Una encuesta ha dictaminado que el 70% de la gente prefiere ir a un concierto que practicar sexo. Mi primera reacción también es de sorpresa. ¡Sólo un 70%!

Pies, el resto a la imaginación de cada uno.
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Andan los medios ingleses revolucionados porque una encuesta a 40.000 personas de entre 18 y 54 años de 15 países diferentes ha dictaminado que el 70% de la gente prefiere ir a un concierto que practicar sexo. Mi primera reacción también es de sorpresa. ¡Sólo un 70%! Asumo que al otro 30% no le gusta la música.
No creo ser muy distinto a la mayoría de gente que disfruta de ambas actividades si calculo que habré intimado (¿han visto qué fino?) unas diez veces por cada concierto al que he ido, pero recuerdo diez veces más conciertos que polvos. Y eso en ambos casos incluye los mejores y los peores, que son igual de inolvidables. No es fanfarronería machirula en plan "pase la siguiente", pues recuerdo perfectamente a cada pareja, duradera o efímera, con la que he estado, pero el acto en sí rara vez tiene vida más allá del momento.
Les diré, y no miento, que mi recuerdo más consolidado es aquella vez que, en un giro de 180 grados, calculé mal la liviana masa corporal de mi acompañante y su frente chocó con la mesilla. Hubo sangre, hubo gritos, hubo rencor, no fue bonito. Ese queda. ¿Las noches fantásticas? Más sensación general que sexo concreto. Sin embargo, recuerdo canción por canción infinidad de conciertos, desde el primero al que fui (Bruce Springsteen, Vicente Calderón, gira del Tunnel of Love, 1988, con mi padre) al último (Radiohead, martes pasado, este lo olvidaré porque fue como un polvo decente: "Ha estado bien, mira un pájaro, no se me pase que mañana tengo que poner lavadoras").
La explicación no es muy complicada ni tiene que ver con la calidad del sexo ni del bolo. Un concierto es el acontecimiento en sí mismo. Has ido allí para eso, es el principio y el fin de esa noche, de esa experiencia, de ese recuerdo. Lo que sucede hasta que entras y desde que sales son notas al pie. El polvo, en cambio, aunque sea bueno es sólo la firma del contrato, el postre de DiverXO, el epílogo de la mejor novela.
Lo que lo hace inmortal rara vez es el acto en sí sino lo que te ha llevado hasta esa cama, ese coche, ese portal. Son los meses o los minutos de conversación, el rato de duda, ese segundo previo a cerrar el trato en que piensas que en el mundo sólo estáis vosotros dos y que esa persona, a la que tal vez acabes de conocer y quizás no vuelvas a ver, es la razón de tu existencia. Y lo es. En ese momento lo es. Esa es la gracia. El polvo es los Campos Elíseos en el Tour, lo memorable pasó antes.
Vivimos para sentirnos especiales aunque sólo sea un instante. En realidad, follar es secundario, lo importante es gustar, es estar, es temblar... Es quererse un rato aunque sea mentira.


























