






















La reciente acusación de Donald Trump a los dirigentes europeos –a quienes reprocha haber dejado solo a Estados Unidos frente al desafío que representa Irán– ha reabierto un debate clásico, pero hoy particularmente urgente: el papel real de Europa en el sistema internacional. Más allá del tono, a menudo abrupto y bravucón, del presidente estadounidense, la cuestión de fondo merece una reflexión desapasionada. ¿Estamos ante un caso de cobardía política o, más bien, de impotencia estructural? La tentación inmediata es rechazar la crítica de Trump como injusta o interesada. Sin embargo, sería un error intelectual –y estratégico– no reconocer que contiene elementos de verdad. Europa, y en particular la Unión Europea, lleva décadas instalada en una paradoja: aspira a ser un actor global, pero carece de los instrumentos esenciales para ejercer como tal. Esta disonancia entre ambición y capacidad explica muchas de sus vacilaciones.
Conviene, en primer lugar, situar el contexto. La percepción de que estamos entrando en un orden multipolar y multilateral, donde varias potencias pueden equilibrar sus intereses en relativa armonía, ha calado en ciertos discursos europeos. Sin embargo, esta visión resulta, cuando menos, discutible, por no decir angelical. Más bien parece, por el contrario, que nos encaminamos hacia una nueva forma de bipolaridad, con dos grandes polos de poder: Estados Unidos y China. En este escenario, Europa corre el riesgo de convertirse en un actor irrelevante si no define con claridad su posición; y lo que es más preocupante: esa indefinición puede resultar peligrosa para su propia seguridad.
Para comprender la actual situación internacional, resulta útil acudir a algunos clásicos del pensamiento estratégico, como Henry Kissinger y Kennet Waltz. Lo que hoy se ha dado en denominar multilateralidad es, en esencia, lo que, en su día, Kissinger analizó como fundamento del equilibrio europeo establecido tras las guerras napoleónicas. El llamado «Concierto de Europa», durante un largo período del siglo XIX, fue posible, sin embargo, gracias no solo a un equilibrio de poder, sino también a una cierta comunidad de valores entre las grandes potencias de aquella época. Ese elemento es crucial y, hoy, claramente inexistente. Pensar en un «concierto internacional» que incluya a actores como China, Rusia o Irán implica ignorar profundas divergencias ideológicas, políticas y culturales. No estamos ante un sistema de potencias homogéneas que buscan estabilidad compartida, sino ante un entorno marcado por la competencia estratégica y, en algunos casos, por la confrontación abierta.
Aunque esas divergencias no existieran o no fueran relevantes, en ese posible, y por ahora utópico, orden internacional multilateral, el papel de Europa resultaría también muy problemático. Europa muestra una debilidad estructural más que evidente. Durante décadas, el continente ha delegado su seguridad en el paraguas estadounidense, lo que le ha permitido concentrarse en la construcción de un modelo social y económico que ha absorbido gran parte de sus recursos en detrimento de los gastos en defensa y seguridad. Este «dividendo de la paz» proporcionado por Estados Unidos ha tenido un coste: un retraso considerable en capacidades militares y en cultura estratégica. El desfase no es menor; hablamos de varias décadas en términos de inversión, desarrollo tecnológico y cohesión política en materia de seguridad y defensa. Pretender revertir esta situación en el corto plazo es, sencillamente, ilusorio. Y, sin embargo, parte del discurso político europeo parece ignorar esta limitación. Se insiste en la autonomía estratégica sin asumir plenamente lo que implicaría: un esfuerzo sostenido, costoso y políticamente complejo en defensa, coordinación y toma de decisiones. Es en este punto donde la acusación de Trump podría matizarse. Europa no actúa con contundencia no necesariamente por cobardía, sino porque carece de los medios y ello condiciona la voluntad política para hacerlo. La impotencia genera por ello, en muchos casos, una retórica basada en la defensa de la paz y en el respeto al derecho internacional con la que intenta encubrir su falta de capacidad real.
Dentro de este marco general, la posición de algunos dirigentes europeos merece un análisis específico por su radicalidad. El caso del presidente Pedro Sánchez resulta particularmente ilustrativo. Su insistencia en el lema del «no a la guerra» busca conectar con una sensibilidad social ampliamente extendida, pero plantea problemas desde el punto de vista analítico y estratégico. Nadie, en su sano juicio, defiende la guerra por la guerra. Convertir esta obviedad en eje de la política exterior puede derivar en un discurso simplista y maniqueo que evita abordar las complejidades del entorno internacional. La política exterior no puede construirse sobre consignas, sino sobre diagnósticos rigurosos y decisiones difíciles. Más aún, esta posición -agravada con sus últimas declaraciones en la reciente visita a China- puede interpretarse como un intento de liderazgo oportunista dentro de Europa, desmarcándose incluso de posturas ya de por sí críticas, aunque prudentes, hacia Estados Unidos. Esta estrategia política conlleva consecuencias que pueden ser muy perjudiciales. En un contexto de creciente polarización internacional, el discurso radical de Sánchez puede traducirse en pérdida de credibilidad y en debilitamiento de alianzas fundamentales cuando no en serios riesgos –piénsese en el caso de Marruecos– para la propia seguridad nacional.
Kenneth Waltz, uno de los principales exponentes del neorrealismo en el análisis de las relaciones internacionales, defendió que el sistema internacional es inherentemente anárquico y que los Estados buscan su seguridad mediante el equilibrio de poder, propiciando alianzas que contrarresten la hegemonía de una potencia dominante o, en defecto de ese posible equilibrio, mediante la alineación con la potencia que representa la principal amenaza. Las opciones estratégicas de Europa pueden resultar, a este respecto, muy contradictorias. ¿Puede Europa intentar equilibrar el poder de las grandes potencias mediante alianzas? Y si así fuera, ¿cuál sería la potencia o grupo de potencias a equilibrar? De creer algunas de las acusaciones contra Estados Unidos como el gran peligro internacional en la era Trump, tendríamos que equilibrar el poder del que ha sido nuestro aliado histórico mediante una alianza con China, cuya proyección global desafía los intereses europeos, y con Rusia, principal amenaza actual a la integridad de Europa como muestra el caso de Ucrania. Lo mismo ocurriría si, considerando el eje China-Rusia-Irán como el principal peligro internacional, optáramos por la estrategia de alinearnos con dicho eje para conjurar las posibles amenazas. Ello supondría, en ambos casos, no solo un giro geopolítico radical, sino también una ruptura con el marco de valores que ha definido al proyecto europeo.
La opción, por tanto, menos contradictoria y más realista parece evidente: reforzar la alianza con Estados Unidos dentro de un marco adaptado a las nuevas circunstancias. Ello no debe implicar una subordinación acrítica, sino una cooperación basada en intereses compartidos y en un reconocimiento honesto de las capacidades propias, pero que no rehúya el compromiso militar si es necesario. Si, como todo indica, nos dirigimos hacia un orden bipolar, la lógica de bloques reaparecerá con fuerza. En ese escenario, el «mundo libre» –con todas las matizaciones que el término exige– vuelve a configurarse como un espacio de cooperación frente a otros modelos políticos y estratégicos. Europa, por historia, valores e intereses, forma, y debe formar en el futuro, parte de ese bloque.
Reducir a Trump como un actor imprevisible o meramente impulsivo, exclusivamente por sus pronunciamientos hirientes y por sus formas grotescas, impide entender un fenómeno más profundo: el repliegue relativo de Estados Unidos, la exigencia de mayor corresponsabilidad a sus aliados y su decisión de frenar la expansión del gigante asiático. Desde esta perspectiva, las críticas a Europa no son una anomalía, sino parte de una tendencia estructural que, probablemente, se prolongará más allá del mandato del actual presidente. Sería conveniente evitar la caricaturización y descalificación de Trump, centradas en sus formas y en su irritante personalidad, pero ajenas a la lógica estratégica que subyace a muchas de sus decisiones y, sobre todo, ir preparando a las opiniones públicas europeas para abandonar ensoñaciones y asumir con realismo nuestros deberes y compromisos en el nuevo orden internacional en el que ya estamos inmersos.
Salvador Forner Muñoz es catedrático Jean Monnet de Historia e Instituciones de la Unión Europea
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