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Chema Madoz, la fotograf�a como juego y desobediencia
Antonio Luca · 2026-05-10 · via Opinión

Retratos Contempor�neos

El fot�grafo madrile�o, uno de los m�s extra�os del paisaje europeo, expone en la Galer�a Elvira Gonz�lez una nueva serie de im�genes exquisitas donde el juego de dobles sentidos, el ilusionismo, la paradoja y el asombro vuelven a ser uno de los motores de su trabajo y de parte de su desaf�o

El fot�grafo Chema Madoz retratado por Jos� Aym�.

El fot�grafo Chema Madoz retratado por Jos� Aym�.

Actualizado

Para quien a�n no tenga el dato conviene decir la verdad al primer trote: Chema Madoz es un fot�grafo espa�ol extra�o en Europa. En este caso, "extra�o" se�ala su condici�n de artista singular, de indagador venido de no s� qu� latitudes, de heredero de un linaje de creadores que va de los espacios parad�jicos de Escher a las greguer�as de Ram�n G�mez de la Serna, del pianista valenciano Carles Santos al mago Fructuoso Canonge, de Salvador Dal� a William Hogarth. De Joan Brossa a Joan Brossa. En esta tribu hay una prote�na com�n que puesta en palabras viene a decir: "Todo lo que vemos puede verse de otra manera". Ah� est� su abracadabra. Buscan lo que de las cosas no se manifiesta de golpe, lo imprevisto, lo fortuito, cuanto da de s� un artilugio.

Chema Madoz es un centro de alto rendimiento del asombro. Un flaco profesional, de voz lenta y grave. Algo inclinado hacia adelante al caminar. T�mido y cort�s. Madrile�o del barrio de San Blas y de 1958. Silencioso por vocaci�n y por destino. Fuma tabaco de liar y lo hace a tiros cortos, unt�ndose de humo el coraz�n. Un d�a, siglos atr�s, decidi� eliminar la figura humana de su objetivo porque manten�a mejor di�logo con los objetos. Empez� a trastear a finales de los 80 con eso otro que las cosas le dicen, decidi� estar del lado opuesto de lo que se esperaba de un fot�grafo y del laboratorio sac� im�genes extra�das del juego con aquellos artefactos encontrados en cualquier galp�n o desplegados en un rastro. Y empez� a divertirse tambi�n con la habilidad de sus manos. Las fotograf�as de Chema Madoz se leen como los libros, se leen como los mapas, se leen como los naipes, se leen como los rostros de la gente, se leen como se lee a un p�jaro, como se descifra una partitura, como se busca en los dobles fondos de la maleta del mago. No hay azar en su trabajo, sino un estudio exhaustivo. Los encuentros fortuitos requieren mucho esfuerzo y una atenci�n de avistador de aves. Para encontrar en las vetas de un tabl�n de madera la ilusi�n dibujada de un mixto encendido son necesarios un ancho espacio y un largo tiempo.

Perteneci� por generaci�n a la horda de la Movida madrile�a, pero la vivi� sin claudicar a los caprichos que �sta exig�a. Eso lo hizo un poco m�s raro a�n. Extra�a fruta. El lenguaje de Chema Madoz es un oficio de mucha fatiga por no parecerse a casi nadie. Tomar quiz� alg�n eco de los m�s furtivos del lugar, pero que la m�sica sea propia. De ah� esa sorpresa de lo visual. De ah� el extrav�o feliz de hacernos creer que una nube puede quedar presa en una jaula. De los surrealistas y de Duchamp tambi�n habr� alg�n rastro, digo yo, aunque sea leve. Acercarse al trabajo de Madoz es bordear la sorpresa como bordea el mar el quicio de una ola. Una fiesta de lo especular. Una bengala en un poema.

Sucede a veces que ante sus fotograf�as no est� claro si lo imaginario son ellas o nosotros. En la Galer�a Elvira Gonz�lez de Madrid expone ahora una serie de piezas de los �ltimos a�os. Fotograf�as que son dispositivos. Dispositivos que son artilugios, proyectiles, objetos que desatan sorpresa, pasmo, maravilla. La elegancia de los contrastes. Una luz hecha exactamente de posibles sombras. El movimiento, la quietud. Los contrarios, lo parejo. El blanco y negro imp�vido resuelto en un coro de grises tan vivos. Ren� Magritte que asoma detr�s de las cortinas. Georges Perec sentado en una acera. Enrique Vila-Matas disuelto en literatura ri�ndose del yo. Las im�genes de Madoz constituyen formas esenciales de la imaginaci�n humana. Basta con cambiar de sitio el teclado de un piano. Basta con mover hacia all� un bons�i de melena desatada. Basta con ponerle mirilla a la tapa de un libro y convertirlo en la m�s fascinante de las puertas de acceso a alg�n sitio. De cuanto ocurre en un d�a, una de las experiencias mejores es entrar a ver la exposici�n de Madoz y recobrar los restos de infancia que quedan por dentro de cualquiera. Es el placer de lanzar la imaginaci�n m�s lejos que la vida y confirmar otra vez que tener los pies en las nubes es la mejor manera de no pisar un excremento de perro aqu� abajo.

Alguna vez ha contado que todo empez� cuando lleg� tarde a la casa de una vecina que impart�a clases particulares a ni�os del vecindario y ya estaban todos los puestos ocupados. Esta mujer, en un arranque de auxilio maravilloso, abri� la puerta del horno y le dijo a Madoz que se sentase en el suelo y por hoy esa tapa ser�a su mesa. Aquel gesto brioso e imprevisto pudo ser el primer veneno, el descubrimiento del doble sentido. Qu� ocurre cuando le cambias a las cosas su motivo o su raz�n: que las ensanchas por donde nadie imagina y pueden subir hacia abajo o bajar hacia arriba. Esto impuls� al ni�o Madoz a recomponer lo obvio a su antojo y encontrarle a una manzana su sol en cada esquina. Es formidable c�mo este hombre hace perfecci�n del desorden l�gico y sin levantar polvo desaf�a a la sociedad de consumo, donde cada objeto es lo que es y no debe ser de otra manera. Sabe que la realidad es una mitolog�a inconcreta. Para llegar a la profundidad de su lenguaje hay que hacer mucha ronda por la vida, hasta encontrarle a lo real sus tres pies sin gato.

En sus im�genes hay tambi�n una hermosa subversi�n y un germen l�dico necesario. Ninguna broma. Parece imaginar una sonrisa imposible con la fotograf�a como cuarto de jugar. Y eso es tremendamente insurrecto. Chema Madoz sobre un caballo de cart�n atraviesa el horizonte.