Editorial
La purga de Ortega Smith, junto a la de otros dirigentes, evidencia una honda crisis que retrata la falta de democracia interna y de ejemplaridad en la direcci�n nacional de Vox

Santiago Abascal y Javier Ortega Smith, en una fotograf�a de 2019.MUNDO
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El repliegue org�nico de Vox confirma una deriva estructural marcada por una falta de debate interno cada vez m�s acusada. El partido que naci� con la promesa de impugnar los vicios del bipartidismo ha terminado por reproducir algunos de sus peores h�bitos: opacidad en la toma de decisiones, concentraci�n del poder y escaso espacio para el disenso. As� se ha puesto al descubierto en los mensajes -desvelados por este peri�dico- del Comit� Ejecutivo Nacional que acord� el cese de Javier Ortega Smith, fundador y hasta ahora uno de sus rostros m�s reconocibles. La direcci�n de Vox adopt� esta decisi�n el pasado 22 de diciembre por WhatsApp, en apenas 13 minutos y tras un informe de seis folios del secretario general, Ignacio Garriga, que no pudo leer la mayor�a de los 19 dirigentes del partido -todos, menos el propio Ortega- que votaron a favor de su expulsi�n. En paralelo, tal como informamos hoy, dirigentes como Montserrat Lluis y el propio Garriga presionaron a los miembros de la c�pula para respaldar la salida de Ortega Smith como �un favor� a petici�n de Santiago Abascal. Aunque de fondo de esta maniobra subyace una eventual disputa entre ambos por el liderazgo de Vox, esta forma de proceder muestra un modelo autoritario indisociable de su mutaci�n ideol�gica.
La purga de Ortega Smith, junto a la de otros dirigentes, evidencia una honda crisis que retrata la falta de ejemplaridad en la direcci�n nacional de Vox. Su disciplina vertical busca laminar cualquier disidencia y cerrar filas en torno a un liderazgo cada vez m�s impenetrable. Y ello en un contexto de realineamiento con el autoritarismo global en pleno desgaste de la figura de Donald Trump y tras la derrota de Viktor Orban. Los acuerdos con el PP en Extremadura y Arag�n permiten a Vox regresar a la institucionalidad. Pero, al agitar la �prioridad nacional�, esta fuerza pol�tica impone un marco de cariz identitario que se�ala al inmigrante.
Un partido que pretende condicionar mayor�as no puede funcionar como un movimiento de adhesi�n personal y desde una arbitrariedad ajena a mecanismos de deliberaci�n.


















