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Miquel Barceló, la expedición del buen salvaje
José Aymá · 2026-06-14 · via Opinión

El artista mallorquín, uno de los creadores principales de la pintura desde los años 80, expone en Barcelona una selección de grabados hechos en la ciudad entre 2016 y 2026 y presentó un proyecto, hoy en concurso, para intervenir en la fachada de la Gloria de la Sagrada Familia

Miquel Barceló, la expedición del buen salvaje

Actualizado

De los pintores españoles que empezaron a dar batalla en los años 80, Miquel Barceló parece el más decidido a encontrarse con sus orígenes paleolíticos. Su búsqueda aspira a alcanzar el grado cero del arte, representado en el búho rayado con un dedo sobre la pared arcillosa de la cueva de Chauvet (Francia) hace 30.000 años. Lo ocurrido después es una insistencia sobre esa misma pulsión originaria de expresarse dando forma al mundo. Como nació en Felanitx (Mallorca) en 1957, zona de mercaderes y corsarios, pasó la infancia buceando hasta el vano donde se oculta la morena o el cuévano donde aguarda el mero, consciente de que era el agua lo que más se movía alrededor de su vida. Después se iba a secar a la biblioteca del pueblo saltando de una lectura a otra. Es un tipo de talento descomunal y decidió pronto no pintar lo razonable, sino lo vivido, lo echado a perder, lo propio, lo que se extravía, la soledad del pintor en su estudio, la posibilidad de un golpe de mar, el acontecimiento de una sandía abierta en dos.

Antes de marchar a Barcelona, el 7-7-77 ocupó la isla Sa Dragonera junto a una tribu mezclada de hippies, anarcas y ecologistas. Protestaban por la depredación urbanística de Mallorca y la amenaza de desbaratar el territorio virgen de este islote. Barceló escogió para su estancia el punto más alto, el faro abandonado de Na Pòpia. Rodeado de gaviotas y acantilados testó la experiencia del buen salvaje. Fue de los últimos en abandonar el territorio ocupado. Salvaron Sa Dragonera. Barcelona fue la siguiente parada. Y poco después salió disparado a la Documenta de Kassel, la mítica de 1982. El comisario Rudi Fuchs lo ascendió a los cielos. Desde entonces, la batalla de Barceló consigo mismo tiene un momento brutal y sucesivo: el de arrancarse del tiempo para pintar fuera de cualquier límite, ajeno, extraviado, como quizá hicieron aquellos humanos de cueva. Estas cosas las piensa en silencio, claro.

El trabajo de Barceló tiene algo de expedición a la extrañeza y lo más remoto. No es un sujeto asilvestrado, sino de el resultado de sofisticación sin protocolos. Un producto del cosmopolitismo finisecular cruzado con los modales del payés imbatible en la liturgia de la matanza del cerdo, sabio de cosas felizmente inútiles como la técnica de colgar las sobrasadas para su mejor curación. Asentó en París el campamento de artista trashumante a finales de los 80. Empezó con un taller en el barrio de Le Marais y 20 años después tiene tres o cuatro almacenes para sus cosas. Cerca de Felanitx asentó la otra base, mas dos tejares donde explorar el otro costado de su obra: trastear con la terracota. Entre estos dos espacios, con paradas puntuales en Nueva York, Gogolí (País Dogon de Mali), Tailandia, Nepal o Nápoles, ocupó su tros de terra en el escarpado jaleo del arte contemporáneo. Barceló es exactamente un exceso muy lúcido hasta alcanzar la depuración de sacarle a una granada el jugo y hacer de él sangre del cuadro.

A diferencia de otros creadores, maneja una cultura confeccionada por intuiciones fuertes. Tiene algo de ardilla resucitada con seis o siete vidas ya cumplidas. Lee con apetito grande. Igual a Yves Bonnefoy que a Dante. A Vila-Matas o a Paul Celan. A Valente y a John Berger. A Dore Ashton y a Miquel Bauçà. Al raro Hervé Guibert, el de La mort propagande. Escribe unos diarios donde la reflexión y el dibujo (o la acuarela) se enredan sin nada que perder. Unos cuadernos que son huella de vivir y quizá su gesto de mano soplada como las de aquellas mujeres, niños y hombres que dejaban rastro de sí en las paredes esotéricas de la gruta.

En la galería Artur Ramón de Barcelona expone ahora un conjunto de grabados resueltos en la ciudad entre 2010 y 2026. Pronto anunciarán qué proyecto de los tres finalistas ganará el concurso para intervenir en la fachada de la Gloria de la Sagrada Familia. Miquel Barceló es candidato, junto a los escultores Cristina Iglesias y Javier Marín. Conoce el paño del arte sacro y lo ejerce a su manera, como en el mural de arcilla en la Capilla del Altísimo de la catedral de Palma. Acumula una habilidad extraordinaria para hacer suyo cualquier espacio. Habla poco y deprisa, con vieja sabiduría mediterránea o como recién llegado de una tierra lejana de todo.

La poesía le sirve para comunicarse cada vez más a quemarropa. Sólo quien ha cruzado por entre todas las ovaciones sin perder el eje ni la conciencia de que nada hay más monumental que un vaso de agua bajo un algarrobo sabe que más vale un mundo perdido que una vanguardia improvisada. Miquel Barceló no es antiguo ni moderno, nada tiene que hacer para presentarse como un artista radical al que aún le resulta de mejor provecho aprender de Picasso que liarse con la Inteligencia Artificial. Continúa chorreando pintura.

No sabemos de todo cuanto le salva el cuadro, pero a la manera del poema aquel de Wislawa Szymborska podría decir esto mismo: «Algo todavía ocurrirá, pero dónde y qué. / Alguien vendrá a buscarte, pero cuándo, quién». Mantiene el empeño de no traspapelar a aquel muchacho dorado al sol que bailaba con los pulpos en un fondo de mar donde los naufragios sucesivos organizaron cementerios de ánforas. El buen salvaje encarna la pintura moviéndose hacia aquella primera tempestad del arte: la de alguien que reprodujo en el lóbulo de cualquier cavidad un búho presionando con el dedo índice la superficie de la arcilla.