El Papa ha dejado clara su vocación de influir en la vida pública con un mensaje a favor de lo común que trasciende a quienes profesan la fe católica

El Papa León XIV, durante su visita a Tenerife.
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León XIV puso ayer fin a siete días de intenso viaje en nuestro país, el primero de gran magnitud de su pontificado. El objetivo de afianzar su liderazgo como una voz relevante y de marcado perfil humanista en un escenario geopolítico complicado se ha cumplido con creces. También ha logrado apuntalar su mensaje contra la polarización política y a favor de las personas más vulnerables, en especial los inmigrantes. Un mensaje que cobra especial relevancia en la España actual y que el Papa desgranó en su histórica intervención en las Cortes, donde realizó un discurso sólido y profundo respondido por un prolongado aplauso.
Más allá de defender la doctrina católica, incluida su oposición al aborto y la eutanasia, hizo un discurso centrado en los límites morales al poder y en la reivindicación del «bien común» como «horizonte compartido», y advirtió ante una cámara muy dividida que la acción pública «corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos».
Su segunda etapa lo llevó a Barcelona, donde se encontraba cuando se produjo el impactante asesinato a plena luz del día en el centro de la ciudad, y que ha sido una de las pocas manchas en un viaje cuya organización ha sido modélica y que ha congregado una extraordinaria movilización social.
En Cataluña, lejos de dejarse intimidar por las exigencias del nacionalismo que Míriam Nogueras le trasladó de forma inapropiada, el Papa mezcló el español y el catalán con naturalidad. Y, tras reunirse con Salvador Illa, quien habló de «nación», hizo una encendida llamada a la «unidad». También es significativo que se ocupara de preocupaciones sociales tan extendidas como la salud mental y la violencia machista, apelando a la implicación del conjunto de la ciudadanía para combatir una «realidad dramática» cuyo peor desenlace son los «feminicidios».
El final en Gran Canaria y Tenerife sirvió al Papa para subrayar el que quizá haya sido su principal mensaje: la crítica a la deshumanización del inmigrante. En este contexto de crisis migratoria y ascenso de la derecha populista, el Pontífice apela a la conciencia moral, pero no se limita al plano más sentimental: también reclama políticas en origen y una gestión pública que atienda a la integración social de quienes llegan a Europa.
León XIV también ha dejado mensajes internos para la Iglesia, al reunirse con víctimas de abusos sexuales y, ante la Conferencia Episcopal, definir la pederastia como una «plaga». Es sin duda una herida abierta, no sólo en España, que requiere un rigor y un compromiso por parte de toda la institución que han faltado durante demasiado tiempo.
El Papa ha dejado clara su vocación de influir en la vida pública con un mensaje a favor de lo común que trasciende a quienes profesan la fe católica. Sin duda, un reto ambicioso en un momento en que los liderazgos atraviesan una grave crisis de autoridad moral en todo el mundo.













