

























Cuando la visita del Santo Padre a España ha llegado a su fin, y disponemos de cierta calma para recordar detenidamente sus mensajes, los emocionantes momentos vividos con los millones de personas que han acudido a su encuentro y el hondo calado de sus palabras, alcanzamos a comprender la verdadera dimensión de muchos de los actos que ha protagonizado. Uno de ellos fue la visita a las Cortes Generales y el discurso que pronunció ante ellas.
Los comentarios vertidos en distintos medios de comunicación sobre ese evento tan singular y solemne van desde la alabanza y admiración incondicionada hasta los que cuestionan, bien la oportunidad de que la cabeza de una confesión religiosa se dirija al legislativo, bien la larga y casi unánime ovación de sus señorías a quienes, según se dice, vino a criticar por el contenido de muchas de las leyes legítimamente aprobadas por ellos.
Y la realidad es que no hay razones objetivas para sustentar una u otra crítica.
El Santo Padre se presentó en el hemiciclo, según sus propias palabras, como obispo de Roma y pastor de la Iglesia Católica, en primer lugar, para dejar claro que no puede desprenderse de esa condición en ninguna alocución institucional. Y, en segundo lugar, como advertencia de que las palabras que allí pronunciaría vendrían guiadas por la magistratura que representa, del mismo modo que cualquier orador puede advertir a la audiencia de su particular afinidad con alguno de los temas a tratar, para que quien le escuche sepa de qué manera está condicionado. Sería de agradecer que cualquiera que dé lecciones de cómo se tienen que comportar los demás, algo muy frecuente hoy en día, advirtiese de cuál es la propia moral que guía sus actos, y en qué medida condiciona lo que pretende ver en las personas enjuiciadas.
A continuación, en un exquisito ejercicio de respeto institucional, León XIV dijo que cuando la Iglesia se dirige a la vida pública «lo hace respetando la misión propia de las instituciones y la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar», reconociendo «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política». El Papa no vino a las Cortes a decir lo que tienen que hacer ni a criticarlas por lo hecho, sino a expresar el concepto que la Iglesia tiene de la dignidad de la persona, como principio fundamental en el que se debe asentar la actividad legislativa y que «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento», en palabras del Pontífice. No creo que nadie pueda discrepar de esta afirmación. Tiempo atrás quedaron los tiempos en los que incluso constituciones tan liberales como la de las Cortes de Cádiz, proclamaban la religión católica, apostólica y romana como la única verdadera y prohibían el ejercicio de cualquier otra. Que el Santo Padre comience su intervención ante las Cortes manifestando esa distinción desarma las críticas que incluso aluden, en palabras de algún admirado escritor y comentarista, a la «impugnación pontificia de las leyes».
En ese ejercicio intelectual sobre la dignidad de la persona, el Papa se refirió extensamente a la Escuela de Salamanca, que representa una de las principales contribuciones de España a la ciencia jurídica. Pocas voces se alzarán hoy contra la concepción de unos derechos universales como algo que precede a la elaboración de las leyes, que tiene que ser respetado por éstas. De hecho, las declaraciones de derechos precedieron a las primeras constituciones, como la de Virginia de 1776, inspirada en la Bill of Rights inglesa de 1689, que se incorporó a la Constitución norteamericana en forma de las diez primeras enmiendas aprobadas por los nuevos Estados en 1791; o la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, previa a la Constitución francesa de 1791.
Por tanto, el entusiasmo por la concepción superior de los derechos humanos no debería decaer cuando se acompañe de una referencia a los religiosos españoles que construyeron el impresionante armazón teórico que lo sustenta. Lo que debería llamar la atención no es tanto la cita de León XIV, sino que en España no sea más frecuente la invocación de una obra que sentó las bases de conceptos modernos como los derechos humanos, el derecho internacional o la libertad de conciencia, tal como señala la Universidad de Salamanca en su conmemoración del quinto centenario de la fundación de la Escuela, que se sitúa en 1526, año de incorporación de Francisco Vitoria a la Cátedra Prima de Teología.
Otra de las supuestas paradojas que se ha destacado es que los diputados y senadores aplaudiesen una crítica en toda regla a las leyes despenalizadoras del aborto y la eutanasia aprobadas por ese mismo parlamento. Pero ¿qué dijo el Papa en esta cuestión? Literalmente que «toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». El Papa bien podría haber seguido diciendo que si una Constitución «protege la vida como derecho fundamental esencial, no puede desprotegerla en aquella etapa de su proceso de desarrollo que es condición para la vida independiente, por lo que la vida prenatal es un bien jurídico cuya protección encuentra fundamento constitucional». Puede que algunos se sorprendan al saber que esta última cita está tomada de la Sentencia 44/2023, de 9 de mayo de 2023, del Tribunal Constitucional, que confirmó la constitucionalidad de la ley que despenalizó el aborto siguiendo un sistema de plazos, y no de supuestos. En esa misma sentencia el alto tribunal alude a la «obligación estatal de tutela de la vida prenatal», que se había afirmado previamente en otras sentencias.
Lo complejo del tema del aborto no parece ser, por tanto, el reconocimiento de un bien jurídicamente protegido desde el momento de la concepción, sino cómo de intensa tiene que ser la protección que se le confiera, frente a qué otros bienes en conflicto debe prevalecer, y qué consecuencias jurídicas ha de tener la vulneración de esa protección. La complejidad queda patente en la propia evolución de la doctrina del Tribunal Constitucional en la materia, que al pronunciarse sobre la ley de plazos, tuvo que enmendar la fijada en su sentencia sobre la ley de supuestos.
El Papa no entró a discutir qué consecuencias jurídicas han de darse a conductas que entren en contradicción con la protección de la vida del no nacido, y no lo hizo por el respeto a la labor del legislador a que aludió al principio de su alocución. Se limitó a proclamar la concepción de ese bien para la Iglesia, con palabras que, como hemos visto, no son muy diferentes de las utilizadas por quienes tienen una idea bien distinta sobre el tema.
Del mismo modo, la forma en que León XIV se pronunció sobre la justicia social que merecen los migrantes y refugiados, a través de vías legales y seguras, o el derecho de los padres a elegir la educación de los hijos, para lo que citó el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, es imposible de cuestionar.
En definitiva, hay razones de sobra para justificar la larga ovación dispensada por sus señorías a las palabras del Papa. Como también las hay para pensar que España, como cualquier país, tendría un futuro mejor si un porcentaje, por mínimo que fuera, de los jóvenes que acudieron a su encuentro, decidieran dedicar su vida al servicio público para poner en práctica los mensajes que se escucharon en el Congreso. De este modo se unirían a quienes con genuina vocación por mejorar su país, hoy se dedican a la política, que también los hay.
El discurso ante las Cortes fue uno de los hitos del recién concluido viaje de León XIV por España. Se agolpan en la memoria las imágenes de un Papa que, con cada bendición de un niño, cada abrazo a un inmigrante, cada consuelo a una familia necesitada y cada palabra que ha pronunciado, ha cautivado a millones de personas, creyentes y no creyentes. De esas imágenes me quedo con una muy particular, que ya me impresionó cuando, recién elegido, salió al balcón de la plaza de San Pedro: su semblante cuando está en silencio. Un semblante que refleja, en toda su intensidad, la santidad de un hombre que al final del día, tras pasearse entre muchedumbres que lo aclaman, encontrará el verdadero sentido de su existencia entrando en su aposento y orando a su Padre, que está en lo secreto.
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