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Para ilustrar el Jornal de hoy hemos plagiado Die Ziviltrauung de Albert Anker, donde, seg�n entendemos, la mujer escribe al dictado del var�n, de modo que el var�n est� escribiendo. En nuestra versi�n sucede algo parecido: el diarista ha convencido a la reina Letizia de que escriba sus memorias de ella. Van a titularse Memoria viva de la transici�n, plagio, pero aqu� se refiere a transicionar de clase. Y si transicionar de un sexo a otro es traum�tico, no lo es menos hacerlo de una clase social a otra, aunque suponga un ascenso en la escala, o justamente por eso (nosotros conocemos la experiencia inversa: en la crisis del ladrillo, la familia Giovannini perdi� gran parte de sus activos y durante un horrendo periodo, hoy superado, no nos qued� otro remedio que codearnos con la chusma).
Por indicaci�n del diarista, la reina escribe (se escribe) en segunda persona, y parece que est� logrando una doble reconciliaci�n: consigo misma y con su familia. No con toda, probablemente. Vean, tras el se�or del blus�n azul, al primito traidor. Un hombre de familia, apegado a la tradici�n y al hogar, casol�; un villano en toda la extensi�n de la palabra menos la cuarta acepci�n (y tras lo de la facturita del aborto, un s�per villano que ni el Hombre Topo). En fin. Imaginar qu� habr�a sido de Letizia Ortiz si su transici�n la hubiera gestionado un Torcuato Fern�ndez-Miranda y no un David Rocasolano es uno de esos dulces ejercicios in�tiles, propios del periodismo ucr�nico.
(Terminado el domingo veintisiete de abril, tarde, recordando que el paso por la universidad bastaba para dejar atr�s el lenguaje de unos padres sin estudios, mientras que hoy, gracias al esfuerzo de nuestros gobernantes y afortunadamente para el v�nculo paternofilial proletario, tener una carrera no te libra de ser un iletrado, sobre todo si es de letras.)






















