El deseo insaciable de placer y de consumo excesivo no permite atisbar lo verdaderamente gozoso

Varias mujeres leen en un encuentro de lectura en Madrid.
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CUANDO PIENSO EN EL GOZO, o cuando gozo, termino irremediablemente pensando también en un pasaje de Una historia del mundo en diez capítulos y medio, del escritor británico Julian Barnes. Hablaba de unas vacaciones en Calabria, de su calor tórrido. Y de cómo su mujer, Pat, tenía la costumbre, mientras dormían, de apartarse la melena de la nuca para que él pudiera besarla. Aquel verano Pat se cortó el pelo, pero, en sueños, repetía el gesto. Barnes decía que «su nuca estaba siempre dispuesta para el beso».
Pat Kavanagh fue agente literaria. Con Martin Amis estuvo más de 20 años, hasta que él la dejó por Andrew Wylie. Y su nuca estaba siempre dispuesta para el beso. Incluso en duermevela. Incluso mientras dormía. Barnes le dedicaba a ella todas sus novelas. «A Pat». «Para Pat». A su nuca siempre dispuesta para el beso. A veces, como hoy -ayer para usted-, me acuerdo de todo esto y me acurruco fuertemente en la idea de la disponibilidad, o de estar predispuesto: a la sonrisa, al beso, al goce, al gozo. También en las innumerables palabras que tenemos para describir sus grados o matices: alegría, contento, placer.
Recuerdo maravillosa también la lectura de El gozo, una entrevista o un diálogo entre la pensadora Adèle Van Reeth y el también filósofo Jean-Luc Nancy que se publicó en España en 2015 con la editorial Pasos Perdidos. Es brevísimo; recuerdo haberlo leído en tres trayectos de autobús. Y haber gozado.
Zizek no es el único que habla de la sociedad contemporánea como la sociedad del goce, entendido éste como un deseo insaciable de placer y de consumo excesivo que nos lleva, sin embargo, a no saber disfrutar de la verdad, o de lo de verdaderamente gozoso. A este tratar de sentirlo todo lo más intensamente posible también le dedicó un libro, La vida intensa, otro francés, Tristan García. Una montaña rusa vital que no nos deja ni atisbar lo importante: su nuca siempre dispuesta para el beso, por ejemplo. O el deseo en sí mismo. O la paz de espíritu. O el agradecimiento. O la verdad.
Nancy analiza en El gozo la tendencia a encontrar el placer sólo en el sexo y en los bienes materiales. O en el poder. O en la venganza. Cuánto tiempo derrochado y qué poco reservado para el ensimismamiento. Así lo escribió Hesse: «Un árbol dice: mi fuerza es la confianza. No sé nada de mis padres, no sé nada de los miles de retoños que todos los años provienen de mí. Vivo, hasta el fin, el secreto de mi semilla, no tengo otra preocupación. Confío en que Dios está en mí. Confío en que mi tarea es sagrada. Y vivo en esa confianza».


























