

























Tras 16 años consecutivos en el poder, el primer ministro Viktor Orban y su partido populista de derecha radical, Fidesz-Alianza Cívica Húngara, perdió el domingo las elecciones parlamentarias en Hungría. Con una participación histórica de casi el 80%, la oposición liderada por el Partido Respeto y Libertad (Tisza) obtuvo una victoria aplastante, asegurando una cómoda mayoría constitucional de dos tercios en el Országház (Parlamento).
Aunque la derrota sólo se manifestó ayer, la caída de Fidesz comenzó mucho antes. Un punto de inflexión crucial se produjo en febrero de 2024, cuando tanto la presidenta Katalin Novák como la ex ministra de Justicia Judit Varga, entonces cabeza de lista de Fidesz para las elecciones europeas, se vieron obligadas a dimitir tras un escándalo relacionado con el indulto presidencial concedido a un cómplice en un caso de pedofilia. Este episodio socavó gravemente la retórica tradicional de Fidesz sobre los valores familiares y abrió el espacio político para un nuevo candidato opositor, Peter Magyar.
Magyar, antiguo miembro de Fidesz y ex marido de Varga, surgió rápidamente como un contendiente creíble. Posicionándose como un reformista liberal-conservador pronto logró consolidar el electorado de oposición a Orban. A los cuatro meses de su creación, su partido (Tisza) obtendría un inesperado 30% de los votos en las elecciones al Parlamento Europeo (PE) de junio de ese mismo año, poniendo fin a la fragmentación de la oposición y consolidándose como la única alternativa viable a Orban.
El ascenso de Tisza se debió a su capacidad para canalizar el creciente descontento público. El desempeño económico de Hungría se había deteriorado notablemente desde la última victoria de Orbán con una inflación récord en 2023, un declive de los servicios públicos de sanidad y educación, y tanto una corrupción como un clientelismo altamente arraigados. Esta dinámica propició el auge de oligarcas afines al Gobierno que ocupaban posiciones casi monopolísticas en sectores clave, como la construcción, la banca, la energía y el turismo. A pesar de haber disfrutado de una super-mayoría parlamentaria casi ininterrumpidamente durante los últimos 15 años, lo que permitió a Orban modificar la Constitución a su antojo para instaurar lo que él mismo denominó como "democracia iliberal", consolidando su control sobre las instituciones estatales, los medios de comunicación públicos y sectores del poder judicial, Fidesz demostró ser incapaz de contener el creciente descontento.
Durante la campaña, el Gobierno intentó movilizar a los votantes mediante un discurso centrado en la seguridad, aludiendo a amenazas externas y temores relacionados con la guerra. Sin embargo, esta estrategia no logró calar en la mayoría del electorado. Magyar, en cambio, consiguió capitalizar el descontento económico y el deterioro de la calidad de los servicios públicos. Según encuestas recientes sólo una quinta parte de los húngaros consideraba que su nivel de vida había mejorado en los cuatro años anteriores. En particular, los jóvenes expresaban un profundo pesimismo tanto sobre sus perspectivas futuras como sobre la gestión del Gobierno.
La estrategia de campaña de Magyar acentuó aún más este cambio. Empleando un estilo populista, pero disciplinado, de comunicación política, Magyar realizó una extensa gira nacional, visitando más de 500 localidades en los últimos dos años. Por el contrario, Orban mantuvo una presencia más distante y sólo intensificó su acercamiento a la ciudadanía en las últimas semanas. Para entonces, sus apariciones públicas transmitían cada vez más una pérdida de impulso, lo que inquietó a sus seguidores más fieles y reforzó la percepción de vulnerabilidad. Las conversaciones filtradas entre Orban y el presidente ruso Vladimir Putin, así como los intercambios del ministro de Asuntos Exteriores Péter Szijjártó con Sergey Lavrov (su homólogo ruso), dañaron aún más la credibilidad del Gobierno. Estas revelaciones no sólo contradecían el discurso soberanista de Fidesz, sino que también aumentaron la preocupación entre los socios de la Unión Europea (UE) respecto a la alineación geopolítica de Hungría.
La fase final de la campaña expuso fisuras más profundas dentro del régimen. Altos cargos de la policía, el ejército y los servicios de inteligencia denunciaron públicamente la instrumentalización política, sugiriendo que instituciones estatales clave habían sido subordinadas a los intereses de Fidesz. Al mismo tiempo, sectores de la élite económica comenzaron a distanciarse del Gobierno, mientras que influyentes figuras culturales respaldaron abiertamente a Tisza. Todos estos acontecimientos terminaron por erosionar la arraigada percepción de que Orbán era invencible.
La dinámica electoral refleja marcadas divisiones sociales. El apoyo a Fidesz se mantuvo concentrado entre los votantes de mayor edad, especialmente los mayores de 65 años, mientras que los más jóvenes respaldaron mayoritariamente a Tisza. Las diferencias educativas han sido igualmente pronunciadas: Tisza domina entre los graduados universitarios y de secundaria, mantiene una posición competitiva entre los trabajadores cualificados y sólo fue superado por Fidesz entre los menos educados. A pesar de las ventajas estructurales de Fidesz, que abarcaban desde el dominio de los medios de comunicación hasta un sistema electoral sesgado a su favor, la consolidación del voto de la oposición permitió a Tisza asegurar finalmente la victoria.
Sin embargo, la derrota de Fidesz no debería sorprendernos. En un libro publicado en 2021 por Oxford University Press, Zsolt Enyedi y Fernando Casal Bértoa demostraron que cuando la democracia comienza a ser desafiada, los partidos políticos tradicionales sufren, lo que lleva a una rápida fragmentación del sistema de partidos acompañada de una alta polarización, lo que finalmente da lugar a un cambio en el sistema de partidos. Como ya sucediera en España entre 2015 y 2019, cuando la insatisfacción con "el régimen del 78", encarnada por el Movimiento de los Indignados, llevó a la aparición de partidos completamente nuevos (Podemos y Ciudadanos), la fragmentación parlamentaria, el ascenso de la derecha radical (Vox) y finalmente la formación del primer Gobierno de coalición de la historia; en Hungría, la insatisfacción con la democracia (2006) precedió al colapso de los partidos tradicionales (v.g. SZDSZ, MDF, FKgP) en 2010, el aumento de la fragmentación parlamentaria en 2014 y el éxito electoral de los partidos de extrema derecha en 2018 (Jobbik) y 2022 (Movimiento Nuestra Patria). No es de extrañar, pues, la abultada victoria de Tisza ayer.
Eso sí, el cambio de Gobierno no implicará una transición fácil, ya que la heterogénea plataforma electoral de Tisza carece de una ideología unificadora sólida. La nueva administración hereda importantes desafíos económicos e institucionales, incluido un elevado déficit presupuestario. Una prioridad clave será desbloquear más de 10.000 millones de euros en fondos de recuperación de la UE, actualmente suspendidos por ataques contra el Estado de derecho. Lograr mejoras visibles en los servicios públicos también será esencial.
Las vulnerabilidades estructurales de Hungría complican aún más el panorama. Como economía orientada a la exportación, Hungría sigue estando muy expuesta a las perturbaciones externas, mientras que su dependencia de los combustibles fósiles rusos plantea riesgos constantes. Al mismo tiempo, el Gobierno se enfrenta a la compleja tarea de restablecer el Estado de derecho y reconstruir las instituciones democráticas tras años de deterioro. Este proceso probablemente requerirá sortear intereses económicos enraizados, incluidas redes oligárquicas profundamente arraigadas en sectores estratégicos.
Sin embargo, con este sólido mandato constitucional, los esfuerzos por reconstituir la gobernanza democrática podrían resultar política e institucionalmente menos difíciles que en Polonia tras la derrota de Ley y Justicia (PiS) en 2023. Al mismo tiempo, desmantelar el entramado de poder estatal de Fidesz requerirá una gran reforma institucional y una cuidadosa gestión política. Por otro lado, el nuevo Gobierno - de clara orientación europeísta - deberá restablecer la confianza de sus socios europeos dejando de bloquear las iniciativas de política exterior de la UE, normalizar las relaciones con Ucrania y con Polonia —un aliado regional tradicional— y distanciarse de Rusia, garantizando al mismo tiempo el suministro energético y la seguridad.
Más allá de Hungría y del proceso de negociación en la UE, el fin de la era Orban tendrá importantes consecuencias en España, y especialmente para el líder de Vox, Santiago Abascal, acostumbrado a sentir la protección de Orban en el ámbito internacional. De hecho, la derrota de Orban no sólo priva a Abascal de un intermediario con los presidentes estadounidense y ruso, Donald Trump y Vladimir Putin, sino que también afectará la posición de su partido en el PE. No debemos olvidar que Abascal fue elegido personalmente por Orban para liderar su grupo «Patriotas por Europa», el tercero más poderoso del PE, que agrupa a partidos nacionalistas, populistas y antisistema de 13 países de la UE. Además, la temprana "jubilación" de Orbán afectará negativamente a las arcas de Vox, ya que lo privará de una importante fuente de ingresos. No olvidemos los préstamos multimillonarios que el banco húngaro MBH, con estrechos vínculos con Orbán, concedió a Vox antes de las últimas elecciones generales (2023) y al Parlamento Europeo (2024).
Gergo Medve-Bálint es investigador principal del Centro ELTE de Ciencias Sociales en Budapest y profesor asociado de la Universidad Corvinus de Budapest.
Fernando Casal Bértoa es profesor titular de la Universidad de Nottingham e investigador afiliado del Instituto de Democracia de la Universidad Centroeuropea (CEU)
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