemia". "El estrés tiene a todo el mundo sin ganas y a ello se suma toda esa herencia cultural que arrastramos de desconexión con el cuerpo", añade. Y cita un bonus track que últimamente está en boca de todos, la menopausia: "En el deseo influye la disminución de estrógenos, pero no es nada definitivo ni irreversible porque baja la cantidad, pero no desaparecen del todo".

Para la fisiosexóloga falta una educación sexual de calidad que enseñe cómo funciona el placer en el cuerpo y toda la "farmacia natural que activa", en alusión a la secreción de hormonas que desencadena el sexo. "Es todo un antidepresivo natural", zanja, por lo que reitera su "sí" rotundo a buscarle espacios a la intimidad.
"Los viajes no fluyen, ir a un restaurante, tampoco. No pasa nada por planificar las relaciones sexuales. Además, nos permite cuidarlo más, poner unas sábanas que nos gusten, encender la calefacción, pensar si queremos sacar algo con lo que experimentar, etc. No tenemos que ir siempre al aquí te pillo, aquí te mato, como si eso fuese lo más guay", concluye.
Carolina, de 46 años, casada y con dos hijas adolescentes, coincide punto por punto: "A mí no me valen cinco minutos. De hecho, prefiero no tener sexo a tenerlo deprisa, así que no tengo más remedio que forzar un poco la agenda. Me da mucha rabia tener que hacerlo, pero la realidad es que según mi ritmo de vida o lo hago o no saco hueco".
Esa idea un tanto antipática que tenemos sobre la planificación de los escarceos se debe a la presión que añade. El sentimiento de obligación puede provocar, paradójicamente, bajo deseo sexual y dar al traste con nuestro objetivo de disfrute. Nayara Malnero, experta en terapia sexual y de pareja y conocida en redes como Sexperimentando, matiza que a veces aparecen problemas de erección o de control eyaculatorio en ellos, y dolor durante la relación en ellas.
A su criterio, los hombres sin riesgo de disfunción que no sienten la exigencia de rendir suelen considerar positiva la planificación. "Las mujeres, en cambio, prefieren que surja de manera espontánea", aclara. Algo comprensible, dice, porque la realidad es que damos más valor a ese tipo deseo, aunque sea poco viable en la práctica: "No disfrutas igual un dónut si sabes que te lo puedes comer sólo alguna vez que si llevas mucho tiempo con tu pareja y tienes dónut todos los días".
Algo que quita hierro al hecho de tener una cruz en el calendario es darle la vuelta a la tortilla y erotizar la espera, como propone Malnero: "La expectativa de un encuentro sexual puede aumentar la pasión y el deseo por que llegue".
Planificar un coito forma parte de un relato articulado alrededor de las relaciones longevas. Lo ha dicho la propia sexóloga: dónut y más dónut quitan cierto interés por el dónut en sí mismo hasta el punto de que no nos asaltan las ganas de comernos uno y por eso conviene pararse a pensar cuándo lo haremos. Lucía Jiménez, sexóloga de la firma de juguetería erótica Diversual, rompe un poco esa afiliación de agenda y parejas estables: "Si sales un sábado con una cita o tienes la expectativa de conocer a alguien, te duchas, te pones guapa, te depilas, eliges la lencería... ¿No es esta una manera de planear que pase algo? ¡Esto es de todo menos espontáneo!", opina.
Considera que este ritual de cortejo favorece la creación de un espacio de intimidad donde puede surgir el sexo, de modo que ese deseo inesperado tampoco asoma siempre en esos escenarios. Y amplía: "A lo mejor llevas tres días pensando en esa cita y fantaseando sobre qué pasará, lo que actúa como un afrodisíaco total".
Jiménez plantea cómo podemos limar esa antipatía a agendar un revolcón a la que antes nos referíamos y la explica porque, generalmente, surgen esos dilemas en caso de deseo desigual en la pareja. "Cuando uno tiene más ganas que otro entramos en la dinámica de forzar y ser forzado. En las relaciones largas se nos olvida ligar, seducir y buscar, pero, tranquilos, se puede volver a recordar. No pasa nada", desdramatiza.
Entremos en harina, entonces. La sexóloga de Diversual da pautas y marca líneas rojas: "Lo último que se debería hacer es coger al otro de sorpresa por la espalda y tocarlo. A lo mejor has visto en el cine una escena parecida mientras uno friega los platos, pero no a todo el mundo le funciona".
Ella propone agendar encuentros desde la calma, espacios que abran la puerta al sexo pero sin que sea obligatorio consumarlo según el estándar que impone el coito. Buscar momentos de intimidad, sin interrupciones ni visitas, como ver una película en el sofá en ropa interior y esperar a ver qué pasa. "El deseo es como un gato. Vas y se marcha. Te sientas, lo atraes y al final regresa a ti. Es distinto forzar que promover", afirma.
Jiménez apuesta por cambiar la perspectiva sobre lo que esperamos de la pareja: "Hay muchos mitos sobre la forma en que deben ser las cosas, como que deben anticiparse a nuestros deseos o leernos la mente. Esto lo tratamos con frecuencia en las terapias. Y es más sencillo: si te han preparado algo, romantiza el hecho en sí y piensa que lo han hecho porque han pensado en ti", concluye.
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