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«Estoy tomando una en el boliche del Tano y me encuentro con el Flaco Tito. Tiene unas cuantas de más. Está en el estadio de sinceramiento de la borrachera. Lo escucho confesarme sus pecados. Pero para algo están los amigos, qué mierda.
—Tenés que hablar con ella y explicarle. O, si no, vos decile que sí que yo después le explico por qué no. Pero ella no se merece eso. Tenés que encarar de frente, hermano.
Él sabe que será difícil conservar a esa mujer. No son para cualquiera esos ojos marinos, la boca frutal y un cuerpo de leona escondido entre pilchas de suburbio. Tiene un nombre del alma tatuado en el brazo derecho. Una víbora le recorre el abdomen blanco marfil.
Fuma cada tanto, y le parece lógico haber sido la que consiguió el lugar para hacer el amor. Al fin y al cabo, le lleva tres años al pibe. Él tiene dieciséis y ella diecinueve.
Han tenido una relación tan íntima como explosiva. La Coneja invitó al Tito al depósito de muebles porque conoce al sereno, un veterano piola de Playa Pascual. Se pasan las noches encerrados ahí, y hasta le enseña a descubrir el placer y la manera de colarse sin que el patrón se dé cuenta.
Una noche cualquiera, bajo el farol apagado de una esquina aduanera, la mina lo deja. Sin mucho aspaviento, sin hacer menjunje, Tito se da vuelta y arranca «pa'l barrio» con la cofradía.
El Rubio lo mira llegar a la esquina y lo interroga:
—¿Qué pasó, manteca?
—Me piantó la gringa.
—¿La Coneja?
—Exacto. Tremenda salida.
—Hay diez mil mujeres esperándote.
—Yo quería esa, Rubio.
La vuelve a ver en el Cabo Polonio, a fines del siglo pasado. Cruzan un par de palabras en la entrada del boliche del Ciego, se abrazan y se va cada cual por su lado. El Tito entra al rancho, busca un papel cualquiera y escribe:
Viejo rancho del Polonio testigo de mil romances
con la cachimba en el fondo, iluminado a candil
retazos de corazones te hicieron obra de arte
tu secreto lo comparte el que sabe compartir.
Es en esa época que me encuentro con Jaime en el bar de Alzáibar y Sarandí.
—¿Tenés algún tema escrito? Mostrame el cuaderno...
Jaime lee sobre la mesa de mármol del boliche los textos garabateados en el cuaderno naranja. Hay bastantes. Se detiene en uno en especial.
—¿Este? ¿Te parece? —pregunto sorprendido.
—Flor de historia escribiste, Flaco.
Al poco tiempo camina el imaginario popular la historia contada por la canción. La hermana de la Coneja pasa a tener una y mil versiones. Desde muchos lados aparecen datos «irrefutables» de su identidad. Algunos la asimilan al nombre de una querida conductora de televisión, otros a la mujer de un político conocido, otros al técnico de un equipo de primera división.
Raúl Castro está sentado junto a dos artistas gráficas, Elena y Aura, en el departamento de arte de Punto Publicidad, mateando la última media hora del día. Sale el tema de la hermana de la Coneja. Las chicas sonríen y opinan, tratan de descubrir en las reacciones del autor alguna pista que las lleve a desmentir o confirmar la identidad de la mujer incógnita del momento.
En ese instante entra en escena un ejecutivo de cuentas de la agencia. Yo no lo conozco, soy nuevo, pero su impronta lo delata. Es un muchacho arremetedor, «pechito paloma», de los que se llevan el mundo por delante. Cae a la rueda de fin de jornada y pregunta casi sin escuchar:
—¿De quién están hablando?
—De la hermana de la Coneja —contesta Elena, que no se lleva demasiado bien con los ejecutivos de cuenta.
—Ah... —se jacta sonriendo el susodicho—. Yo la conozco. Es...
Y ahí, paradito, solo en medio del departamento de arte de una agencia de publicidad, cuenta una historia con nombres y apellidos, relaciones casi incestuosas, muertes y estafas millonarias. Varias y varios involucrados dignos de un best seller.
Mientras se va hundiendo, Elena me mira como diciendo: ¡No lo interrumpas porque te mato! Pero Aura se compadece y lo detiene:
—Pará, fulano, pará. ¿Vos sabés quién es él? —Y me señala con el mate.
—Sí —contesta el ejecutivo—. Me imagino que es el nuevo redactor, me dijeron que...
—Sí, y es el autor de la canción.
El «bien informado» compañero no sabe dónde meterse. Se le vencen los hombros y el pecho se le cae a la panza.
Mira a Tintabrava, lo inquiere casi sin hablar, ve su gesto de afirmación tardía y pregunta inocentemente:
—Pero es verdad lo que estoy contando, ¿no?».
Tintabrava, Raúl Castro Breccia. (Penguin, 2019)
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