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Motas de polvo bailando en los rayos del sol
Jorge Bustos · 2026-05-16 · via Opinión

Bajad las armas

Quiz� porque el hombre es tiempo, todo artista genuino aspira a la eternidad. Hammersh�i la persigui� a trav�s del amor a las cosas mismas. En los albores del siglo revolucionario no pretendi� cambiar el mundo

Motas de polvo bailando en los rayos del sol

EFE

Actualizado

Cuando todo se agitaba a su alrededor, �l decidi� quedarse quieto. Habr� quien diga que es m�s f�cil hacer eso en Copenhague que en C�diz, y seguramente tenga raz�n. Por eso necesitamos artistas sure�os hechos de espuma y abiertos a la luz, pero tambi�n artistas n�rdicos que habitan la penumbra y escuchan el silencio. Fue el caso del pintor dan�s Vilhelm Hammersh�i, a quien el Thyssen ha dedicado una muestra memorable. Si usted siente que el mundo va demasiado r�pido y que en la calle hay demasiado ruido, ref�giese en el museo antes de que acabe mayo. Solo al salir se dar� cuenta de lo mucho que necesitaba entrar.

Hammersh�i fue un hombre de personalidad mineral. Nada lo movi� de su fe en la superioridad est�tica de la sobriedad, de la pausa y de la exactitud frente a la exuberancia, la velocidad y la imprecisi�n que se apoderaban del siglo. Naci� bajo el mandato del impresionismo sin dejarse impresionar lo m�s m�nimo; madur� al ritmo fren�tico de las vanguardias, pero las dej� cruzar como exhalaciones tras la ventana desde�osa de su estudio. Siendo rigurosamente contempor�neo de Kandinsky, jam�s se plante� abandonar la figuraci�n para llegar al mismo fin: la sinestesia, la conciliaci�n de los sentidos a trav�s del arte. Por eso la exposici�n se titula sabiamente El ojo que escucha. Habr�a valido tambi�n La mano que piensa.

Un cuarto vac�o, un paisaje inanimado, una figura de espaldas, un piano que nadie toca. Hay una obstinada ausencia de an�cdota en los cuadros de Hammersh�i, un severo desprecio a esas muletas de la sensibilidad burguesa que son la narraci�n o el color. Su paleta casi monocroma y su pincelada corta se bastan para sustraer su pintura a la dictadura del tiempo cronol�gico e instalarla m�s bien en el tiempo de la m�sica. Es decir, un orden abstracto, po�tico y eterno. Su pincel logra conferir una magn�tica hondura a la aparente vulgaridad de las escenas �ntimas que encuadra. Por eso Hammersh�i es el nexo entre Vermeer y Hopper, y entronca con Dreyer y Rilke. Cine mudo sin otro dinamismo que el interior; esencialismo m�s propio del haiku japon�s que de la incontinencia rom�ntica occidental. Se dir�a tambi�n que a Hammersh�i le impact� El �ngelus de Millet tanto como a Dal�, que sin embargo era demasiado mediterr�neo para entenderlo.

El mundo de nuestro pintor cabe en un pasillo. No es claustrofobia sino inspiraci�n: un mueble y una jarra le bastaban para desatar un torbellino. Una puerta entornada puede dar una clave psicol�gica; su esposa Ida llevando una bandeja simboliza la soledad que deja de serlo cuando se comparte. El observador deber� extraer las emociones a partir de las cosas mismas, de la fenomenolog�a de una ventana atravesada por un rayo solar donde bailan alegres unas part�culas de polvo en suspensi�n. El ojo apresurado resbalar� por la geometr�a muda de estos cuadros que parecen tributos al tedio -si alguien puede pintar el aburrimiento es un escandinavo-, pero la cotidianeidad dom�stica que retrata obsesivamente Hammershoi es en realidad un c�digo que cifra la agitaci�n, la esperanza, el recogimiento, una angustia kierkegaardiana por momentos. El entusiasmo, eso s�, queda proscrito: demasiado chill�n.

Un consumidor de noir n�rdico se asomar� a la atm�sfera espesa y a la luz desmigada de estas estancias y pensar� en la escena de un crimen. Pero Hammersh�i no es un pintor neur�tico como Munch ni virulento como Bacon: su pasi�n por el orden y la armon�a es sincera. A la transformaci�n acelerada de Europa en los albores del siglo XX opone la seguridad de su piso. �Hay mucha belleza en un cuarto aunque no haya nadie, quiz�s precisamente por eso�, anot�. No es que sea solitario: es que le sobra todo ser humano que no sea su mujer. Y mejor si le ofrece la nuca: mayor es la sugesti�n.

Que muchos de estos cuadros se pintaran a la vez que Las se�oritas de Avi��n prueban que la figuraci�n puede ser tanto o m�s rompedora que el cubismo: solo hace falta mirar desde el lugar adecuado. Como el arquitecto de interiores que es, Hammersh�i buscaba las l�neas reticulares que estructuran las im�genes en nuestro cerebro; pero no para descomponerlas, como har�a un cubista, sino para fijarlas.

Quiz� porque el hombre es tiempo, todo artista genuino aspira a la eternidad. Hammersh�i la persigui� a trav�s del amor a las cosas mismas. En los albores del siglo revolucionario no pretendi� cambiar el mundo. O s�, pero empezando por cada uno de nosotros. Limpiando la mirada y aguzando el o�do.