




























A las siete de la tarde en punto, Addis Fouché explota de placer. Y con ella, un pavo real llamado Jordi. Los gritos desaforados de uno y otro se elevan sobre el silencio sepulcral de la canícula estival que hasta hace un momento sólo rompía el vaivén del agua en la piscina. Medio centenar de personas asisten a la escena y ahogan la risa por la coincidencia. Cinco mujeres retozan en una orgía lésbica que sólo acaba de estrenar el barullo del goce compartido. Al fondo, Jordi no pierde ripio y contesta a cada orgasmo con su grito de apareamiento. La jefa de todo esto se sujeta los cascos con las manos, contempla las pantallas y asiente, satisfecha. Ha sido un día muy largo pero tiene final feliz.
El equipo ha llegado a las ocho de la mañana a la espectacular masía en algún lugar remoto en el macizo del Montnegre, a una hora de Barcelona. Ayer rodaron en las carreteras aledañas con las chicas montando alegres y sensuales en bicicleta y una de las operadoras de cámara patinando de avanzadilla marcha atrás. Para mañana están preparando un amplio charco de barro que acogerá una pelea sin golpes y con muchas risas. Hoy toca retozar en la piscina y la cámara que ayer patinaba se enfunda ahora bañador y gafas. Cada detalle cuenta.
Sin embargo, hasta llegar a la escena de sexo colectivo que exalta al pavo Jordi ha habido mucho trabajo, visible e invisible. Porque esta no es otra película para adultos sino una declaración de principios donde todo está medido, desde el mensaje que transmite el argumento hasta el consentimiento aplicado al más mínimo detalle. Ni siquiera el consumidor final escapa a esta filosofía. Acompáñenos a un universo sorprendente donde nada es lo que parece. Bienvenido al porno ético de Erika Lust.
«No sé si Julia debería mojarse el bikini o es mejor que entre en la ducha ya sin ropa. La vemos en primer plano desnudándose y después entra y sorprende a Addis». Erika viste bombachos y camiseta de tirantes negra. El día se presta a atuendos frescos y cómodos, desde luego. Circula entre cámaras, micrófonos y montañas de atrezo concentrada pero sin perder la sonrisa y alterna el español con deje nórdico con un inglés de acento británico: «You look beautiful!».
Acabamos de arrancar la jornada y toca rodar pequeñas escenas narrativas. Hay magreo pero no sexo, eso será la traca final. Entre toma y toma, contempla con ojo clínico los cuerpos de las performers para elegir el mejor ángulo, prueba posturas, caricias, combinaciones de pieles en contraste. Antes de gritar «¡acción!» lanza siempre un jaleo: «¡Disfrutad de esa ducha!»; antes del «¡corten!» anima a poner la guinda a la escena: «And now a super kiss!!». «Rodamos sexo, esto va de emociones y de energías. El ambiente es importante», explicará más tarde en un descanso del rodaje.

No cesa la actividad a pocos metros de la piscina, dentro de la casa. En la cocina, dos mujeres preparan ensalada de pasta y pollo en cantidades industriales. Cortan fruta fresca y rellenan las neveras de playa de botellas de agua y refrescos. No es para menos, el termómetro roza los 36 grados. Al fondo, en un amplio distribuidor entre habitaciones está desplegado el set de maquillaje y vestuario. Las sandalias de tacón más extravagantes y coloridas se extienden en fila bajo un perchero cargado de prendas brillantes, pareos estampados y, claro, infinitos bikinis. En una esquina han apilado un montón de peluches. Uno de los osos mira por la ventana, ajeno a lo que va a presenciar. Ante el espejo, Isa se afana en rizar la melena pelirroja de Mia Stone, que cae en tirabuzones sobre sus hombros antes de elevarse en un moño que deja a la vista un cuello estilizado.
La berlinesa, altísima y esbeltísima en un trikini de cortes imposibles, confiesa que es la más novata. Tiene «oficialmente» 24 años y hace uno que entró en el mundo de la pornografía de forma profesional. Antes de eso fue diseñadora de moda, estilista y directora creativa en películas y sesiones de fotos. Cuando ella misma se puso ante la cámara descubrió que se gustaba sexual y provocadora. Empezó como empiezan tantas compañeras, compartiendo contenido explícito en internet. Y la vida la fue llevando hacia una industria llena de complejidades. «La sexualidad es una forma de expresión. Yo lo hago por puro placer, para mí el sexo es arte y me encanta dar rienda suelta a mi creatividad. Me siento muy libre».
La experiencia de Mia sirve de puerta de entrada a lo que nos trae aquí. Porque en esta masía se está gestando una película porno en toda regla, pero no una convencional. «He rodado con todo tipo de creadores y esto es diferente. Normalmente llegas, haces tu trabajo y te vas a casa. Nadie te pregunta si estás bien, si necesitas algo, nadie te anticipa qué va a suceder en la siguiente escena ni te consulta si tienes líneas rojas. Yo me siento cómoda trabajando con hombres, pero definitivamente este es un entorno distinto». De un equipo de 47 personas, sólo siete componentes son masculinos. Ninguno en un puesto decisor. Y no es casualidad.
"La pornografía no ha tenido escándalos como el 'Me Too' porque lo que se negocia aquí es el sexo, en otras disciplinas el sexo es lo que se hace en la trastienda"
Erika Lust, directora y productora
«Si tengo la opción de trabajar con una mujer, prefiero a una mujer», confirma Erika Lust. «No estoy cerrada a los hombres, pero para mí es importante que si entran en nuestro set sean muy respetuosos, que entiendan ciertas prácticas y, sobre todo, que asuman que ellos no son los protagonistas».
Y sin embargo, aunque detrás de la cámara manden ellas, el consumidor final sigue siendo eminentemente masculino, un 60% de los suscriptores de ERIKALUST (la compañía) son hombres: «A veces me piden contenidos que yo no estoy dispuesta a proporcionarles, o no de entrada. Están aquí para ver lo que yo quiero mostrar. Sólo quieren azúcar y chuches y helado, pero para llegar a eso van a tener que comer también espárragos y brócoli. Y alcachofas. Mi objetivo es nutrir a la gente con diferentes valores».
La ética que actúa como motor de la pornografía de Erika Lust es un proceso integral que arranca desde el momento en que se concibe el argumento de la película, y tiene mucho que ver con la historia de aquella estudiante sueca de Ciencias Políticas de finales de los 90 que se especializó en Derechos Humanos y Feminismo y empezó a dar vueltas a su proyecto de vida como activista.

«De una manera relativamente natural surgieron conversaciones sobre sexualidad y pornografía. Vi pronto que lo que encontraba cuando buscaba imágenes de referencia me resultaba muy frustrante: todo estaba destinado a satisfacer a hombres blancos heterosexuales con una visión basada en el poder y la dominación sobre la mujer», recuerda. Y apunta una paradoja: «Con la cantidad de ruido que hay en un momento en que la pornografía es absolutamente intrusiva -aunque no quieras, te la encuentras-, un proyecto como el mío es todavía más difícil de encontrar que en aquellos tiempos».
Mientras nacía en ella la idea de que tenía que haber otra forma de narrar la sexualidad se mudó a Barcelona y empezó a trabajar en cine convencional, primero como conductora, después haciendo caterings, más tarde como asistente de producción, buscando localizaciones y fue sumando horas de rodaje mientras estudiaba por las noches cada aspecto técnico. Su primer corto fue tan explícito que no coló en ningún festival convencional pero terminó galardonado en el mundillo X y viralizando en la internet de principios del nuevo milenio. Y el resto es historia. Hoy Erika Lust dirige una productora con 50 empleados que ejerce también de distribuidora en su propia plataforma. «Dicen que somos el Filmin de la pornografía», bromea.
El quid de la cuestión en la ética de la pornografía lo encarna la coordinadora de intimidad Anarella Martínez y tiene su clímax en una reunión previa al rodaje de la escena final, la de la orgía, la denominada sex talk que es ni más ni menos que eso, hablar de sexo. «La pornografía no ha tenido escándalos como el Me Too porque lo que se negocia aquí es el sexo, mientras que en otras disciplinas el sexo es lo que se hace en la trastienda», alega la directora.
"La sexualidad es una forma de expresión, el sexo es arte y este trabajo puede hacerte sentir muy libre"
Emma Stone, performer
Pongámonos en situación: son las cinco de la tarde. Las performers -en este mundo la palabra actriz está vetada. No están actuando, están teniendo sexo real- han terminado de comer y se han relajado durante un rato. Alguna incluso ha echado una siestecita para coger fuerzas. En un rincón a la sombra, mecido por la brisa, se sientan en círculo. Erika ejerce de guía; Annarella aporta un taco de documentos firmados previamente y se asegura de que todas comprendan lo que allí se va a discutir.
«No quiero lenguas en el culo». «Me gusta que me metan los dedos, pero sin forzar». «No quiero vibraciones fuertes». «Soy más clitoriana que vaginal y, por favor, cuidado con las uñas largas». «Soy tremendamente fetichista con los pies». «Pues a mí, los míos no me gustan nada, preferiría que no se vieran». «Yo prefiero las orejas, me chifla que me digan cochinadas». «Eso se me da fenomenal». Las cinco ríen y comparten lo que desean y lo que no en la orgía que tendrá lugar un rato después. «Me encantan mis tetas, odio las uñas largas ahí abajo pero en las tetas funcionan súper bien». «Soy tremendamente dominante y me encanta pegar. Si alguna no quiere, que me avise». «Tolero que me escupan pero suave, sin moco».
Y Erika: «Vamos a estar en el borde de la piscina. Si os apetece bañaros, adelante. Y si no queréis que os penetren dentro del agua, por favor, decidlo». Y Anarella: «Recordad que cuando no hablamos el mismo idioma no hay que temer la gestualidad. Guiemos la mano donde queramos que vaya, dejemos claro lo que no queremos». Entre las cinco performers no se repite nacionalidad. Y Erika: «Si creéis que uno de vuestros límites está demasiado cerca, por favor, decidlo, en el monitor es muy complicado verlo». Sobre una mesita baja brillan un montón de juguetes eróticos. «Están a vuestra disposición si necesitáis un poco de estimulación extra. Son todos de cristal o metálicos porque dan mejor en cámara», dice la directora. No olvidemos que aquí, ante todo, estamos haciendo cine. «Funciona muy bien que os sentéis en la cara de vuestras compañeras. La tijera también queda especialmente bonita».

Dice Anarella que ya hacía coordinación de intimidad antes de que naciera el cargo en cuestión, consecuencia directa del Me Too. Su cometido es, en resumen, cuidar a los performers, pero también, hacerlos responsables de su propio bienestar. «Soy un poco una consultora y otro poco, una madre», describe desde Berlín, donde también produce películas para ERIKALUST. Su trabajo empieza mucho antes de llegar al rodaje actuando como una suerte de celestina para asegurar una verdadera química entre los protagonistas.
Y aquí viene otra gran particularidad del porno ético: las escenas de sexo son completamente reales. «Nunca decimos qué posturas o qué actos tienen que hacer. En el mainstream te contratan para cuatro posturas, cinco minutos cada una y luego editan. Aquí no tenemos un guion de sexo: al final del día, después de muchas escenas eróticas para romper el hielo, tienen una hora para improvisar una relación sexual real. Tienen que pasárselo bien». Como mucho, si la directora tiene alguna necesidad, Anarella se acerca sigilosa y susurra: «Si os apetece...». No sucederá nada que los protagonistas no deseen.
Si el buen ambiente en el rodaje es la marca de la casa tras las cámaras, la diversidad es la firma de Erika Lust en pantalla. «Pongamos a una chica nadando, a otra que se tire a la piscina y a una tercera leyendo en el borde. ¿Con quiénes contamos para que haya cuerpos distintos?», sugiere la directora en un momento del rodaje. «Confieso que cuando vi quiénes iban a ser mis compañeras pensé que era la que menos se ajustaba al canon. Me siento bien con mi imagen, pero es inevitable sentir una cierta presión: tengo las caderas anchas, celulitis, pelo en las axilas y en las piernas...», dice Emma C mientras toma un refresco en un receso, después de una escena tórrida en la que sólo estaban ella y un plato de fruta.
"Aquí no tenemos un guion de sexo: tienen una hora para improvisar una relación sexual real. Tienen que pasárselo bien"
Anarella Martínez, coordinadora de intimidad
Su cuerpo es, para ella, su principal arma política. Estudió Sociología, se doctoró en Estudios de Género y Feminismo y se convirtió en su propio proyecto vital. «Tengo 26 años y hace cuatro que soy trabajadora sexual», cuenta. «Siempre me ha apasionado la sexualidad, tengo una biblioteca monumental. Empecé como dominatriz en espectáculos de BDSM y también con vídeos en internet, hoy esa sigue siendo mi principal fuente de ingresos, pero pronto quise ir más allá. Me hice escort y stripper, pero quería trabajar en equipo».ç
Su sociología del trabajo sexual es de ida y vuelta y pasa por la simbiosis entre arte y sexualidad: «Yo reivindico una sexualidad más artística y un arte más sexual». Pero no pierde de vista su principal campo de batalla: el cuerpo. «Pertenecemos a sociedades católicas en las que el alma es buena y el cuerpo es vicio, es sucio, es malo. Quiero redescubrir la belleza que hay en nosotros. Podemos tener grasa, pelo, orejas de soplillo, podemos estar enfermos, y todo eso es política. Para eso es necesario mostrar la diversidad».
Contra el muro de la diversidad se estrelló sin esperarlo su compañera Julia Roca, la que entraba desnuda en la ducha y sorprendía a Addis en la primera escena a la que asistimos. «¿Pero que soy la protagonista? ¡No me lo puedo creer!», exclama en un momento del rodaje cuando cae en la cuenta de que en Girls I loved by the pool, ese I es ella misma.

Decíamos que Julia descubrió lo complicado que era hacer o ser algo diferente en un mundo de mentes tendentes a la cerrazón cuando publicó en su cuenta de Twitter unas fotos suyas maquilladísima y retocadísima y sugirió que ella no era así, que ella no era esa muñequita tan guapa y perfecta. Las hordas de haters se le echaron encima, de fuera de la industria pero también de dentro. La productora responsable de las fotos la vetó sin saber que ella misma ya estaba vetando todo lo que transmitiera el mensaje equivocado. Julia lleva más de una década dedicada a la pornografía y tiene una consciencia meridiana sobre el efecto que tiene lo que ella haga ante la cámara.
«Empecé en esto porque tenía mucha curiosidad y muchas ganas de experimentar, pero llegó un momento en que no quería hacer ciertas cosas. No somos actores, el sexo te mueve muchas cosas dentro y hay que saber qué queremos y qué no en cada momento», cuenta. «A mí ya no me apetecía hacer contenido que no me aportara nada o que pudiera malinterpretarse en el montaje final y transmitiera una imagen de la sexualidad que no es la que me interesa. El porno, por desgracia, es la educación sexual que nadie más nos proporciona».
"Yo reivindico una sexualidad más artística y un arte más sexual. Quiero redescubrir la belleza que hay en nosotros"
Emma C., performer
En las dos décadas de andadura de Erika Lust en su cruzada por conseguir una pornografía más ética el entorno ha sufrido varias revoluciones. La primera, cuando a mediados de los 2000 emergen las plataformas como Pornhub o XVideos. Lo que ella llama «la irrupción de los tech guys». «Supuso un cambio enorme. Si miras hacia atrás, desde los años 60 hasta los 90, la gente de la industria eran apasionados del sexo. Ahora sólo se busca llegar a una audiencia cuanto más masiva, mejor, recabar datos y vender publicidad sin respeto alguno. El algoritmo lo vuelve todo mucho más robótico y menos humano, pero también muchísimo más heavy porque hay que buscar el impacto constante», expone la cineasta.
La segunda revolución, que ella cree ahora en declive, es la del hágalo usted mismo con OnlyFans como máximo exponente. «De repente, muchos consumidores descubrieron que podían hablar directamente con su actriz favorita, casi como si fuera su novia, y pedirle cosas. Ahora se dan cuenta de que, en realidad, quienes les contestan son bots. Ya no existe esa autenticidad que les vendieron hace cinco años».
Y en medio de la tormenta, el buque del porno ético ha seguido avanzando, poquito a poquito. Volvamos a nuestro rodaje. La venezolana Agatha Vega pone en situación a sus seguidores con el móvil apoyado en una tumbona: «Ahora viene mi parte favorita del día, adivinen lo que va a pasar...», suelta con una sonrisa pícara. Marianna Terzini, jefa de producción, termina de preparar el escenario para la orgía que cerrará el día. Aquí unas tumbonas, aquí una colchoneta en el suelo y el equipo técnico integrado en el paisaje para no romper la concentración. La camiseta que viste lleva impreso uno de los lemas que sustentan el eslabón final del porno ético: «I pay for my porn».
"El porno, por desgracia, es la educación sexual que nadie más nos proporciona"
Julia Roca, performer
«Pagar es esencial para dar un valor al producto», confirma Erika Lust. «Tenemos que dejar de tratar la pornografía como algo a lo que tenemos derecho, como si fuera agua del grifo». Y vuelve a la analogía gastronómica: «Todavía es una minoría la gente que tiene en cuenta las condiciones en las que se ha producido el cine que consumen, supongo que son los mismos que buscan el origen de las fresas en el supermercado. Tenemos que pensar quiénes queremos ser y en qué mundo queremos vivir y actuar en consecuencia, tanto con el porno como amueblando la casa. Tenemos que honrar nuestra energía sexual. Yo quiero ver películas que valgan mi tiempo».
Si educar sexualmente al hombre es el objetivo evidente de este proyecto, no lo es menos romper con una inercia entre las mujeres que Erika denomina porn panic, y es que en esto, como en todo, el feminismo tampoco tiene una opinión uniforme: «Hay feministas que han luchado tanto por su derecho a decir no al sexo que a veces no entienden que haya otras mujeres que quieran vivir de su sexualidad. Tenemos que superar la idea de la sexualidad como una agresión constante».
此内容由惯性聚合(RSS阅读器)自动聚合整理,仅供阅读参考。 原文来自 — 版权归原作者所有。