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He estado al frente de la Uni�n por el Mediterr�neo durante ocho a�os y, antes, ejerc� durante d�cadas como diplom�tico egipcio. En ese tiempo me he reunido con ministros cuyos pa�ses estaban en guerra, he escuchado a cient�ficos advertir que la cuenca mediterr�nea se calienta un 20% m�s r�pido que la media mundial, y he hablado con familias desplazadas no por elecci�n propia, sino por la convergencia de los conflictos armados, la presi�n ambiental y el colapso econ�mico. Conversaciones distintas, factores distintos, pero siempre la misma conclusi�n: ning�n pa�s puede afrontar estos grandes desaf�os por s� solo.
Resulta llamativo, por ello, que la cooperaci�n internacional atraviese hoy uno de sus momentos m�s bajos. Los foros multilaterales est�n en el punto de mira por su lentitud, su distancia o su ineficacia. Parte de estas cr�ticas est�n justificadas: en ocasiones, el proceso ha primado sobre los resultados, y los compromisos no siempre se han traducido en cambios tangibles para los ciudadanos. Pero la soluci�n a un multilateralismo imperfecto no pasa por abandonarlo, sino por mejorarlo.
Esto es especialmente evidente en el Mediterr�neo. La escasez de agua y el calor extremo ya afectan a las cadenas alimentarias. El desempleo juvenil en algunas zonas de la regi�n sigue siendo dram�ticamente elevado. La migraci�n, la seguridad energ�tica y las consecuencias de los conflictos contin�an tensando la estabilidad regional. La geograf�a no deja margen para el aislamiento: lo que sucede en una orilla del Mediterr�neo no se queda en ella.
El contexto internacional m�s amplio complica a�n m�s esta tarea, y conviene ser honestos sobre el porqu�. Vivimos un per�odo de desmantelamiento deliberado de compromisos multilaterales, de financiaci�n para el desarrollo y de estructuras comerciales que tardaron generaciones en construirse. Las grandes potencias no solo est�n renegociando los t�rminos de su participaci�n en los organismos internacionales; en algunos casos, se retiran y reinterpretan esa salida como una muestra de fortaleza. El argumento de que los Estados se benefician m�s actuando en solitario gana terreno, parad�jicamente, en aquellos pa�ses que m�s tienen que perder en un orden internacional sin reglas.
Hace una d�cada, esta postura habr�a sido marginal. Hoy condiciona presupuestos, rompe alianzas y deja a regiones como el Mediterr�neo cargando con las consecuencias. Esto representa una profunda abdicaci�n de responsabilidad estatal, precisamente cuando la magnitud de los desaf�os compartidos exige m�s cooperaci�n, no menos. No se trata de una turbulencia pasajera que las instituciones multilaterales deban simplemente capear. Es un ataque estructural a la idea de que los pa�ses tienen obligaciones entre s�. El Mediterr�neo, donde ning�n gobierno puede aislar a sus ciudadanos de lo que ocurre en la otra orilla, tiene un inter�s particular en resistir.
Es en ese contexto, y precisamente por eso, donde la labor de la Uni�n por el Mediterr�neo (UpM) cobra toda su relevancia. Este organismo re�ne a 43 pa�ses de Europa, �frica del Norte y Oriente Medio en torno a un compromiso compartido, plasmado por primera vez en la Declaraci�n de Barcelona de 1995. La premisa original era sencilla, pero sigue vigente: la estabilidad y el desarrollo son interdependientes en toda la regi�n, y el progreso requiere una cooperaci�n estructurada, sostenida y pr�ctica.
Esta cooperaci�n no es abstracta. En el seno de la Uni�n por el Mediterr�neo se materializa en iniciativas acordadas conjuntamente, que pasan del respaldo pol�tico a la implementaci�n sobre el terreno. Gracias a estos programas, decenas de miles de j�venes y mujeres han accedido a empleos directos, formaci�n y apoyo al emprendimiento. A trav�s de redes como MedECC, la evidencia cient�fica sobre el cambio clim�tico se traduce en pol�ticas comunes para toda la regi�n. Y mediante plataformas como la Alianza Azul Mediterr�nea, se convoca a actores p�blicos y privados para financiar proyectos que abordan las urgentes presiones ambientales. No son declaraciones de intenciones: son resultados concretos que demuestran la eficacia de la cooperaci�n regional.
En noviembre de 2025, los Estados miembros de la UpM se reunieron de nuevo en Barcelona —treinta a�os despu�s de la Declaraci�n original— y acordaron una nueva direcci�n estrat�gica. El enfoque es inequ�voco: mayor inversi�n en j�venes y movilidad, cooperaci�n m�s estrecha en materia de clima, agua y energ�a, y v�nculos econ�micos m�s s�lidos que sustenten la estabilidad a largo plazo. Estas prioridades reflejan tanto la realidad que enfrenta la regi�n como la convicci�n de que los desaf�os comunes exigen respuestas compartidas.
En tiempos de tensi�n geopol�tica e incertidumbre, mantener esta cooperaci�n no es autom�tico: requiere voluntad pol�tica y compromiso constante. Que 43 pa�ses sigan colaborando dentro de este marco es, en s� mismo, significativo. Refleja el reconocimiento de que el di�logo y la colaboraci�n son m�s eficaces que la fragmentaci�n.
El papel de la Uni�n por el Mediterr�neo es apoyar ese esfuerzo: convocar, conectar el conocimiento especializado con las pol�ticas p�blicas y garantizar que la cooperaci�n genere resultados concretos. La regi�n necesita un multilateralismo pr�ctico y responsable, capaz de impulsar proyectos que lleven agua, energ�a, empleo y conocimiento a trav�s de las fronteras. Su impacto no se logra con declaraciones.
El Mediterr�neo siempre ha sido un espacio de intercambio y conexi�n. Esa realidad no ha cambiado. Lo que debe seguir evolucionando es la forma en que los pa�ses deciden actuar dentro de �l. En una regi�n compleja e interdependiente, la cooperaci�n no es un ideal, sino una necesidad.
Nasser Kamel es secretario General de la Uni�n por el Mediterr�neo.
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