Es terrible la imagen de la profesora valenciana estampada violentamente contra el suelo por un inspector de Policía ataviado de antidisturbios

Manifestación de profesores de la educación pública en Valencia.EFE
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La televisión y las páginas principales de los periódicos repiten la imagen de la profesora valenciana estampada violentamente contra el suelo por un inspector de Policía ataviado de antidisturbios. La mujer asistía a una manifestación de docentes para reclamar mejoras laborales. Una concentración pacífica. Este era el peligro que alojaba, el delito que merecía empujón. El inspector le ha partido la cara. La avilantez de la autoridad se ha cebado con ella.
Los profesores, maestros y educadoras infantiles llevan semanas en huelga en varias ciudades españolas. También los médicos de la Sanidad Pública protestan contra las carencias, el exceso de horas, la falta de recursos, los salarios por el suelo. De las que importan en el ámbito de lo publico, docentes y médicos son dos profesiones necesarias y complejas. Tratan directamente con material sensible: niños, jóvenes y enfermos. El acoso sucesivo de los espacios de la educación y de la sanidad pública es otro mal por donde se achica una democracia. La izquierda desatiende en ocasiones igual que la derecha. Y me detengo seis o siete líneas en la derecha: el president de la Generalitat Valenciana, Juan Francisco Pérez Llorca, ha embestido los micrófonos para decir a la altura de la espumilla que la violencia contra los profesores es igual a la violencia que padece su partido. Otro indeseable. Su partido es el PP de Valencia y no ha dado respuesta clara de la actividad de Carlos Mazón en el día de la Dana que dejó 238 muertos. Es de una malformación política brutal insinuar que las reclamaciones de una manifestación sosegada de docentes tiene en común la violencia con las demandas impecables de los familiares cabreados por la desidia de un Gobierno de embusteros como aquel. Lo advertía Nietzsche: "El desierto avanza".
El abuso policial contra la docente vale para cualquiera que sale a protestar teniendo razón. Esta furia desigual que desprecia a quienes ayudan a educar es un símbolo nítido de degeneración, otra vez más. Quiero recordar a esos profesores, los míos, que me enseñaron a escribir bien y nunca sumaron a la corrección ortográfica un sopapo. A los amigos que trabajan hoy con firme decencia para que sus alumnos tengan, si quieren tener, idea de las cosas. La educación sustenta firmemente toda nuestra vida. Partirle el mentón y el tabique a una profesora por denunciar las carencias con las que ejerce su oficio está cerca del acto de pegarle fuego a un libro. Tienen la misma raíz. Entonces sientes espanto por la forma inexorable en la que vuelven los peores fantasmas.
































